Las instituciones de educación superior se encuentran hoy desafiadas por el avance supersónico de las ciencias, de la información, del conocimiento y de la audacia de la Inteligencia Artificial. Ésta no le deja margen alguno para el rezago, para la distracción. En este sentido, los actores de la educación superior requieren la movilización de su mirada, de su potencial reflexivo y del modo en el que asumen la cotidianidad de las instituciones que lideran y, especialmente, de los problemas que ralentizan su desarrollo y actualización. El liderazgo tiene un carácter dinámico, por tal motivo no puede cosificarse; requiere atención sistemática y un acompasamiento con las transformaciones de las ciencias, de la sociedad y de la educación. Desde esta perspectiva, es necesario preguntarse, de manera continua, ¿liderazgo para qué, desde dónde y con qué horizonte?
La puerta de entrada de los gestores interesados en un liderazgo estratégico efectivo en las instituciones de educación superior pasa, en primer lugar, por un examen reflexivo-crítico sobre las concepciones del liderazgo que se ejerce. Es necesario tomar conciencia de cómo lo pienso; esto ejerce mucha influencia en la práctica de éste. Conviene verificar qué tan cercana o distante de lo que pienso sobre el liderazgo está la práctica. Además, es necesario constatar cómo lo asumo y por qué lo asumo de tal o cual manera. De igual modo, es importante identificar los principios y los valores que fundamentan el liderazgo que ejerzo. En tiempos digitales y de Inteligencia Artificial, parece que la pregunta por los valores es cosa del pasado, de lo antiguo. Hoy lo nuevo quiere tener como cimiento lo que la llamada ciencia de la tecnología aporta y dicta.
La mirada reflexivo-crítica requiere, también, que identifiquemos cómo impacta nuestro liderazgo a las personas con las que trabajamos y a las que acompañamos. Se ha de constatar qué le aporta nuestro liderazgo a la misión de la institución o a la del grupo que lideramos. Pero, este liderazgo no solo incide en la esfera institucional; sino que afecta, positiva o negativamente, el desarrollo de la sociedad en la que actuamos. Los líderes también deberán preguntarse qué nivel de actualización tiene el liderazgo que impulsan. Un liderazgo ahistórico puede hacer mucho daño a la educación superior y a la sociedad. Los avances de las ciencias, del conocimiento y de la educación superior en el mundo no resisten un liderazgo desactualizado y dubitativo. Ejercerlo de este modo impacta la calidad de los aprendizajes, la calidad de la práctica educativa y la calidad de la respuesta de la educación superior a los problemas de la sociedad.
Los desafíos que debe afrontar en estos tiempos la educación superior del país demandan un liderazgo inspirador, cada vez más democrático y transformacional. El liderazgo inspirador centra su atención en las personas, en sus talentos, en sus sueños, para que los desarrolle y potencie. Lo que importa es que la persona alcance su desarrollo al más alto nivel. Este desarrollo las compromete con la mejora continua de ellas mismas y de los otros.
Esta manera de liderar abre paso a comunidades académicas, científicas y de práctica que convierten la institución de educación superior en un espacio de creación y de construcción compartida de forma permanente. Este liderazgo potencia y expande la satisfacción, el entusiasmo colectivo. Esta manifestación de la alegría tiene fuerza interior, porque los actores ven cómo sus proyectos, sus metas y su desempeño van ganando efectividad y dinamismo estratégico.
Los actores confirman que su acción adquiere significado en la institución y en los espacios socioeducativos, políticos, económicos y culturales en los que intervienen. En esta dirección, los actores se dan cuenta de que el liderazgo no puede descansar en el estímulo externo, sino que ha de tener cimientos profundos que permitan una lectura sistémica y continua de la educación superior. Los líderes del sistema de educación superior deberían constituirse en una comunidad de práctica que permita la renovación continua de su liderazgo y les aporte referentes conceptuales, estratégicos y motivacionales para pasar de un liderazgo reactivo a un liderazgo que transforme y profundice las ideas, los procesos y las acciones todas.
El liderazgo que refuerza de forma sistemática su sentido y práctica estratégicos aporta a la institución posibilidades de hacer dialogar las realidades presentes y futuras. Se adelanta a los problemas, porque funciona con una cultura anticipadora y resolutiva. Asimismo, desarrolla, en la institución, una mayor capacidad de apertura a las innovaciones; mayor atención a los ejes fundamentales de la misión institucional y, sobre todo, capacidad de diálogo y de negociación con los sectores de la sociedad comprometidos con la calidad, la eficiencia y el carácter estratégico de la educación superior.
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