Desde hace más de dos décadas, una parte fundamental de mis investigaciones gira alrededor de un concepto que, con el paso de los años, ha adquirido para una complejidad cada vez mayor: lo híbrido. La escogí porque permite nombrar una condición de nuestro tiempo que escapa a las antiguas divisiones entre lo real y lo virtual, el cuerpo y la pantalla, el territorio y la red, el espacio y el ciberespacio. Vivimos en los cruces y habitamos zona donde las fronteras se desplazan y las categorías heredadas pierden su antigua firmeza.

Este enfoque ha sido abordado desde hace tiempo por varios pensadores. Donna Haraway (1995) advirtió tempranamente la ruptura de límites, mediante la figura del cyborg; Bruno Latour (2007) cuestionó las separaciones rígidas entre naturaleza, sociedad y técnica; Pierre Lévy (1999) exploró la emergencia del ciberespacio en el plano de lo virtual y como nuevo ámbito de interacción humana; y Manuel Castells (1999) mostró cómo las redes modificaban las estructuras del poder, la comunicación y la vida social.

Existimos en un planeta híbrido, tejido por la interrelación entre inteligencia humana e inteligencia artificial, espacio y ciberespacio, mundo y cibermundo. El ser humano pisa la tierra mientras circula, convertido también en flujo de información, por redes virtuales invisibles.; conversa con alguien presente y, al mismo tiempo, permanece conectado de forma virtual con ausentes situados a miles de kilómetros; vive entre objetos materiales, algoritmos, imágenes, datos y memorias digitalizadas. El mundo penetra en el cibermundo y el cibermundo regresa sobre el mundo para transformarlo. Entre ambos se instala nuestra existencia.

Habitar lo híbrido significa vivir en una intersección permanente entre el mundo físico y el cibermundo. La vida cotidiana se despliega a través de cuerpos y pantallas, territorios y redes, instituciones y plataformas, presencia y virtualidad. El sujeto cibernético se desplaza y navega continuamente por el espacio y el ciberespacio, entre relaciones materiales y vínculos mediados por dispositivos digitales. Lo híbrido deja de ser una excepción para convertirse en una condición de existencia: trabajamos, estudiamos, consumimos, nos informamos, participamos políticamente y construimos relaciones dentro de una realidad atravesada por flujos digitales, que tienen al ciberpoder como signo de nuestro tiempo.

Bruno Latour, en su obra Nunca fuimos modernos. Ensayo de antropología simétrica (2007), reflexiona sobre la hibridación del conocimiento y el ejercicio del poder al afirmar: «Híbridos nosotros mismos, instalados de soslayo en el interior de las instituciones científicas, algo ingenieros, algo filósofos, terceros instruidos sin buscarlo, hicimos la elección de describir las madejas donde quiera que nos lleven» (p.18).

Esta visión subraya cómo nuestra identidad y comprensión están entrelazadas con diversas disciplinas, desdibujando las líneas entre lo científico y lo cultural. Latour sugiere que la construcción del conocimiento puede entenderse como un entramado interconectado de relaciones, actores y circunstancias, donde la noción de red se convierte en un hilo de Ariadna que nos guía a través de la complejidad de nuestras realidades.

Esta condición híbrida modifica las formas de poder. Los Estados continúan ejerciendo soberanía sobre territorios, fronteras y poblaciones, mientras las grandes corporaciones tecnológicas ejercen un poder creciente sobre datos, infraestructuras digitales, plataformas, algoritmos y sistemas de inteligencia artificial. El poder circula simultáneamente por instituciones físicas y entornos digitales. De ahí que comprender el presente exija pensar conjuntamente el mundo y el cibermundo, porque buena parte de las decisiones que afectan la vida social se producen en la interacción entre ambos espacios.

La guerra híbrida constituye una de las manifestaciones más radicales de esta dualidad de acciones porque surge de la articulación entre guerra convencional y ciberguerra. Los enfrentamientos militares sobre el territorio pueden desarrollarse al mismo tiempo que los ciberataques dirigidos contra redes eléctricas, sistemas financieros, telecomunicaciones, bases de datos, instituciones estatales o infraestructuras estratégicas. El campo de batalla deja de estar delimitado únicamente por fronteras geográficas y se extiende al ciberespacio.

En la guerra híbrida, un misil puede destruir infraestructuras físicas como centrales eléctricas, redes de comunicación, sistemas de transporte, equipos hospitalarios o instalaciones estratégicas. A la vez, un ataque cibernético puede desplazarse de lo virtual a lo real, paralizando esos mismos servicios, alterando sistemas de control, interfiriendo vehículos conectados o comprometiendo dispositivos cuya operación depende de redes digitales. Esta implicación física del ciberataque resulta decisiva: sus efectos dejan de permanecer encerrados en las pantallas y pueden repercutir directamente sobre ciudades, instituciones y vidas humanas. Un ejército puede avanzar sobre un territorio mientras redes automatizadas, plataformas sociales y sistemas algorítmicos disputan la interpretación pública del conflicto mediante campañas de desinformación, filtraciones, manipulación de datos y operaciones de influencia.

La confrontación se despliega así en dos dimensiones interconectadas, el mundo y el cibermundo, donde soldados, drones, satélites, algoritmos, hackers, inteligencia artificial y sistemas de vigilancia forman parte de un mismo diseño bélico. El ciudadano digital puede convertirse, incluso sin advertirlo, en receptor, transmisor o multiplicador de operaciones informativas. Cada teléfono puede funcionar como medio de comunicación, dispositivo de vigilancia y nodo dentro de una batalla por los datos y las emociones.

En Culturas híbridas, Néstor García (1989) analiza cómo las sociedades latinoamericanas se configuran mediante cruces, desplazamientos y recomposiciones culturales que desbordan las clasificaciones rígidas entre lo tradicional y lo moderno; lo culto y lo popular; lo local y lo global. La hibridación permite comprender, de este modo, realidades sociales que ya no pueden ser pensadas desde oposiciones cerradas, porque se constituyen precisamente en el entrecruzamiento de temporalidades, prácticas y universos culturales diversos.

José Vicente Tavares-dos-Santos (2024) profundiza esta problemática en Sociología crítica cosmopolita. Trayectorias, diálogos y figuraciones, cuando afirma: «lleno de historicidad, el período reciente de la historia intelectual en América Latina consolida la internacionalización de la sociología latinoamericana, basada en culturas híbridas». Esta formulación resulta decisiva porque sitúa la hibridación dentro de una historicidad concreta: América Latina aparece como espacio de cruces, traducciones y reelaboraciones desde el cual también es posible producir pensamiento sociológico sobre las transformaciones planetarias.

La propuesta de Tavares-dos-Santos de una «doble ruptura epistemológica», adquiere aquí particular relevancia. Pensar las mutaciones del presente exige tomar distancia tanto del sentido común como de aquellas categorías científicas que permanecen ancladas en realidades sociales que ya han sido profundamente alteradas. El desafío consiste en producir conceptos capaces de aprehender configuraciones emergentes en las que los aspectos biológicos, sociales, tecnológicos, culturales y ecológicos se encuentran cada vez más entrelazados.

Desde esta concepción, la hibridación deja de referirse únicamente a la mezcla de culturas y saberes. Se convierte en una categoría para pensar la articulación entre inteligencia humana e inteligencia artificial, presencialidad y virtualidad, cuerpos y datos, territorios físicos y espacios virtuales. El sujeto cibernético del siglo XXI habita simultáneamente estas dimensiones. Vive en instituciones materiales y plataformas virtuales, entre relaciones presenciales y vínculos mediados por pantallas, mientras decisiones humanas y sistemas algorítmicos clasifican, predicen, recomiendan y modulan comportamientos.

El cibermundo no constituye una esfera exterior al mundo físico ni una realidad suspendida en una supuesta inmaterialidad virtual. Se encuentra anclado en infraestructuras materiales que consumen energía, agua, minerales y territorio. Los centros de datos, las redes de telecomunicaciones, los dispositivos electrónicos y los sistemas de inteligencia artificial dependen de enormes entramados industriales y energéticos que permiten sostener permanentemente la circulación global de información.

El informe del Instituto de la Universidad de las Naciones Unidas para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud advierte que el crecimiento de la inteligencia artificial puede incrementar considerablemente el consumo eléctrico y la huella hídrica de los centros de datos durante los próximos años (UNU INWEH, 2026). La Organización de las Naciones Unidas también ha llamado la atención sobre la presión creciente que estas tecnologías ejercen sobre los recursos energéticos e hídricos del planeta (ONU, 2026).

La virtualidad depende, por tanto, de recursos extraídos de la Tierra. Detrás de cada operación digital existe una cadena sociotécnica que involucra minerales, electricidad, agua, sistemas de refrigeración, cables submarinos, satélites, centros de datos, industrias y trabajo humano. Lo digital posee una materialidad ecológica. Esta constatación desmonta la representación de un cibermundo abstracto y separado del mundo natural: la policrisis y la permacrisis atraviesan el planeta como una totalidad híbrida, donde lo físico, lo cibernético, lo social y lo ecológico se encuentran profundamente entrelazados.

La vida híbrida emerge allí donde las fronteras entre organismo, máquina e información comienzan a volverse porosas. El ser humano habita simultáneamente espacios físicos y cibernéticos, piensa con dispositivos, extiende su memoria en archivos digitales y delega operaciones cognitivas en sistemas algorítmicos. La inteligencia artificial participa de esta metamorfosis al insertarse en los circuitos de percepción, decisión y creación, configurando una existencia en la que lo biológico y lo tecnológico forman una trama cada vez más interdependiente.

Lo humano deja de comprenderse únicamente desde el cuerpo y la conciencia individual para pensarse también desde las redes, los datos, las interfaces y los flujos informacionales que reorganizan nuestra relación con el mundo y el cibermundo, configurados como un híbrido planetario.

Esta condición cibernética transforma el problema filosófico de la inteligencia. Ya importa menos establecer una frontera rígida entre quien piensa y qué calcula que comprender qué tipo de humanidad surge de su interacción. La inteligencia humana produce sentido, duda, interpretación y responsabilidad; la artificial procesa relaciones, reconoce patrones y genera respuestas a una escala inédita. Entre ambas aparece un ámbito híbrido donde el pensamiento puede expandirse, pero también quedar subordinado a la lógica algorítmica. El desafío de nuestro tiempo consiste en impedir que la vida sea reducida a información procesable y que la existencia quede encerrada en modelos predictivos. vivir en el cibermundo exige preservar la capacidad humana de interrumpir el cálculo, cuestionar sus resultados y abrir posibilidades que ningún algoritmo pueda anticipar por completo.

Por eso, ante el optimismo ingenuo del cibersolucionismo y el fatalismo tecnológico, resulta necesario un pensamiento sistémico acompañado de resistencia crítica, capaz de comprender lo híbrido como una nueva condición de existencia. La tecnología ha de ser comprendida como construcción social e histórica atravesada por intereses, valores y relaciones de poder. La filosofía interroga la libertad, la dignidad, la inteligencia, la autonomía y el sentido de la existencia humana frente a sistemas cibernéticos cada vez más capaces de intervenir en nuestras decisiones, mientras la sociología examina las instituciones, las desigualdades, los conflictos y las estructuras de poder en las que esas tecnologías son producidas, distribuidas y utilizadas.

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Andrés Merejo

Filósofo

Profesor e investigador de la escuela de filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD): PhD en Filosofía. Coordinador del Master Filosofía en un mundo global UASD-UPV/EHU (País Vasco). Especialista en Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS). Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Premio Nacional de ensayo científico (2014). Profesor del Año (UASD). Fundador del Instituto Dominicano de Investigación de la Ciberesfera (INDOIC). Fundador del Observatorio de las Humanidades Digitales de la UASD (2015). Miembro de la Sociedad Dominicana de Inteligencia Artificial (SODIA). Miembro fundador e integrante de la Junta Directiva de la Asociación Iberoamericana de Filosofía de las ciencias y las técnicas (AIFCYT). Director de fomento y difusión de la Ciencia y la Tecnología, del Ministerio de Educación Superior Ciencia y Tecnología (MESCyT). Autor de varias obras: La vida americana en el siglo XXI (1998), Cuentos en NY (2002), Conversaciones en el Lago (2005), El ciberespacio en la Internet en la República Dominicana (2007), Hackers y Filosofía de la ciberpolítica (2012), La era del cibermundo (2015), La dominicanidad transida: entre lo real y virtual (2017), Filosofía para tiempos transidos y cibernéticos (2023), Cibermundo transido: Enredo gris de pospandemia, guerra y ciberguerra (2023), El oficio de pensar. Diálogos filosóficos (2025), vol. I y II, y Filosofía política de la inteligencia artificial. Poder, técnica y futuro humano (2026). Email: merejoandres@gmail.com

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