El viernes 5, Día Mundial del Medio Ambiente, fue la presentación para Santo Domingo de la novela «MAGUACOCHÍOS» en el Museo del Hombre Dominicano. Y si el término usado como título de la obra es desconocido, el tema que trata dicha novela resultaría más desconocido todavía, habida cuenta de que si algo ignoramos los dominicanos es nuestro pasado más antiguo; es decir, la forma de ser, vivir y sentir de los aborígenes que habitaron la Isla hace 500 años, y 6 o 7 mil años más atrás.
Lo que creemos conocer y damos por sentado es que los «indios» se pasaron unos seis mil años acostados en hamacas, mientras las mujeres les hacían casabe. Se levantaban a bailar un areito, se comían el casabe, se fumaban «una cohoba» y volvían a acostarse en sus hamacas. De hecho, los investigadores de nuestra arqueología no han llevado hasta las aulas de nuestras escuelas y universidades una versión creíble de la humanidad de nuestros aborígenes. Y me permito afirmar que de esto se ha ocupado ahora la novela «MAGUACOCHÍOS».
La novela «MAGUACOCHÍOS», del investigador de cuevas y sitios arqueológicos Domingo Abréu Collado, primero que cualquier otra cosa, nos plantea una manera diferente de hacer literatura. El autor se ha encargado de acrisolar prácticamente todo lo digeriblemente conocido en materia arqueológica, para vincularlo a las informaciones escritas de los cronistas, tamizarlo junto a las interpretaciones confirmadas de las manifestaciones rupestres de las cuevas, añadirle la necesaria cantidad de ficción emotiva y, finalmente, presentar un sólido producto novedoso en la literatura, un producto que inquieta, estremece, divierte y educa.
Abréu Collado —«Dominguito», para sus excompañeros de lucha— ha asumido la tarea de ponerles huesos, piel, carne, sangre y capacidades creativas a esos aborígenes, taínos o arawacos, como quiera llamárseles, para luego hacerles un llamado y traerlos a la vida. «MAGUACOCHÍOS» se ha encargado de lanzarles, como a Lázaro, aquella voz imperativa del «levántate y anda». Y he aquí que ahora vamos a tener que verlos remanecidos, codearse con nosotros, mirarnos a los ojos y hablarnos en silencio, como lo hacen las pinturas y grabados rupestres que nos legaron en las cuevas.
Pero hay más. No conforme el autor con llamar a la vida a nuestros antiguos naturales, incluye en la novela algunos elementos muy poco tratados por los historiadores, y uno es la composición cultural de nuestros aborígenes. Es decir, los nuestros, los «indios» nuestros, que no eran solo nuestros, sino de casi todo el continente. En la novela se vierten datos y pruebas de la presencia gráfica de las culturas maya e inca en nuestra Isla. Se traen a colación las costumbres de esas culturas norte-, centro- y suramericanas, y lo que se le sirve al lector en bandeja de oro antiguo es el asombro y la emoción de conocer que todos nosotros tenemos rastros ribonucleicos de las culturas más avanzadas de la Abya Yala, territorio que fuera luego tan pobremente rebautizado como América.
Sí, hay varios retos en «MAGUACOCHÍOS». Uno de esos retos ya lo ha asumido el autor, según sus propias declaraciones, y es la segunda parte de esta novela, que ya está en proceso y nos avanza que quizás sea la parte más dura y lacerante. Otro reto es, a juicio de Abréu Collado y coincido con él, que los dominicanos volvamos a reencontrarnos con el hábito de leer, que esta novela sea, para muchos, la puerta de entrada al gusto por la lectura. Y otro reto, no menos ambicioso, que «MAGUACOCHÍOS» llegue al cine. Que todos aquellos huesos, carnes, sangre y vida puedan verse en movimiento entre nuestros bosques, cavernas, ríos y mares; que podamos finalmente hacernos una idea comentable, compartible y recordable de esos primeros pobladores de nuestras islas en pleno hacer, sentir, trabajar, producir música y bailar.
No sabemos con qué puede estar coincidiendo la aparición de esta novela. Pero si pensamos que el propio mundo está en estos momentos a las puertas de una definición por o en contra de la humanidad, pudiera ser que «MAGUACOCHÍOS» sea una ventana a un pasado que tiene mucho que enseñarnos, si es que podemos ver la armonía entre humanos y naturaleza como una alternativa a la actual violencia mundial, regional y local.
De lo que no nos cabe duda, luego de leer esta novela, es de que estamos a las puertas de un novedoso estilo literario para la República Dominicana, una literatura formativa que puede ser el llamado a una generación rescatista de lo mejor de las culturas que han pisado el ahora suelo dominicano.
No podemos terminar esta reseña sin mencionar dos cosas importantes. Primero, nuestro agradecimiento y el del autor a la Fundación Futuro Cierto por el auspicio de la publicación de «MAGUACOCHÍOS», resaltando además que parte de los beneficios de su venta irá a los fondos de construcción de viviendas de dicha Fundación. Y segundo, llamar la atención sobre el riesgo en que se encuentran las Cuevas del Pomier, de San Cristóbal, en cuyos interiores se desarrollan pasajes muy detallados de la novela, interiores de cuevas que podríamos ver desaparecer para siempre debido a la voracidad de la minería y a la vacilación del Estado respecto de su protección.
Nos llena de regocijo, sin embargo —y ojalá se pase inmediatamente del dicho al hecho—, la reciente noticia del Decreto 393-26, emitido por el presidente Luis Abinader el pasado 15 de los corrientes, mediante el cual «declara de utilidad pública e interés social varios terrenos ubicados dentro del Monumento Natural Reserva Antropológica Cuevas de Borbón o del Pomier, una medida orientada a reforzar la conservación de uno de los patrimonios naturales, arqueológicos y culturales más importantes de la República Dominicana».
Finalmente, me permito felicitar encarecidamente a Domingo Abréu, por el aporte a nuestra sociedad con su obra «MAGUACOCHÍOS», y porque conozco muy de cerca sus afanes y laborioso trabajo de muchos años, metido en las cuevas de este país con un propósito en la mente y una luz en su frente.
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