En pleno centro de Santo Domingo, la figura de un corazón rojo comenzó a multiplicarse en muros, columnas y escombros. Detrás de esa intervención persistente está NCBEET, un artista que transformó el paisaje urbano desde el anonimato.

El nombre NCBEET surge de una anécdota familiar ligada a su infancia, específicamente a su abuela. “Beet”, remolacha en inglés, remonta a un rechazo infantil. El prefijo “NC” nace de la pregunta: ¿no comes remolacha?

Inició a grafitear cuando solo era un niño de 11 años, pero lo retoma de forma definitiva en pandemia. Con una carrera profesional y académica ya construida, decidió dar un giro inesperado e inicia el proyecto de los corazones. La decisión no estuvo exenta de cuestionamientos: abandonar una vida estable para dedicarse a una práctica que muchos siguen considerando un pasatiempo. Sin embargo, para NCBEET, la elección respondía a una necesidad más profunda que cualquier cálculo racional.

“Cada quien muere por lo que le gusta y si eso me trae paz y felicidad lo voy a hacer”

El tres de enero del 2021 inicia el proyecto. Cinco años, ese es el tiempo que planea invertir para comunicarle al país su idea. Con el mensaje que quiere esparcir bien claro: “Tengo que hacer un graffiti con el que la gente se identifique y crear un ícono”. Toma el ícono universal del amor. Un amor incondicional, un lenguaje universal. En un contexto marcado por el aislamiento y la fragilidad emocional de la pandemia, cuando tanto se añoraba la conexión humana, Beet decide soltarlo todo, para ser el portavoz de ese mensaje.

Su primer corazón lo hizo en La independencia con Núñez de Cáceres. El ritmo de producción fue casi compulsivo: tres corazones el primer día, siete al siguiente, treinta y siete al tercero, más de cien al cuarto. El instinto lo llama. Siempre trata de ponerlo de frente, que no parezca rebuscado. Como si fuera una publicidad.

La técnica que emplea, una fusión entre esténcil y spray, le permite reproducir rápidamente el ícono. Y a diferencia de lo que muchas personas comentan, no trabaja con un colectivo. Como el mismo dice: “soy solo una persona con deseo y hambre de hacerlo”

A partir del corazón inicial fueron surgiendo otros íconos que expanden el mismo mensaje. Cada uno funciona como una variación del gesto original, pero manteniendo una misma lógica simbólica. Entre ellos:

  • La CoraFlor
  • El osito
  • El Sagrado corazón

La CoraFlor. Surge como respuesta a la idea: el que siembra odio lo cosecha. Su respuesta es hacer lo contrario. Es como estar sembrando un árbol de amor. Siempre nace desde abajo, y si es posible desde un lugar verde.

El osito. La primera vez que se encontró un osito de peluche fue uno blanco en el piso y al encontrarlo desamparado decidió darle un corazón nuevo. De esa manera continuó, encontrando ositos desamparados y regalándoles un alma hasta convertirlos en un ícono de su arte.

Sagrado corazón de Jesús. Este ha sido el más elaborado. Dejando su huella con un gigantesco corazón en Cristo Rey, pintado dentro de un marco ornamental, colocado por el mismo autor, que lo resalta en el espacio urbano.

Además de sus piezas callejeras, ha realizado trabajos comisionados. El más particular fue dentro de una iglesia, cuya dirección no se me es permitido divulgar. Porque como él dice: “El BEET tiene que ser un factor sorpresa”

Y no se limita solo al espacio nacional. Ha llegado a pintar en Canadá, Bogotá, Medellín, Nueva York y Puerto Rico donde también ha dejado corazones en muros y espacios públicos, llevando su mensaje más allá de Santo Domingo

 NCBEET como personaje.

Hablar de NCBEET es como hablar de un personaje, como si fuera una persona diferente a su mismo dueño. Él mismo lo dice: “yo del 2021 para acá soy el BEET, la otra persona ya no existe”

Cambió su estilo de vida dejando atrás las comodidades que tenia como persona privilegiada, con carro, estabilidad y un estilo de vida materialista. Ser BEET significó lo contrario: andar a pie, en el anonimato, aprender que la constancia y la humildad podían llevarlo más lejos que cualquier lujo. Eliminando sus redes sociales, cambiando su forma de vestir hasta crearse una especie de disfraz —ropa sencilla, aspecto descuidado— que lo ayuda a pasar desapercibido cuando pinta, aislándose del mundo.

Pero todo personaje necesita un público, y en el caso de NCBEET, la gente se convirtió en parte esencial de su obra. No solo son quienes observan sus corazones en la calle, también quienes lo han acompañado en el proceso, siendo cómplices silenciosos de un proyecto que, más que individual, se volvió colectivo en el sentimiento que genera.

Cuando habla del futuro, NCBEET lo hace con una claridad que sorprende: cinco años. Ese es el tiempo que se dio para realizar su proyecto. Afirma que al terminar volverá a ser el profesional que abandonó hace años. ¿Pero quién sabe? El mismo lo dice, dejar ese personaje atrás va a ser muy difícil.

Lo importante es que hasta hoy sigue firme: “yo no voy a parar”. Y aunque el camino ha sido cuesta arriba, en lo personal, asegura, que ha ganado mucho más de lo que ha perdido.

Me parece muy interesante cómo, viniendo de un contexto privilegiado y un estilo de vida consumista y centrado en lo material, NCBEET eligió dar un giro radical hacia el arte y la humildad. Quizás ahí está lo más humano de su proyecto: revelar que, cuando alguien tiene el privilegio de no preocuparse por lo material, emerge con fuerza la pulsión de crear, porque la creación habita en la esencia misma del ser humano.

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Corazón con firma
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Corazón
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Firma Beet
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Johnny Ventura
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Oso

Matilda Voigt Gatti

Matilda Voigt es gestora cultural y trabaja en el Centro Cultural Taíno Casa del Cordón. Se formó en Bienes Culturales en la Universidad de Bolonia, donde realizó su tesis de grado centrada en el grafiti y el muralismo como prácticas culturales en el espacio urbano. Su interés se orienta hacia el análisis del arte urbano y la cultura contemporánea desde una mirada cultural y etnográfica, que también desarrolla en proyectos de investigación de índole antropológico y social.

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