En las culturas premodernas se dice que todo lo que corre por la tierra y forma parte de ella tiene vida. Todavía muchos pueblos originarios consideran los ríos entidades vivas. Occidente, desde la racionalidad cartesiana, los mira como un recurso y calcula su densidad y las condiciones visibles de la vida que los habita. Según Robert Macfarlane, el racionalismo redujo los ríos a materia inanimada.
En cambio, el filósofo Michel Serres nos habla de una identidad que tiene voz, no de un mero recurso natural que está al servicio de los seres humanos. Entendía que existe una relación con muchas formas vivas y que el río mismo es una entidad viva. Planteaba que el flujo de la vida es como un río y escribió un libro titulado El contrato natural (1991), en el que propone una relación distinta con la naturaleza. Los ríos son activos, tienen fuerza, actúan e imponen su propio tiempo, y nos hacen recordar nuestra naturaleza humana.
Por tal razón, se planteó crear nuevos lazos con los ríos, personificándolos, no dominándolos. Se trata, más bien, de entrar en una relación de reciprocidad y respeto, para crear un contrato natural de carácter simbiótico que cambie nuestro antropocentrismo y nos permita aprender de otros pueblos que cuidan los ríos y no amenazan, con sus prácticas, la vida misma.
Esas ideas calaron profundamente en la ecología profunda y entre quienes están interesados en crear un mundo sin dominio ni jerarquías. Desde esa perspectiva, se plantea que la política sobre el agua debe contemplar un cambio de epistemología, de usos y de conceptos sobre la naturaleza misma. Yo miro estas ideas dentro del marco de una política de respeto e igualdad que cambie el mundo.
Es mi postura crear e imaginar una nueva historia en la que todos los seres humanos construyamos un mundo donde las voces diversas, incluida la de la naturaleza, se conviertan en un lenguaje creativo, en un habla y una escucha abiertas para todos y todas en este bello planeta. Para crear relaciones o interacciones que apoyen la vida y proyectos que clamen por el presente y el futuro de las nuevas generaciones, tenemos que cambiar la imaginación, los sueños y nuestra manera de construir conocimiento. Yo me abandero con todos los conmovidos de la tierra.
Los ríos están vivos.
¿Qué significa estar vivo para un río?
Estar vivo significa movimiento, tener palpitar, contener vida y formar parte de una cadena de vida. Significa lograr alcanzar el mar, ofrecer un torrente que, a su paso, dé fuerza nutritiva a una gran familia de bosques, riegue cultivos y calme la sed de todas las especies que lo requieran.
Un río habita en múltiples mundos que recogen la tierra: arroyos, ríos, lagunas y pantanos naturales que cantan con el viento, se recrean con la lluvia y tocan los cielos con las puntas de las ramas para atraer esa vuelta de las nubes y del mar a la tierra, en un ciclo maravilloso que cuenta historias de estaciones, rocas y temporales que conforman la rica vida de la biosfera.
Estamos aquí diciendo que ese contrato natural entre las aguas y los seres humanos no es producto de la imaginación: es una red de vida que permite que estemos existiendo, pensando, cantando, soñando, alimentando nuestro cuerpo, saciando la sed, aliviándonos, refrescando nuestro cuerpo y siendo uno. El agua fluye en nuestro interior: en la piel, los huesos, el corazón y el cerebro. En el útero de nuestra madre nadamos hasta salir a la luz del sol.
En este contexto, hablamos una sola lengua: la de sabernos parte de todos los acuíferos de la tierra. Ahora bien, ¿por qué fabricamos cloacas contaminadas, envenenamos las aguas con nuestros desperdicios, destruimos sus cauces, extraemos arenas y piedras, estancamos sus aguas y las secamos en nombre del progreso y la urbanización? No es una pregunta de Perogrullo.
El sistema industrializado, sostenido en la huella del petróleo, es culpable de matar los ríos. El crecimiento económico es la clave para que los humanos se hayan olvidado de la gramática de cómo se escribe la relación entre los ríos y los seres humanos. Así lo considera Jorge Riechmann (2018) cuando nos dice que el capitalismo es la base de una carpintería que gestó y construyó la crisis ecológica. «El capitalismo nunca sale con las manos vacías». Es un ladrón de vida.
Todo esto es muy claro para los conmovidos por las aguas que corren sobre el lomo del planeta. Los ríos rompen con la Ilustración moderna. Su retórica de racionalidad no justifica la incomodidad, la vergüenza y el sufrimiento de tantas especies, ni los riesgos ecológicos para la humanidad.
El capitalismo está construido sobre el extravío, los olvidos, las mentiras y el goce de unos pocos que se consideran las élites que gobiernan el mundo. La destrucción total de la naturaleza no les importa si de lo que se trata es de enriquecer sus bolsillos. Estos humanos imbéciles son capaces de afirmar y justificar que tienen dominio sobre la naturaleza en general.
Su proclama es el control de las aguas. Esos tramposos de la historia se vanaglorian de que, con su técnica, podrán desalinizar los mares, limpiar sus basuras, descontaminar y revivir ríos muertos. Yo los observo con su confianza y reflexiono sobre su limitada moral. Yo no tengo desesperanza; todo lo contrario, creo en el religare, en que vamos a romper a los tramposos con la poesía, las reflexiones y las prácticas que conlleven a enamorar a los humanos de buena voluntad para que tomen acciones por la liberación de los ríos.
Estoy clara en que hay que frenar, con un puñetazo testimonial, a los que rompen los sueños y las historias que cosecharán las mañanas y los atardeceres de los fluidos que corren hacia el mar. Esas aguas que besan con labiales petroleados al gusto de los grupillos tramposos que se enriquecen de otros y se sostienen encendidos con mecha de carbono. Yo, en lo personal, tengo emociones que evocan desencajamiento y, por qué no decirlo, palabras con sabor a cicuta.
Los ríos dominicanos: ¿agonía o vida?
No sé si lo entiendo bien…
¿Cómo es posible que una pueda estar contemplando la degradación, la desgracia, la contaminación, la acumulación de plástico, la deforestación, la reducción y la desaparición de los ríos que circulan por nuestra isla?
Una puede ser contemplativa, soñolienta, en soledad, en convivencia o en reflexión continua sobre cómo puede fallar y convertirse en un sistema inútil de protección ambiental. Un sistema por el cual se rezó, se peleó, se escribió y que logró convertirse en la Ley 64-00, que establece lineamientos específicos para las acciones de preservación, conservación y uso sostenible de la vida en esta bella isla que navega a lomo del mar Caribe y el océano Atlántico.
Por mucho que busque consuelo, el río Ozama y el río Isabela son dos de los ríos más contaminados de Santo Domingo. ¿Qué decir del río Haina, al que no le cabe más parabrisas de coche, plásticos, contaminantes industriales y defecación humana?
¿Adónde van los recursos para construir plantas de tratamiento que transformen la defecación y el mal aliento del Gran Santo Domingo? Yo no sé adónde van estos duelos vestidos de negro por el río Yaque del Norte, que arrastra pesticidas y aguas residuales contaminadas por el desarrollo industrial de Santiago de los Caballeros. No sé si esos ilustres hombres podrán desmontarse de sus caballos y lavarse los pies a la orilla del Yaque del Norte.
Tampoco puedo pensar cómo construir poesía frotada y desvestida en las aguas del río Yuna. Los agroquímicos crean ataúdes, dañando la producción. En el río Hatillo, el agua envenena gracias a la megaminería. No tenemos ley de agua. Las demandas por el fluido contaminado en los acueductos son la súplica de cada día de muchas comunidades por todo el país que no tienen el preciado líquido para usos domésticos, porque beberlo es contaminarse o enfermar.
Si me preguntas, te diré que los ríos agonizan; otros han muerto y el polvo se levanta por el horizonte. Esas marcas inertes de cuencas hidrográficas muertas no muestran la ferocidad de quienes se han enriquecido ni de quienes desean copiarlos para decirnos: «Soy rico».
Yo los llamaría feroces.
Son un grupo de sonámbulos que evidencian falacias, un realismo sucio que prefiere las transacciones bursátiles de los mercados petroleros, mineros y de tantas muertes; no solo de la naturaleza, los ríos, los animales y los paisajes, sino, en fin, de la vida.
Está bien decir que un río está vivo, pero ¿hasta cuándo será amable la vida con los cuerpos de agua de la República Dominicana? Se necesita gobernanza horizontal, porque las estructuras institucionales no responden a sus propias leyes.
No sé, me gustaría saber qué piensas.
¿Los ríos dominicanos están todavía vivos?
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