Introducción
Agradezco profundamente la distinción que me hace el amigo Orlando Inoa al invitarme a presentar la tercera edición de su Biografía de Juan Pablo Duarte, precisamente en una fecha cargada de simbolismo, en la que celebramos el natalicio del patricio. No es un dato menor que esta puesta en circulación coincida con ese calendario cívico: Duarte sigue siendo una figura central de nuestra memoria histórica y, al mismo tiempo, un campo abierto de interrogación intelectual. Presentar una obra sobre él en este día es, por tanto, un gesto que compromete tanto con la historia como con el presente.
Esta tercera edición llega, además, notablemente enriquecida con siete anexos de gran densidad documental y reflexiva. Me detendré hoy en uno de ellos, incluso antes de comentar el cuerpo principal del libro. Me refiero al anexo titulado “Investigar a Duarte”, que se encuentra a partir de la página 275. Desde ahora quiero decirles que recomiendo leer este anexo antes de leer el cuerpo principal del libro, porque en sus líneas Inoa explicita de manera ejemplar una actitud historiográfica que ya había identificado y valorado cuando escribí Los espejos de Duarte.
Antes de entrar de lleno en ese comentario puntual, conviene resumir cómo valoré la primera edición de la biografía de Inoa, de 2008, en el contexto más amplio de mi investigación sobre la literatura secundaria duartiana.
Valoración general del trabajo de Orlando Inoa en el contexto de la literatura duartiana
La mayor parte del público dominicano no accede directamente a los documentos primarios vinculados a Duarte, sino a través del filtro de una literatura secundaria vasta, reiterativa y de calidad muy desigual. Esa literatura, de corte periodístico y político, ha estado dominada históricamente por una fuerte tonalidad epidíctica, por una intertextualidad poco vigilada y por la reproducción casi mecánica de interpretaciones consagradas, muchas veces sin un examen crítico de las fuentes ni del género discursivo en que se inscriben.
Frente a ese panorama, al estudiar la obra de Inoa destaqué tres criterios que permiten orientarse hermenéuticamente en ese mar de interpretaciones —criterios que, como veremos, siguen siendo plenamente operativos hoy.
En primer lugar, la conciencia clara de la intertextualidad densa y confusa que atraviesa la tradición duartiana. Inoa no trata las “verdades heredadas” como evidencias autosuficientes, sino como construcciones que deben ser rastreadas, contrastadas y contextualizadas.
En segundo lugar, una atención rigurosa a los géneros discursivos. En su trabajo se evita deliberadamente confundir biografía historiográfica con ficción literaria o con retórica patriótica. Esa distinción, que puede parecer obvia, ha sido una de las grandes ausentes en buena parte de la tradición interpretativa sobre Duarte.
Y en tercer lugar —quizá el rasgo más valioso del trabajo de Inoa—, la adopción de una escritura histórica que combina claridad expositiva, prudencia interpretativa y honestidad intelectual. La biografía de Inoa conduce cronológicamente al lector, propone interpretaciones verosímiles apoyadas en la documentación disponible, pero rehúye cerrar el sentido de manera dogmática. Esa renuncia a convertir a Duarte en un significante absoluto, instituido cual emisor moral incuestionable, es ya una toma de posición ética y epistemológica.
Desde estos criterios, el trabajo de Inoa no solo se sostiene por sí mismo, sino que se convierte en una herramienta para evaluar críticamente otras biografías y ensayos duartianos, sin necesidad de descalificaciones personales ni de gestos de autoridad que alimentan el neotrujillismo discursivo, también analizado por Inoa en el anexo que paso a comentar.
Comentario del anexo “Investigar a Duarte” y de la cita seleccionada
Entremos ahora, pues, en el anexo “Investigar a Duarte”, y en particular en el pasaje que deseo comentar, porque toca un punto neurálgico de la escritura de la historia:
La única fotografía auténtica de Duarte fue tomada dos años antes de morir, es decir, en 1874 (o tres años antes, según algunos historiadores), por Próspero Rey cuando Duarte acudió a su estudio fotográfico en Caracas solo para complacer a su hermana Rosa, quien sostenía que, de no hacerlo, las generaciones futuras del país perderían la idea de su rostro. (…) Hoy día no hay razón valedera para inventarnos otra imagen de Duarte distinta a la ya referida, amparado en el simple pretexto de acomodar la representación visual con la exigencia corporal que se le reputa tener, entre sus adornos, a un héroe. (pp. 283-284)
La observación final —“no hay razón valedera para inventarnos otra imagen de Duarte distinta a la ya referida”— puede y debe ser elevada al rango de regla hermenéutica para la interpretación documental en torno a su figura. Y esto nos coloca de lleno en una reflexión metahistórica, en el sentido que le da Hayden White, y en la línea de la noción de “escritura de la historia” elaborada por Michel de Certeau.
Desde la metahistoria sabemos que todo discurso histórico implica selección, trama, figura retórica y, en última instancia, interpretación. No hay un acceso puro, transparente y no mediado al pasado. En ese sentido, todo lo que digamos de Duarte es, inevitablemente, una interpretación.
Pero —y aquí está el punto decisivo— no todas las interpretaciones son equivalentes. Como advierte Inoa a propósito de la imagen visual, existen interpretaciones que responden más a expectativas simbólicas presentes que a una relación honesta con los vestigios del pasado. Inventar un Duarte “más heroico” corporalmente, para adecuarlo a un ideal estético o patriótico, no es un gesto inocente: es una operación de poder sobre el pasado que busca poder en el presente.
Podría decirse, siguiendo a de Certeau, que ahí la escritura de la historia deja de ser una práctica de mediación crítica y se convierte en una práctica que busca darse la autoridad para organizar la memoria colectiva en una única dirección y hundir en el olvido los relatos que le parecen subversivos al lugar social que ocupa quien se abroga esa autoridad. La advertencia de Inoa nos mantiene alertas frente a interpretaciones menos honestas y, en algunos casos, éticamente cuestionables. No porque interpretar sea ilegítimo, sino porque hay interpretaciones que violentan el pacto implícito entre el historiador, las fuentes, la comunidad lectora y la justicia social.
Conclusión: Duarte, interpretación y democracia
Quisiera concluir subrayando que la figura de Juan Pablo Duarte sigue —y debe seguir— abierta a la interpretación en una sociedad democrática. El cierre definitivo del sentido, la imposición de una imagen única, moralmente blindada e incontestable, es siempre un síntoma de autoritarismo cultural.
Ahora bien, apertura no significa arbitrariedad. En epistemología, la palabra parsimonia designa el principio según el cual, entre varias explicaciones posibles, debe preferirse aquella que introduce menos supuestos innecesarios y que se ajusta mejor a la evidencia disponible. Interpretar con parsimonia no es empobrecer el sentido, sino resistirse a inflarlo artificialmente.
En ese sentido, cualquier interpretación futura de Duarte —visual, textual o simbólica— debería contar con la parsimonia que caracteriza la obra de Orlando Inoa: respeto por las fuentes, claridad metodológica, cautela frente a la tentación del exceso retórico y una ética de la interpretación que no confunde devoción patriótica desbordada y divinizada con conocimiento histórico.
Ahí radica, a mi juicio, una de las mayores virtudes de esta tercera edición, auspiciada en colaboración con Ediciones MSC. La escritura de nuestro amigo Orlando Inoa no clausura la figura de Duarte, pero tampoco la disuelve en la arbitrariedad. Nos invita, más bien, a seguir pensando su figura con libertad crítica, responsabilidad intelectual y vocación democrática.
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