El papá de Justino no quería que lo mataran. Le pedía al hijo, a Justino, que les dijera que por caridad no lo mataran.
El hijo se muestra reacio.
“-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti».
El papá insiste, ruega cada vez con mayor vehemencia.
«-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.
»”-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.
Pero el papá insistirá, no se cansaría de insistir y finalmente lo convenció al hijo de ir a suplicar por su vida. No se resignaba a dejar las cosas ese tamaño.
«Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:
»-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?
»-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge».
Ahora sabemos que Juvencio Nava, el papa de Justino, no valora la vida de su hijo tanto como valora la suya. Lo que urge es que el hijo se ocupe de él, que lo salve. Es cobarde y egoísta. Pone la vida de su hijo en juego para salvar la suya. El hijo está atemorizado, pero también parece un poco indiferente.
Todo esto ocurre en un cuento, «¡Diles que no me maten!», uno de los cuentos más emblemáticos y reveladores de Juan Rulfo. Uno de los más duros y desesperanzados, sin duda el más autobiográfico.
«Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como solo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:
»Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales».
Se había escondido, había huido, se había mudado mil veces de lugar, pero el pasado lo había alcanzado. Aquel asunto tan viejo de cuando tuvo que matar a don Lupe había tocado a su puerta y por ese asunto ahora tenía que pagar.
«“Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está».
Efectivamente no lo estaba. El hijo del muerto no lo había perdonado ni lo perdonaría nunca. Y además era coronel.
»Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. “Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz”.
»Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos».
El coronel ni siquiera quiso verlo cuando le fueron a decir que lo habían apresado. Se limitó a hacer unas preguntas para asegurarse de que tenían al verdadero culpable.
«-Mi coronel, aquí está el hombre.
»Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero solo salió la voz:
»-¿Cuál hombre? -preguntaron.
»-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.
»-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro.
»-¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.
»-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.
»-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.
»-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.
»-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.
»Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:
»-Ya sé que murió -dijo.
Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos».
Juvencio Nava pensaba ingenuamente que sus años de sufrimientos, su vida azarosa al salto de la mata entre los montes lo redimían, debían contar para algo, pero el hijo del muerto no pensaba así. Expone parsimoniosamente sus razones, como sin odio o sin ira aparentes, pero sus razones son demoledoras. El más formidable argumento a favor de la venganza…O del ajusticiamiento del culpable:
«-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.
»“Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.
»“Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ese, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca”».
Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuanto dijo. Después ordenó:
-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!
-¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates…!
-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.
-…Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!
Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.
En seguida la voz de allá adentro dijo:
-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.
Si los tiros le dolieron nadie lo sabe. Tantos tiros le dieron que le desfiguraron el rostro. El hijo piensa que la nuera y los nietos no lo reconocerán:
«Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron».
La venganza, o el ajusticiamiento se había consumado. Y se consumó la catarsis. El padre de Juan Rulfo había sido asesinado por los mismos motivos que don Lupe, por negarse a dejar entrar animales ajenos a sus tierras. Juan Rulfo también, como se acaba de ver, se vengaría. Metafóricamente. Magistralmente se vengaría…
O quizás, tal vez quizás, sólo le puso fin a la zozobra del fugitivo.
(¡Diles que no me maten! – Juan Rulfo – Ciudad Seva – Luis López Nieves, https://ciudadseva.com/texto/
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