El año pasado conocí por fin París, aquella ciudad que en mi juventud era poco menos que un mito. La llamaban la Ciudad de las Luces, y para quienes crecimos lejos de ella, era algo más que una capital: era una promesa.

«París es París» —fue una frase que una noche pronunció mil veces el profesor Alberto Malagón en una cena celebrada en el hotel Napolitano de la avenida George Washington en Santo Domingo por el Sindicato Nacional de Periodistas Profesionales (SNPP).

Era 1971, y ese día también hube de recordar al hermano lasallista Miguel Efraín Domínguez, quien estudió en Francia y siempre me decía: «Víctor, una prueba de fe es creer que París existe sin haberla conocido».

Eran los tiempos de mi adolescencia, el cine de Jean-Luc Godard y François Truffaut, junto a actores como Jean-Louis Trintignant y Anouk Aimée, construyeron en mi imaginación una ciudad que parecía suspendida entre la realidad y la poesía. París no era solo un lugar: era una atmósfera, una forma de mirar el mundo.

Cuando finalmente la conocí en 2025 por una invitación del amigo Leonel Fernández, descubrí que aquella leyenda tenía base real.

Es una ciudad bella, elegante, organizada, con ese aire de continuidad histórica que pocas capitales conservan. No es una ciudad improvisada: es una ciudad pensada.

También lo ha sido su política.

En los tiempos de Charles de Gaulle o de François Mitterrand, Francia proyectaba una idea de Estado, de dirección, de visión nacional. La política francesa tenía densidad histórica, incluso cuando se equivocaba.

Hoy, en un mundo más fragmentado, esa densidad parece haberse diluido. Y sin embargo, París acaba de recordarnos que todavía conserva algo esencial.

París volvió a votarse a sí misma.

No fue una elección cualquiera. Fue, como tantas veces en la historia francesa, una reafirmación silenciosa de identidad. En medio de un mundo crispado por guerras, crisis energéticas, tensiones geopolíticas y discursos cada vez más radicales, la capital decidió no moverse de su eje. Como si dijera —sin levantar demasiado la voz— que hay ciudades que cambian de gobierno, pero no de alma.

La victoria de Emmanuel Grégoire —heredero de la tradición municipal de la izquierda parisina— no es solo un resultado electoral. Es un mensaje. Y como todo mensaje político auténtico, no está dirigido únicamente a Francia.

Está dirigido al mundo.

Porque hoy, más que nunca, las grandes capitales funcionan como pequeñas repúblicas dentro de los Estados. París no es Francia entera. Es otra cosa: una ciudad global, un centro cultural, un nodo financiero y diplomático, un espacio donde las élites urbanas, las clases medias educadas y los sectores creativos han decidido resistir el avance de una política que perciben como amenaza.

«París nunca será una ciudad de extrema derecha», se dijo. Esa frase —que en otro tiempo habría parecido retórica— hoy adquiere un peso casi doctrinal.

Pero lo importante no es la frase, sino lo que revela.

Porque la Francia real está partida.

De un lado, las grandes ciudades: París, Lyon, Marsella. Cosmopolitas, abiertas, conectadas al mundo, inclinadas hacia la izquierda moderada o el centro progresista.

Del otro, la Francia profunda: territorial, golpeada por la desindustrialización, desconfiada de las élites, inclinada cada vez más hacia opciones radicales como las que encarna Marine Le Pen.

Ese es el verdadero mapa político del siglo XXI.

Y no es solo francés.

Es el mismo mapa que se dibuja en los Estados Unidos de Donald Trump, donde las grandes ciudades votan de una manera y el interior de otra. Es el mismo que se percibe en América Latina, donde las capitales intentan sostener proyectos institucionales mientras las periferias viven tensiones distintas. Es, en el fondo, la fractura entre dos formas de entender el mundo.

París, en esta elección, no ha hecho más que reafirmar su lugar en ese tablero.

Pero hay un detalle que no debe pasarse por alto.

Grégoire no ganó desde la radicalidad. Ganó desde la moderación. Evitó alianzas con los sectores más extremos de la izquierda, y con ello logró atraer a un electorado que teme tanto a la derecha dura como a los excesos ideológicos del otro lado.

Ahí está la clave.

Porque el siglo XXI ya no se define, como antes, entre izquierda y derecha, sino entre moderación y ruptura.

En ese terreno, ciudades como París intentan construir una tercera vía: ni el populismo de choque ni la tecnocracia fría desconectada de la realidad.

Una política urbana, pragmática, que se expresa en lo concreto: transporte público, ciclovías, sostenibilidad, calidad de vida. No grandes discursos, sino gestión. No ideología pura, sino equilibrio.

Por eso la imagen del nuevo alcalde celebrando en una bicicleta pública —un Vélib’— no es anecdótica. Es profundamente simbólica.

Es la política convertida en forma de vida.

Pero mientras París pedalea, el mundo se acelera.

La guerra en el Golfo vuelve a poner en tensión las rutas energéticas. El estrecho de Ormuz reaparece como un punto crítico del sistema global. China avanza con paciencia estratégica en África y América Latina. Estados Unidos oscila entre la presión y el repliegue. Europa, por su parte, intenta sostener un equilibrio que cada vez resulta más frágil.

En ese contexto, la elección parisina podría parecer un hecho menor.

Sin embargo, no lo es.

Porque las ciudades —como los imperios— no caen de golpe. Cambian lentamente, elección tras elección, decisión tras decisión, hasta que un día despiertan siendo otra cosa.

París, por ahora, ha decidido no despertar distinta.

Ha decidido seguir siendo París.

Pero la pregunta queda flotando —como una sombra sobre el Sena al caer la tarde—: ¿podrá una ciudad mantener su identidad cuando el mundo que la rodea cambia de manera tan radical?

Esa es la verdadera elección.

Y todavía no ha terminado.

Víctor Grimaldi

Víctor Manuel Grimaldi Céspedes (Santo Domingo, 22 de diciembre de 1949) periodista, historiador, político y diplomático dominicano.

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