Las guerras modernas rara vez se anuncian con su verdadero nombre. Casi siempre se presentan como operaciones morales: defensa de la democracia, lucha contra el terrorismo, protección del orden internacional. El vocabulario es noble, casi pedagógico. Sin embargo, detrás de esas narrativas suele operar una lógica mucho más antigua, menos elegante y mucho más constante en la historia de las potencias: el control de los recursos estratégicos y de los espacios de las estructuras financieras que sostienen el poder global.
El conflicto que enfrenta a Estados Unidos, Israel e Irán encaja perfectamente en ese patrón.
Si se observa con atención, la retórica oficial —el peligro nuclear, la estabilidad regional, la seguridad de Occidente— funciona más como una capa discursiva que como una explicación real. Bajo ese lenguaje se desarrolla otro juego: el dominio de los flujos energéticos del planeta y del sistema monetario que regula su comercio.
Irán no es únicamente un actor geopolítico incómodo para Washington.
Es una potencia energética situada en uno de los puntos neurálgicos del sistema mundial. Posee algunas de las mayores reservas probadas de petróleo y gas natural del planeta. Además, se encuentra junto al estrecho de Ormuz, el cuello de botella por donde circula aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de crudo.
En términos estratégicos, esto significa algo muy simple: quien logre neutralizar o integrar a Irán dentro de su esfera de influencia no solo altera el equilibrio regional; obtiene una influencia directa sobre el mercado energético global.
Pero el petróleo es apenas una parte de la historia.
El verdadero nervio del sistema se encuentra en la arquitectura financiera que regula su comercio.
El verdadero nervio: el sistema del petrodólar
Desde los años setenta, el comercio energético mundial descansa sobre una estructura financiera aparentemente invisible: el sistema del petrodólar.
El acuerdo era implícito pero poderoso. El petróleo del mundo se vendería en dólares. A cambio, Estados Unidos garantizaría la seguridad de las rutas energéticas globales.
Ese mecanismo produjo una consecuencia extraordinaria. La mayor potencia militar del planeta pudo financiar parte de su hegemonía gracias a la demanda universal de su moneda. Cada país que necesitaba importar energía necesitaba también acumular dólares.
El resultado fue una forma de poder monetario que ningún imperio anterior había tenido.
Sin embargo, en las últimas décadas ese sistema ha comenzado a mostrar fisuras.
Irán, Rusia y en menor medida Venezuela han experimentado con mecanismos de comercio energético fuera del circuito del dólar, utilizando yuanes, rublos o sistemas de compensación alternativos. Lo que parece un simple ajuste monetario tiene implicaciones mucho más profundas.
Si una parte significativa del comercio energético mundial empieza a realizarse en otras monedas, el andamiaje financiero que sostiene la hegemonía estadounidense se debilita.
Desde esta perspectiva, el conflicto con Irán deja de ser únicamente una cuestión de seguridad regional. Empieza a parecer también una discrepancia por preservar el orden monetario que ha sostenido el poder hegemónico estadounidense durante más de medio siglo.
El precedente venezolano
La estrategia aplicada contra Irán recuerda en varios aspectos a un precedente reciente: Venezuela.
En ese caso, el discurso público hablaba de restaurar la democracia y responder a una crisis humanitaria. Sin embargo, las sanciones económicas, el bloqueo financiero y la presión diplomática tuvieron un efecto muy concreto: debilitar la capacidad del Estado venezolano para controlar su propio sector energético.
El objetivo implícito era abrir ese sector al capital internacional.
Algo parecido podría estar ocurriendo ahora con Irán.
Si Washington lograra provocar una transformación política que acercara a Teherán a la arquitectura económica occidental, el resultado inmediato sería la reintegración del petróleo y el gas iraní al mercado global bajo reglas compatibles con el sistema financiero dominado por Estados Unidos.
Eso permitiría influir en los precios energéticos globales, limitar el acceso privilegiado de China a los recursos de la región y debilitar a competidores estratégicos como Rusia.
Vista desde esta perspectiva, la guerra deja de parecer una confrontación ideológica.
Se convierte en una disputa por activos.
Cuatreros del viejo oeste
Donald Trump nunca ha ocultado completamente su visión transaccional de la política internacional.
Durante años repitió una frase que muchos interpretaron como una excentricidad:
“Deberíamos habernos quedado con el petróleo de Irak.”
Pero esa frase revela algo más profundo.
Para Trump, la guerra no es una misión moral. Es una operación financiera.
Si Estados Unidos despliega portaaviones, drones y tropas, alguien debe pagar la factura. Y en su lógica empresarial, ese pago puede hacerse en petróleo, concesiones mineras o activos congelados.
Vista desde esa perspectiva, la estrategia recuerda menos a la diplomacia clásica que a los cuatreros del viejo oeste.
Primero rodean el pueblo.
Luego cortan el suministro.
Finalmente entran al banco y se llevan la caja fuerte.
¿Un modelo de negocio, no una guerra?
El objetivo de Trump no es "liberar" a los pueblos, sino monetizar el conflicto.
Amedrentar: Sanciones y amenazas militares.
Secuestrar: Bloqueo de activos y confiscación de barcos.
Sanear: Usar esos recursos (oro, petróleo, activos congelados) para fortalecer la posición financiera de EE. UU.
Es posible que esta táctica de "piratería moderna" terminará por unir más a Irán, Venezuela y Rusia en una defensa común, o que Trump logrará quebrarlos uno por uno como si fueran salones de un pueblo del viejo oeste.
Dos agendas distintas
Aunque Estados Unidos e Israel actúan frecuentemente de forma coordinada, sus objetivos estratégicos no son exactamente los mismos.
Para Washington, el problema es fundamentalmente geoeconómico.
Para Israel, es geopolítico.
Israel percibe a Irán como el núcleo de una red regional que incluye Hezbollah en el Líbano, milicias chiíes en Irak y diversos grupos armados en Gaza y Yemen. Su objetivo principal es debilitar esa red hasta el punto de que Irán deje de ser una potencia capaz de proyectar poder militar en la región.
Estados Unidos, en cambio, parece perseguir algo más amplio: remodelar el equilibrio energético y financiero que sostiene el sistema internacional.
Israel busca seguridad territorial.
Estados Unidos busca control sistémico.
La Gran Desventaja
La desventaja de EE. UU. hoy no es la falta de balas, sino la falta de contexto. Trump está jugando al ajedrez con alguien que inventó el juego hace 2,500 años (literalmente, el shatranj persa), mientras sus asesores parecen estar jugando al Call of Duty.
"Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla, pero un pueblo que no conoce la historia de su enemigo está condenado a perder contra él".
La estrategia recuerda inevitablemente a Vietnam: prolongar la guerra hasta que la superpotencia adversaria pierda la voluntad política de continuar.
El ajedrez persa
Frente a la superioridad aérea y tecnológica de Estados Unidos e Israel, Irán ha desarrollado durante décadas una estrategia basada en la resistencia asimétrica.
Uno de sus elementos centrales es la construcción de extensas infraestructuras subterráneas, a menudo descritas como “ciudades de misiles”. Excavadas en montañas o enterradas a gran profundidad, permiten lanzar ataques desde plataformas móviles que desaparecen inmediatamente después.
La lógica es simple: disparar y esconderse.
Pero la dimensión militar es solo una parte del diseño estratégico.
Irán ha construido además una red de aliados regionales que le permite extender el conflicto mucho más allá de sus fronteras. Milicias en Irak, Yemen o el Líbano pueden atacar infraestructuras energéticas o intereses estadounidenses en toda la región.
El objetivo no es ganar batallas convencionales.
El objetivo es elevar el costo del conflicto y así desgastar al adversario.
El gambito de dama (el sacrificio de la Ayatolá)
Existe además un elemento cultural que muchos estrategas occidentales subestiman: el valor simbólico del martirio en la tradición chií.
La historia religiosa del chiismo está marcada por la memoria de la batalla de Karbala, donde el imán Huséin murió (10 de octubre del año 680 d.C.) resistiendo al poder injusto. Ese episodio transformó el sacrificio en un símbolo central de la identidad religiosa.
Desde esa perspectiva, matar a un líder no siempre debilita a un sistema político. A veces lo fortalece.
En términos de ajedrez, podría describirse como un gambito.
Se sacrifica una pieza valiosa para alterar el equilibrio psicológico del tablero.
Blackjack versus ajedrez
La diferencia estratégica entre Estados Unidos e Irán puede resumirse con una metáfora sencilla.
Estados Unidos parece jugar blackjack.
Busca una victoria rápida, un golpe decisivo que permita declarar el triunfo y abandonar la mesa.
Irán juega ajedrez.
Acepta sacrificar piezas si eso le permite prolongar la partida y alterar el equilibrio del tablero.
La lectura frente al algoritmo
En Irán, la formación de las élites (tanto religiosas como militares) incluye un estudio riguroso de la historia, la poesía y la filosofía. Entienden la psicología de la resistencia. Saben que EE. UU. es una potencia "joven" e impaciente que suele aburrirse de sus propias guerras si no hay una gratificación instantánea.
"Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla, pero un pueblo que no conoce la historia de su enemigo está condenado a perder contra él".
Esa falta de formación universal que mencionas en el estadounidense promedio (y en su clase política actual) crea un punto ciego catastrófico.
El factor de la "Ignorancia Universal": video juegos y redes sociales contra 2.500 años de historia
Existe además un choque cultural más profundo.
El equipo de Trump parece creer que el nacionalismo iraní es igual al nacionalismo estadounidense. No entienden que el nacionalismo iraní está mezclado con un orgullo de 2,500 años y una teología del sacrificio.
Muchos de los asesores políticos que rodean hoy al poder estadounidense pertenecen a una generación formada en la cultura de la inmediatez digital.
Son expertos en dominar ciclos de noticias de veinticuatro horas, en manipular narrativas mediáticas y en producir victorias comunicacionales rápidas.
Su universo mental se parece más a redes sociales o a los videojuegos que a la tradición clásica de la estrategia.
En ese universo, la guerra se convierte en un árbol de decisiones técnico: destruir X produce el resultado Y.
Pero Irán no es un sistema técnico.
Es una civilización de más de 2.500 años.
Mientras en Washington se analizan métricas de destrucción —bases eliminadas, radares neutralizados— en Teherán el conflicto se interpreta dentro de una narrativa histórica mucho más larga.
Tratar de intimidar a un pueblo que considera que la intimidación extranjera es la prueba de que están en el camino correcto.
Los estrategas estadounidenses piensan en ciclos de cuatro semanas.
Irán piensa en ciclos de cuatro generaciones
Asimetría tecnológica y costo de la guerra
Uno de los elementos más transformadores de la guerra contemporánea es la economía de las armas.
Los drones iraníes Shahed cuestan alrededor de 30.000 dólares.
Los misiles Patriot que deben interceptarlos cuestan hasta 4 millones.
Esta asimetría convierte la defensa en una hemorragia financiera.
La crisis ha revelado otro fenómeno inesperado: la vulnerabilidad creciente de las bases militares estadounidenses.
Las bases que antes simbolizaban protección se están transformando en imanes de destrucción.
Cuando el protector necesita protegerse a sí mismo, el contrato de seguridad que sustenta las alianzas comienza a erosionarse.
La paciencia estratégica
En el pensamiento estratégico iraní existe un concepto fundamental: la guerra larga.
Mientras muchas democracias occidentales operan bajo ciclos políticos de cuatro o cinco años, Irán piensa en términos mucho más extensos.
La memoria histórica del país se remonta a milenios. El imaginario nacional incorpora tanto la herencia del Imperio Persa como la tradición religiosa chií, profundamente marcada por la idea del sacrificio y la resistencia.
En ese contexto, la muerte de líderes o la destrucción de infraestructuras no siempre debilita al sistema político. A veces lo fortalece, transformándolo en un símbolo de resistencia.
Desde el punto de vista psicológico, esta lógica puede funcionar como un gambito en el ajedrez: sacrificar una pieza valiosa para alterar el equilibrio del tablero.
La Fortaleza Persa: La Estrategia de "Defensa Elástica" frente a la Operación Epic Fury
Irán, un gigante de casi 1.7 millones de kilómetros cuadrados, no es solo un objetivo militar, sino una verdadera fortaleza natural. Protegido por las imponentes cordilleras de los Zagros y el Elburz, el país ha diseñado una estrategia de supervivencia que, en estos primeros días de marzo de 2026, desafía la potencia de fuego de la Operación Epic Fury. Bajo una doctrina de "defensa elástica" y asimétrica, Teherán responde a la superioridad aérea de Estados Unidos e Israel con una arquitectura de resistencia subterránea y regional.
El Subsuelo como Campo de Batalla: "Disparar y Esconderse"
Consciente de que el dominio del cielo es occidental, Irán ha renunciado a disputar el aire para centrarse en la supervivencia profunda. Durante décadas, han perforado el núcleo de sus montañas para crear las denominadas "Ciudades de Misiles", complejos enterrados a cientos de metros —como el bastión de Pickaxe Mountain cerca de Natanz— que resultan casi inalcanzables para el bombardeo convencional.
La táctica es quirúrgica y desesperante para los estrategas del Pentágono: lanzadores móviles emergen brevemente de sus cuevas, disparan ráfagas de misiles contra bases estratégicas como Al-Udeid en Qatar y desaparecen de nuevo bajo tierra antes de que la vigilancia de los drones pueda coordinar una respuesta.
Exportación del Caos: La Guerra de Delegación
La estrategia persa no se limita a sus fronteras; busca trasladar el costo de la guerra directamente al despacho de Donald Trump a través de la presión internacional:
El Estrangulamiento de Ormuz: Pese a haber sufrido bajas significativas en su marina, Irán ha logrado un cierre de facto del estrecho mediante el uso de minas inteligentes y drones suicidas. El resultado no es solo militar, sino económico: el costo de los seguros para petroleros se ha vuelto prohibitivo, amenazando el flujo energético mundial.
Ataques a Aliados: El lanzamiento de misiles contra infraestructuras críticas en los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita busca fracturar la coalición. Teherán apuesta a que el daño económico obligará a las monarquías del Golfo a suplicar a Washington el cese de las hostilidades.
El Fantasma de Vietnam y la Descentralización
En el caso de una incursión terrestre, Irán ha preparado un "escenario Vietnam" en sus centros urbanos. Millones de milicianos del Basij están entrenados para una guerra de guerrillas prolongada que no busca victorias convencionales, sino un goteo constante de bajas que agote la voluntad política estadounidense.
Además, el mando militar iraní ha evolucionado hacia una estructura descentralizada. Tras los ataques iniciales al mando central, las unidades regionales han asumido autonomía operativa. Esta mutación estratégica garantiza que el cuerpo de la resistencia siga golpeando incluso si la "cabeza" del régimen es alcanzada.
El Dilema de la "Victoria Rápida"
Aunque los informes de inteligencia sugieren que el arsenal de misiles iraní ha sido mermado en un 86%, la narrativa de una "victoria total" de Trump sigue en el aire. Mientras Irán mantenga la capacidad de causar bajas significativas —como los recientes fallecidos en Kuwait— y resista en su laberinto de túneles, la paciencia histórica de una civilización antigua parece estar ganando la partida contra la urgencia electoral del casino de Washington.
La fractura de la coalición
Mientras tanto, el conflicto está generando grietas en el sistema de alianzas que sostenía la estrategia estadounidense.
Las monarquías del Golfo operan bajo un contrato social muy simple: seguridad a cambio de estabilidad económica.
Ese contrato empieza a resquebrajarse.
Aeropuertos en Dubái y Abu Dabi han tenido que suspender operaciones. Infraestructuras energéticas han sido atacadas. El seguro de los petroleros se ha disparado.
Cuando el dinero deja de fluir, la lealtad geopolítica se evapora con rapidez.
Para un jeque del Golfo, un Irán intacto y funcional con el que sea posible negociar bajo cuerda siempre será preferible a un Estado colapsado que incendie toda la región. Sin embargo, la estrategia de "descabezamiento" ejecutada por la administración estadounidense ha generado un vacío diplomático absoluto: al eliminar a la cúpula dirigente, Washington ha destruido también el puente de salida, dejando al sistema sin interlocutores válidos con quienes pactar un fin a las hostilidades.
Europa y la parálisis estratégica
Mientras el conflicto evoluciona, Europa observa con una mezcla de inquietud y cautela.
Por un lado, teme el impacto económico que un cierre prolongado del estrecho de Ormuz tendría sobre su suministro energético.
Por otro, desconfía de la imprevisibilidad estratégica de Washington.
El resultado es una forma de parálisis estratégica.
Los principales países europeos evitan implicarse directamente en una escalada militar cuyos objetivos finales no están del todo claros.
Al mismo tiempo, pocos están dispuestos a romper abiertamente con Estados Unidos.
Nadie quiere ser el primero en abandonar al aliado más poderoso del planeta.
Pero nadie quiere ser el último en hundirse con un capitán que improvisa cada movimiento.
El imperio que se apresura
El historiador Paul Kennedy describió hace décadas un fenómeno recurrente en la historia de las grandes potencias: la sobre extensión imperial.
Los imperios comienzan a debilitarse cuando sus compromisos estratégicos superan su capacidad económica.
Oswald Spengler formuló una idea similar desde una perspectiva cultural. En La decadencia de Occidente, describió las civilizaciones como organismos que atraviesan ciclos de crecimiento, madurez y agotamiento.
Roma experimentó ese fenómeno.
En sus últimos siglos todavía ganaba batallas.
Pero cada victoria costaba más dinero, más soldados y más legitimidad.
El problema no era militar.
Era estructural.
Trump anuncia un repliegue de las bases del Golfo, lo presentará como un "gesto de paz" para salvar su imagen, o culpará a los aliados árabes de ser "desagradecidos" para justificar su salida
Trump ha convertido a España en su "chivo expiatorio" europeo favorito por no querer jugar en su casino.
La tensión entre la Casa Blanca y La Moncloa ha escalado a niveles sin precedentes tras el inicio de la Operación Epic Fury,
La excusa de Trump: Ha llegado a decir que la negativa de España "pone en riesgo vidas americanas" al obligar a los aviones a dar rodeos más largos y costosos.
La "Improvisación" Amenazante: En su estilo clásico, Trump soltó hace un par de días: "Si quisiéramos usar sus bases, simplemente aterrizaríamos y las usaríamos, nadie nos lo va a impedir". Es el lenguaje del matón de casino que mencionábamos antes, ignorando la soberanía de un aliado.
La respuesta de España: "No a la Guerra"
Sánchez, por su parte, ha adoptado una postura de "autonomía estratégica". Su argumento es que no se puede ser cómplice de una intervención que considera ilegal bajo el derecho internacional. Al decir "No a la guerra", España se ha quedado sola frente a la agresividad de Trump, pero ha ganado un peso simbólico en el sector de la opinión pública que teme ese "Vietnam regional" que anteriormente describo.
Ante el fracaso Trump creará culpables por su fracaso. Si la operación en Irán no da los resultados rápidos que él esperaba, dirá que fue porque "aliados ingratos como España" le ataron las manos. Es el jugador que culpa a la mesa y al crupier porque está perdiendo sus fichas.
Es posible que esta presión de Trump logrará que otros países europeos se asusten y dejen solo a Sánchez, o crees que la postura de España podría ser la chispa que haga que Europa finalmente se plante ante las "apuestas suicidas" de Washington.
Es una lectura muy precisa de la psicología política europea. En este marzo de 2026, Europa se encuentra en una posición que podríamos llamar de "parálisis estratégica".
Los aliados europeos, no es que no quieran actuar, es que no confían en el conductor del autobús. La sombra de la primera administración Trump y su imprevisibilidad actual hacen que los líderes europeos se muevan con pies de plomo. Aquí te detallo cómo se está fragmentando ese tablero europeo frente al "casino" de Trump:
El bloque de los "Cautelosos" (Francia, Alemania, Reino Unido)
Estos tres (el llamado E3) están intentando hacer equilibrismo. Han emitido comunicados condenando la respuesta de Irán, pero se han negado a poner un solo avión o barco a disposición de la Operación Epic Fury.
El miedo al "después": Su mayor temor no es solo la guerra, sino qué pasa si Trump "rompe" Irán y luego se marcha, dejando a Europa con una crisis de refugiados masiva y un mercado energético destruido. Como dijiste antes, no quieren pagar la cuenta de una fiesta a la que no fueron invitados.
Los "Lacayos" por necesidad (Bálticos y Polonia)
Algunos países actúan como lacayos. Países como Lituania o Polonia tienden a apoyar a Trump de forma más vocal, pero no por Irán, sino por Ucrania.
Si no apoyan a Trump en su aventura persa, él los abandonará frente a Rusia. Es un apoyo transaccional, no emocional. Están "comprando" seguridad en el frente este con sangre (o al menos con apoyo político) en el frente sur.
El factor "Sánchez" y la resistencia del Sur
España, junto con sectores de Bélgica e Irlanda, se ha convertido en la voz de la conciencia (o de la discordia, según Trump). Al prohibir el uso de bases para ataques ofensivos, España ha forzado a la UE a debatir sobre la legalidad internacional.
Trump ve esto como una traición, pero para muchos europeos, Sánchez está diciendo en voz alta lo que ellos solo se atreven a susurrar en los pasillos de Bruselas: que esta guerra no tiene un objetivo claro de "final de juego".
El tablero versus el casino
Irán no necesita derrotar militarmente a Estados Unidos para alcanzar su objetivo estratégico.
Le basta con seguir existiendo.
Si después de bombardeos, sanciones y amenazas el sistema político iraní continúa en pie, la narrativa de una victoria estadounidense se vuelve cada vez más difícil de sostener. Ese es el verdadero dilema de este conflicto.
No se trata simplemente de quién tiene más misiles o más aviones.
Se trata de quién entiende mejor el tiempo de la historia.
Por eso, en última instancia, este conflicto no se decide únicamente en el campo de batalla. Se decide en el terreno del tiempo.
Las grandes potencias modernas suelen pensar en ciclos políticos cortos.
Las civilizaciones antiguas, en cambio, piensan en generaciones.
Esa diferencia temporal cambia completamente las reglas del juego.
Los imperios pueden ganar muchas manos en el casino.
Pero las civilizaciones antiguas rara vez juegan a ese juego.
Prefieren el ajedrez.
Y en el ajedrez, la partida más importante casi nunca se decide en la primera jugada. A veces se gana simplemente permaneciendo en el tablero.
Las democracias modernas suelen pensar en elecciones.
Las civilizaciones antiguas piensan en generaciones.
Y en las guerras largas, casi siempre vence quien entiende mejor el tiempo.
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