Hay momentos en que la política deja de explicarse por las siglas y comienza a explicarse por los rostros. No porque los partidos desaparezcan, sino porque dejan de ser suficientes.

Durante décadas, los sistemas políticos latinoamericanos se organizaron alrededor de grandes estructuras partidarias. Los partidos seleccionaban candidatos, construían liderazgos, movilizaban militancias y servían como vehículos casi indispensables para llegar al poder. El candidato pertenecía al partido.

Hoy, cada vez con mayor frecuencia, ocurre lo contrario: el liderazgo aparece primero y después busca o crea la estructura electoral que necesita.

Ese fenómeno tiene un nombre cada vez más presente en la conversación política: los outsiders.

Escuchando una conferencia de Guido Gómez Mazara sobre el tema, me quedó dando vueltas una idea que, a mi juicio, resulta esencial para entender lo que está ocurriendo en muchas democracias: los outsiders no aparecen por casualidad. Aparecen cuando los partidos comienzan a dejar vacíos.

Nos recordaba Guido antecedentes en América Latina importantes. 

Alberto Fujimori llegó a la política peruana desde el mundo académico y universitario. En 1990 enfrentó a Mario Vargas Llosa y terminó conquistando la Presidencia prácticamente al margen de las estructuras tradicionales que hasta entonces habían dominado la vida política.

Años después, Hugo Chávez emergió desde el mundo militar, construyó un movimiento alrededor de su figura y terminó transformando profundamente el sistema político venezolano.

Pero el fenómeno ha evolucionado.

Javier Milei convirtió en Argentina el rechazo a “la casta” en una identidad política. Donald Trump llegó a la Presidencia de Estados Unidos desde el mundo empresarial y del entretenimiento, utilizando uno de los partidos tradicionales pero presentándose, paradójicamente, como alguien dispuesto a enfrentarse a buena parte del propio establishment político. Nayib Bukele, aunque venía de la política institucional, construyó su ascenso enfrentándose al sistema partidario que había gobernado El Salvador durante décadas.

No todos son outsiders en el sentido estricto del término.

Y ahí está precisamente una distinción importante.

Hay outsiders que llegan desde fuera de la política. Hay dirigentes que vienen de dentro, pero construyen una narrativa antisistémica. Hay líderes populistas que presentan la realidad como una confrontación entre “el pueblo” y una élite. Y existen proyectos profundamente personalistas, donde el movimiento comienza a depender más del líder que de la institución.

Muchas veces estas categorías se mezclan.  Lo que sí parecen compartir estos fenómenos es algo más profundo: la capacidad de convertir el desencanto en una fuerza electoral.

El antisistémico escucha aquello que los partidos dejaron de escuchar.  Habla de frustraciones, privilegios, inseguridad, corrupción, burocracia, desigualdad, abandono o cansancio. Utiliza un lenguaje menos elaborado que el de la política tradicional, pero frecuentemente mucho más efectivo.

Dice lo que una parte de la ciudadanía quiere escuchar.

El problema comienza después.  Porque una cosa es ganar denunciando al sistema y otra muy distinta gobernar desde el sistema.

El antisistémico llega al poder prometiendo romper estructuras que, una vez convertido en gobernante, necesita utilizar. Las instituciones que denunció pasan a ser las instituciones desde las cuales tiene que gobernar.

Y ahí comienza la prueba verdadera.

No siempre las grandes promesas de ruptura terminan convirtiéndose en grandes transformaciones. La indignación puede ganar elecciones, pero gobernar exige algo más que indignación.

Sin embargo, sería demasiado fácil atribuir todo el fenómeno a la habilidad comunicacional de estos líderes.

La responsabilidad también pertenece a los partidos tradicionales.  Cuando los partidos dejan de formar dirigentes, cuando se alejan de sus bases, cuando las organizaciones se convierten exclusivamente en maquinarias electorales, cuando las mismas figuras circulan durante décadas por distintas posiciones y cuando amplios sectores de la población sienten que la política solamente habla consigo misma, inevitablemente se crea un espacio para alguien que promete venir “desde fuera”.

Los outsiders no necesariamente destruyen los partidos.  Muchas veces encuentran partidos que ya habían comenzado a deteriorarse.

Existe además un elemento nuevo que modifica completamente la ecuación: las redes sociales.

Durante buena parte del siglo XX, para intentar llegar al poder había que construir una organización territorial, contar con dirigentes locales, estructuras partidarias, locales políticos, militantes y una maquinaria electoral considerable.

Millones de seguidores pueden escuchar diariamente sus opiniones, compartir sus indignaciones, adoptar su lenguaje y convertirse en una comunidad política antes incluso de que exista un partido.

Antes había que construir un partido para conseguir una audiencia. Hoy se puede construir una audiencia para conseguir un partido.

Ese cambio es probablemente uno de los fenómenos políticos más importantes de nuestra época.

La política se ha personalizado.

Las siglas compiten con los algoritmos.

La militancia compite con los seguidores.

Los mítines compiten con los videos virales.

Y el partido, que durante décadas funcionó como intermediario entre la sociedad y el poder, está perdiendo el monopolio de esa intermediación.

La República Dominicana no está fuera de esa transformación.

Nuestra historia política ha estado marcada por grandes organizaciones y por períodos en los cuales dos fuerzas principales han concentrado la competencia electoral. Cambiaron las siglas y cambiaron los protagonistas, pero durante décadas el partido siguió siendo la puerta fundamental de acceso al poder.

La pregunta es si seguirá siendo así.

Quizás la discusión importante no sea quién podría convertirse mañana en el outsider dominicano.

Tal vez esa sea la pregunta más superficial.

La verdadera pregunta debería formularse de otra manera:

¿Están nuestros partidos creando las condiciones para que aparezca?

Porque cuando los partidos dejan de representar, la política busca un rostro.

Y cuando la ciudadanía deja de creer en las estructuras, comienza a creer en personas.

Los outsiders probablemente llegaron para quedarse. Pero antes de preguntarnos quién será el próximo, los partidos deberían preguntarse qué hicieron o qué dejaron de hacer— para que una parte de la sociedad esté cada vez más dispuesta a confiar en alguien que promete venir de fuera.

Rossina Guerrero Heredia

Escritora

Rossina Guerrero Heredia, escritora y analista cultural. Mi trabajo se desarrolla entre la reflexión crítica, la experiencia en la gestión pública y la escritura literaria. He publicado cuentos que exploran la memoria, el dolor, los vínculos y la fragilidad humana, una mirada que atraviesa también mi forma de pensar la política y la vida pública. Escribo desde una perspectiva ensayística que busca ir más allá de la coyuntura inmediata, para comprender cómo el poder, el cansancio colectivo y las emociones configuran nuestra experiencia política en la República Dominicana contemporánea.

Ver más