La política vernácula, vaciada de contenido y oficiada por profetas del optimismo, quienes se han enquistado en los acomodados cenáculos de la alternancia que otorga la partidocracia, ahora se escandalizan cuando emerge esta cabeza de Medusa, este cocktail disruptivo. Mixtura de fanfarronería, arrogancia y, desde luego, muchas papeletas.
En medio de la previa, cuando se espera que la procesión transcurra sin ningún tipo de tropiezo, exenta de los devaneos caprichosos de cualquier bicho raro, siempre bajo la mirada que prescribe la doxia del sistema político, irrumpe con el ímpetu de un toro miura un advenedizo, un outsider que patea el tablero electoral y pone todo patas arriba. En ese cambalache no se hace esperar la crispación de los que les toma por sorpresa el desembarco de un forastero inesperado que inquieta a quienes se auto perciben como nativos, un tercero excluido que hace replantear el escenario político.
En la atmósfera se advierte que a los amos del feudo se les está colando un polizón por la talanquera del hato, que se ha sumado al convite sin estar invitado, que no ostenta el pedigrí que otorgan los mandarines de la meritocracia para sentarse en la “silla de alfileres”.
Escalada de temores, estupor desconcertante se cierne entre los miembros de una feligresía que ha hecho de la política su modus operandi, el arte de vivir bien sin hacer nada a cambio, la cosa nostra como credo político de corsarios y bucaneros que cada cuatro años se lanzan al ruedo para disputarse las arcas del Estado.
Ante la embestida avasallante y desprolija de este vendaval antisistémico, con cierto parentesco al berrinche de un chico al que le han arrebatado su juguete, los comisarios de la doble moral le endosarán un mar de etiquetas y descalificativos como para una antología proverbial. Sin embargo, lo que nadie puede pasar por alto es que este fenómeno no vino de ninguna galaxia ignota que no sea la entraña misma del establishment que hoy se escandaliza cuando este Frankenstein sale de su estado de hibernación para participar del festín bacanal que se fragua en el pináculo del poder.
Quizás en estos momentos, para algunos políticos resuena como eco del eterno retorno el discurso que pronunciara Balaguer en 1978, cuando indignado tras ser derrotado por el PRD, luego de 12 años en el poder, arremetió sin ningún reparo contra sus propios correligionarios:«Lloran como mujeres lo que no supieron defender como hombres»
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