Los cambios sociales que soñamos no se construyen en soledad. Necesitan comunidades capaces de encontrarse, reconocerse, organizarse y actuar juntas. En un tiempo en que buena parte de nuestras relaciones transcurre a través de pantallas, conviene recordar que ningún tejido social puede sostenerse únicamente con vínculos virtuales y distantes. La transformación que perdura necesita confianza, solidaridad y relaciones cercanas en nuestros barrios y municipios.

En República Dominicana existen experiencias que pueden ayudarnos a recuperar esa capacidad de construir juntos. Son historias de comunidades que, frente a problemas concretos, aprendieron a organizarse, a reclamar, a proponer y, sobre todo, a actuar. Recuperarlas puede ayudarnos a fortalecer nuevamente nuestra capacidad de protesta y propuesta.

Con ese propósito, ACENTO abre este espacio para compartir buenas prácticas comunitarias. La primera historia nos lleva a Los Mina Norte y comienza en un momento de preocupación y miedo.

Era enero de 1991 cuando una epidemia de cólera que había comenzado en Perú empezó a extenderse por América Latina. La enfermedad provocaba muertes y temor, mientras los sistemas de salud enfrentaban enormes dificultades para responder. En los barrios populares, donde los problemas de contaminación y saneamiento eran parte de la vida cotidiana, la amenaza se sentía todavía más cercana.

El Centro Dominicano de Educación Ecológica (CEDECO), que desarrollaba procesos de educación ambiental en comunidades de Santo Domingo, decidió actuar. Había que informar, prevenir y crear conciencia.

Pero en Los Mina Norte ya existía algo que podía convertirse en una fuerza decisiva: la organización comunitaria.

Escuelas, iglesias, grupos de mujeres, jóvenes, organizaciones sociales, comunitarias y culturales comenzaron a encontrarse. La preocupación por el cólera se cruzó con los esfuerzos organizativos que ya se estaban desarrollando en el territorio. Poco a poco apareció una pregunta inevitable: ¿por qué no unir las fuerzas para enfrentar juntos los problemas de contaminación del barrio?

Así nació la Jornada de Saneamiento Ambiental.

La propuesta comenzó a tomar forma en los sectores de Vietnam, Katanga, San Antonio, Puerto Rico y Juan Pablo II, con la idea de trabajar junto a la Alcaldía. Pero desde el principio estaba claro que aquello sería mucho más que una jornada de limpieza.

Primero había que conocer el barrio.

En talleres y reuniones, los moradores identificaron los principales problemas ambientales, señalaron los puntos más críticos y elaboraron mapas para visualizar las zonas que necesitaban atención urgente. Después se organizaron cuatro comisiones: educación, organización, recursos y comunicación.

Cada una tenía una tarea. Había que sensibilizar a la población, movilizar voluntarios, conseguir herramientas y materiales, hablar con las autoridades y comunicar lo que estaba ocurriendo.

Mientras unos organizaban reuniones, otros buscaban recursos. Se preparaban talleres y charlas, se visitaban programas de radio y televisión, se elaboraban murales y se distribuían materiales educativos. La Jornada comenzaba mucho antes de que aparecieran las primeras escobas y carretillas.

Y entonces llegó el gran momento.

Durante tres días, el barrio se convirtió en un enorme espacio de trabajo colectivo. Jóvenes, mujeres, hombres y niños salieron a las calles con palas, picos, escobas y carretillas. Se limpiaron calles, callejones, imbornales y cañadas. Se eliminaron vertederos improvisados y se recuperaron espacios contaminados.

En algunos lugares, donde antes se acumulaba basura, aparecieron murales llenos de color y mensajes que invitaban a cuidar el barrio. La limpieza física comenzó a producir algo menos visible, pero quizás más importante: la sensación de que el barrio pertenecía a quienes lo habitaban y que sus habitantes podían transformarlo.

Sin embargo, la historia también tuvo momentos de tensión.

Después de recoger enormes cantidades de basura, quedaba una tarea fundamental: retirar los residuos. Esa responsabilidad correspondía al Ayuntamiento. Pero los camiones no siempre llegaban.

En Katanga, la frustración creció. La comunidad había cumplido su parte y esperaba que las autoridades cumplieran la suya. Ante la ausencia de los camiones, los dirigentes decidieron hacer pública la denuncia. Llegaron hasta el programa de televisión del entonces alcalde Rafael Corporán de los Santos y reclamaron una respuesta. Incluso amenazaron con llevar los residuos hasta la avenida principal.

El episodio dejó una enseñanza que sigue siendo válida: organizarse también significa aprender a negociar, exigir y hacer valer los compromisos asumidos.

Al finalizar cada Jornada, no se trataba simplemente de guardar las herramientas y dar por terminado el trabajo. Se evaluaba lo ocurrido y se discutía cómo continuar enfrentando los problemas ambientales. Además, el barrio que había realizado la Jornada se preparaba para apoyar al siguiente. Así, la experiencia iba pasando de una comunidad a otra.

Con el tiempo comenzaron a verse los resultados.

Aumentó la conciencia sobre la importancia del saneamiento ambiental. Las organizaciones sociales, comunitarias y religiosas aprendieron a coordinarse mejor. Líderes de distintos barrios se conocieron y desarrollaron nuevas capacidades para organizar, negociar y movilizar a sus comunidades.

Pero quizás el mayor logro fue otro: la comunidad aprendió que protestar y proponer no son caminos opuestos.

La experiencia mostró que una comunidad puede denunciar un problema y, al mismo tiempo, participar en su solución. Puede exigir al Ayuntamiento que cumpla y, a la vez, movilizarse para mejorar su propio entorno.

La epidemia de cólera fue el detonante, pero la respuesta comunitaria fue mucho más allá de la emergencia sanitaria. Demostró que una crisis puede convertirse en una oportunidad para fortalecer la organización, la solidaridad y la participación.

También dejó claro que los problemas comunes pueden acercar a comunidades diferentes. Cuando existe una causa capaz de convocar, los barrios pueden superar sus fronteras y construir una fuerza colectiva mayor.

Hoy, décadas después, aquella experiencia conserva una enseñanza sencilla y poderosa: el tejido social se fortalece cuando dejamos de ser espectadores de nuestros problemas y nos convertimos en protagonistas de sus soluciones.

Para lograrlo necesitamos educación, organización, comunicación y participación. Necesitamos recuperar espacios para encontrarnos y aprender nuevamente a trabajar juntos.

Quizás por eso vale la pena volver la mirada hacia experiencias como la Jornada de Saneamiento Ambiental. No para repetirlas mecánicamente, sino para preguntarnos qué podemos aprender de ellas.

Porque si aquellas comunidades pudieron convertir el miedo ante una epidemia en organización, solidaridad y acción colectiva, nosotros también podemos aprender de esa experiencia para reconstruir nuestros vínculos y fortalecer la capacidad de nuestras comunidades para protestar, proponer y transformar.

Radamés Martínez

Sociólogo y animador cultural

Sociologo, animador sociocultural, educador ambiental y profesor universitario. Como servidor público se ha involucrado en el desarrollo local, la reforma del Estado y la gestión de políticas públicas de inclusión social con perspectiva participativa.

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