Hace unos años conversaba con un joven dominicano que había emigrado a Europa para estudiar ingeniería. Al graduarse, fue contratado por una empresa tecnológica de primer nivel. Desde fuera, la reacción típica sería inmediata: «otro talento que perdimos». Sin embargo, mientras hablábamos, me describía cómo colabora con proyectos locales, cómo mantiene sus vínculos profesionales activos y cómo evalúa constantemente oportunidades para invertir en el país.
En ese momento entendí que no se había ido. Había cambiado de nodo.
Durante décadas, en América Latina hemos arrastrado un concepto que, aunque popular, resulta cada vez más anacrónico: la «fuga de cerebros». La expresión sugiere una pérdida irreversible, un drenaje que debilita al país de origen. Pero esa narrativa, más emocional que estratégica, ya no explica la realidad de un mundo interconectado.
Hoy, el talento no desaparece; se mueve. Y cuando se mueve, no necesariamente se pierde. Puede aprender, conectar y devolver valor de formas que antes eran imposibles. A esto se le llama «circulación de cerebros»: una dinámica donde las personas transitan entre sistemas y experiencias, formando parte de redes globales de conocimiento.
El problema es que seguimos pensando en términos de fuga, mientras el mundo funciona en términos de red. Esa diferencia no es semántica; es estratégica.
Cuando un país asume que está perdiendo talento, reacciona de forma defensiva: intenta retener, evitar la salida o lamentar la ausencia. Pero cuando entiende que el talento circula, la pregunta cambia por completo: ¿Cómo nos conectamos con ese talento, esté donde esté?
Ahí es donde comienza la verdadera conversación.
La República Dominicana no parte de cero. Iniciativas como el Instituto de Dominicanos y Dominicanas en el Exterior (INDEX) reflejan un esfuerzo legítimo por mantener el vínculo con nuestra diáspora. Sin embargo, el desafío actual va más allá de la conexión identitaria o cultural.
No se trata solo de saber dónde están. Se trata de saber qué pueden aportar, en qué redes participan y cómo integrar ese capital humano al desarrollo nacional.
En este punto, todavía estamos en una etapa incipiente. No contamos con una estrategia clara para activar a la diáspora como una red de conocimiento. Carecemos de una segmentación robusta del talento dominicano en áreas críticas como biotecnología, políticas públicas o inteligencia artificial. En la práctica, estamos registrando personas, pero no estamos aprovechando su talento.
Pero hay un segundo ángulo en esta conversación que rara vez exploramos: la circulación es de doble vía.
Si aceptamos que el talento es fluido, la pregunta no es solo cómo se van los dominicanos, sino qué tipo de talento estamos atrayendo.
En el Caribe existen sistemas educativos sólidos, con profesionales altamente capacitados en áreas como salud, turismo, servicios especializados y tecnología, pero insertos en mercados laborales más limitados. Para muchos de ellos, la República Dominicana podría representar un nodo natural de desarrollo y crecimiento, por cercanía geográfica, afinidad cultural y dinamismo económico.
Sin embargo, no estamos pensando el país como un destino atractivo dentro de esa red regional.
No existe una estrategia para atraer profesionales clave del Caribe, ni políticas que faciliten su integración productiva en sectores donde el país necesita talento. Seguimos viendo la migración principalmente como una presión social y no como una oportunidad competitiva.
Un país que logra articular su diáspora y, al mismo tiempo, atraer talento externo, deja de ser un punto de salida para convertirse en un nodo activo en la red global de conocimiento. Se vuelve más innovador y, sobre todo, más conectado.
Pero para que esto ocurra, el Estado y el sector privado también tienen que moverse.
Debemos crear mecanismos reales de vinculación: programas de mentoría global, redes de colaboración científica, esquemas de participación en políticas públicas, marcos migratorios inteligentes y espacios de investigación compartida. Tenemos que dejar de ver la movilidad humana como un problema a gestionar y empezar a verla como un activo a diseñar.
La «fuga» es una narrativa de escasez; la «circulación» es una estrategia de abundancia. La fuga lamenta lo que se va; la circulación construye con lo que se mueve, en ambas direcciones.
En un país donde nuestros jóvenes acceden cada vez más a experiencias internacionales, insistir en la idea de pérdida es limitante. Nos coloca en una posición pasiva frente a una realidad que podríamos liderar.
Porque, al final, el talento dominicano no está desapareciendo.
Está circulando.
La pregunta ya no es si se va. Es si estamos preparados para ser un país al que también valga la pena llegar.
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