Hace unas semanas, mientras caminábamos por Siena después de un día de trabajo en un foro internacional, un colega me hizo una pregunta aparentemente sencilla:

—¿Cómo ves el futuro de la República Dominicana?

Mi respuesta comenzó por donde probablemente empezarían muchos dominicanos. Hablé de la Estrategia Nacional de Desarrollo y de una iniciativa más reciente que ha despertado mucho interés en distintos sectores: Meta RD 2036, el esfuerzo impulsado por el Gobierno dominicano junto a diversos aliados nacionales e internacionales para duplicar el tamaño de nuestra economía en poco más de una década.

La meta es ambiciosa. Aspira a que el ingreso per cápita pase de alrededor de once mil dólares a más de veintidós mil dólares para el año 2036 y a que la República Dominicana se consolide como un país plenamente desarrollado. Pero mientras más estudiaba la propuesta, más me llamó la atención algo distinto a las cifras.

El documento reconoce que el crecimiento futuro dependerá cada vez menos de las recetas económicas que nos trajeron hasta aquí y cada vez más de factores como la calidad institucional, el capital humano, la innovación, la productividad y la inclusión. De hecho, el crecimiento inclusivo aparece definido como una condición necesaria para alcanzar la meta, no como un objetivo secundario.

Lo curioso es que el propio plan identifica doce sectores con comités formales para construir esa meta: turismo, finanzas, energía, zonas francas, entre otros. Sin embargo, el fortalecimiento de la cohesión social, la participación ciudadana y el tejido asociativo aparece como una responsabilidad transversal, sin un espacio equivalente de reflexión y construcción. La cohesión que el plan necesita no tiene, por ahora, un espacio formal donde construirse.

Y fue entonces cuando me surgió una pregunta diferente.

Si logramos alcanzar esa meta, ¿cómo será la sociedad dominicana que habitará ese país más próspero?

Los países no dejan de tener problemas cuando se desarrollan. Simplemente cambian de problemas.

Durante décadas, nuestras preocupaciones han girado alrededor del crecimiento económico, la pobreza, el empleo y la infraestructura. Y con razón. Pero las experiencias de muchos países desarrollados muestran que, una vez superados ciertos niveles de ingreso, aparecen otros desafíos: el envejecimiento de la población, la soledad, la pérdida de confianza en las instituciones, la polarización, la disminución de la participación ciudadana y las dificultades para mantener la cohesión social en sociedades cada vez más complejas.

En otras palabras, construir riqueza es una tarea. Construir comunidad es otra.

Con frecuencia hablamos de infraestructura física. Carreteras, puertos, aeropuertos, redes eléctricas, sistemas de transporte. Sin embargo, existe otra infraestructura igualmente importante: la infraestructura social.

Es la que permite que las personas confíen unas en otras. La que facilita la cooperación. La que ayuda a resolver conflictos de manera pacífica. La que crea sentido de pertenencia. La que conecta a los ciudadanos con sus comunidades.

Cuando esa infraestructura social es fuerte, las sociedades suelen ser más resilientes. Cuando es débil, incluso los logros económicos pueden verse amenazados. El propio modelo que sustenta Meta RD 2036 reconoce que la productividad es el componente con mayor poder multiplicador sobre el crecimiento, y que la productividad depende del clima institucional y la confianza. Son bienes que suelen fortalecerse allí donde existen instituciones sólidas, ciudadanía activa y una sociedad civil capaz de generar confianza y cooperación. El plan necesita esos resultados, pero todavía queda abierta la pregunta sobre cómo se fortalecerán las instituciones y actores que tradicionalmente contribuyen a producirlos.

Quizás por eso algunos de los países que solemos admirar no solo se caracterizan por su riqueza. También se distinguen por contar con instituciones sólidas, una ciudadanía activa y una amplia red de organizaciones comunitarias, educativas, culturales, religiosas y sociales que contribuyen diariamente a fortalecer el tejido social.

A lo largo de mi vida profesional he tenido la oportunidad de trabajar con organizaciones como AFS, GivingTuesday, la Comunidad Solidaria de Un Día Para Dar RD, la Red Filantrópica RD y Alianza ONG, dentro y fuera del país. He visto de cerca cómo estas instituciones generan confianza, forman liderazgos y construyen puentes entre personas que de otro modo nunca habrían colaborado.

En la República Dominicana solemos debatir mucho sobre cómo crecer. Hablamos de inversión, productividad, turismo, zonas francas, innovación y competitividad. Son conversaciones necesarias.

Tal vez ha llegado el momento de comenzar a discutir también cómo conviviremos en una sociedad más desarrollada.

¿Tendremos ciudadanos más participativos o más indiferentes?

¿Seremos capaces de generar mayores niveles de confianza?

¿Lograremos fortalecer el sentido de comunidad en medio de una economía más dinámica y compleja?

¿Estaremos formando líderes comprometidos con el bien común?

¿Tendremos organizaciones capaces de canalizar la energía cívica y la participación ciudadana?

Estas preguntas no son secundarias. Son parte esencial del desarrollo.

Por eso, cuando pienso en la República Dominicana de 2036, me entusiasman las metas económicas. Pero me interesan todavía más las metas sociales que las acompañarán.

El verdadero éxito de una nación no se mide únicamente por el tamaño de su economía. También se mide por la fortaleza de sus comunidades, la confianza entre sus ciudadanos y la capacidad de trabajar juntos para construir un futuro compartido.

Quizás uno de los grandes desafíos de la República Dominicana hacia 2036 no sea solamente duplicar su economía. Quizás sea asegurarnos de que, mientras crecemos, no perdamos aquello que nos permite crecer juntos.

El desarrollo no consiste únicamente en producir más. Consiste también en aprender a convivir mejor.

Y esa es una conversación que vale la pena comenzar desde ahora.

Pablo Viñas Guzmán

Educador, gestor cívico

Pablo Viñas Guzmán es director ejecutivo de AFS Intercultura en República Dominicana, gestor cívico y educador. Desde esa posición lidera programas de intercambio educativo, formación de jóvenes líderes, cooperación intersectorial y participación ciudadana. Es líder de GivingTuesday en República Dominicana y forma parte de su red global, además de presidir la Junta Directiva de Alianza ONG y participar activamente en otros espacios de articulación del sector social. Ha sido consultor y conferenciante en diplomacia pública, educación global, voluntariado internacional y fortalecimiento institucional en América Latina, Europa y Asia. Ha diseñado y ejecutado programas con el apoyo de agencias de cooperación y organismos internacionales, y ha colaborado con iniciativas de la Unión Europea, WINGS y otras plataformas en la consolidación de ecosistemas filantrópicos en el Caribe. Cuenta con formación en Derecho, Negocios Internacionales, Liderazgo Cívico y Diplomacia, y es egresado del Programa Executivo en Estrategia de Impacto Social e Innovación de la Universidad de Pensilvania.

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