Para desarrollar apropiadamente el asunto del artículo refiero algunos hechos históricos. En 1924 desocuparon el país las tropas de la primera intervención americana de 1916 aquí. Para que fueran los dominicanos que gobernaran la nación se celebraron elecciones, ganadas por Horacio Vásquez. Siendo presidente Vásquez nombró a Trujillo brigadier comandante en jefe del Ejército. Empero, Trujillo, ansioso de ser presidente, urdió deslealmente una conjura para derrocar al envejecido y enfermizo Vásquez quien, al enterarse de esa conspiración, llamó la atención a Trujillo personalmente y Trujillo en un súbito histrionismo se arrodilló a los pies de Vásquez y le juró total e incondicional lealtad. Todo fue simulación, Trujillo continuó conspirando culminando en febrero 23, 1930 difundiéndose una proclama llamando al pueblo a participar en una marcha hacia Santo Domingo pidiendo la renuncia de Vásquez, partiendo desde la fortaleza San Luis de Santiago. Inicialmente se congregaron pocos cientos de personas, pero mientras la marcha avanzaba y atravesaba ciudades ubicadas en el trayecto que une a Santiago con Santo Domingo se iban uniendo miles de ciudadanos hasta convertirla en una oleada humana. Al llegar a Santo Domingo, la marcha era una masa multitudinaria superior a cualquier otro conglomerado de personas en toda la historia del país. Ante esa extraordinaria manifestación de repudio a su gobierno, primeramente Vázquez se refugió en una embajada y luego se marchó al exilio. Con esa situación anómala se creó un vacío de poder, el cual ocuparon Trujillo y sus seguidores, incluyendo al tribuno Rafael Estrella Ureña. Resumiendo, Trujillo alcanzó el poder de manera deleznable, usando instrumentos abyectos, como la deslealtad y simulación, las cuales continuó aplicando y gobernando según se refiere en “La Palabra Encadenada” su autor, Joaquín Balaguer se explaya expresando lo siguiente; “Sus simulaciones eran muchas veces cínicas. Cuando las hermanas Mirabal fueron asesinadas y se hizo pública la especie de que habían perecido en un accidente en la carretera Luperón, Trujillo llamó a su residencia de Fundación al mayor Cándido Torres, encargado en esos momentos de los Servicios de Seguridad “¿Qué hay de nuevo?”, le preguntó con aire despreocupado. Cuando el interpelado empezaba a informarle sobre las últimas novedades del departamento a su cargo, Trujillo lo interrumpió para decirle: “¿Y no sabe usted que las hermanas Mirabal han sufrido un accidente y que es posible que ese crimen se achaque al Servicio de Inteligencia, como ocurre cada vez que muere alguien señalado por el rumor público como enemigo del Gobierno? Váyase seguido y adopte las medidas que sean de lugar para que ese acontecimiento casual no se tome como pretexto para un escándalo”. El mayor Torres salió de allí confundido. La muerte de las hermanas Mirabal había sido largamente elaborada. La orden había llegado hasta el Servicio de Seguridad, pero los mismos sabuesos que se habían formado en esa escuela de crímenes habían retrocedido ante esa monstruosidad. Johnny Abbes García, cerebro diabólico que introdujo en el presidio de “La Cuarenta” los sistemas de tortura más odiosos, escurrió el bulto a semejante iniquidad y precipitó con ese fin el viaje que hizo a fines de 1960 a Checoeslovaquia y otros países situados tras la Cortina de Hierro. El secretario de las Fuerzas Armadas, general José René Román Fernández, a través de quien fue transmitida la orden, tuvo que hacer uso de toda su autoridad para que se cumpliera el hecho horrendo.” Una vez consumada la iniquidad, sin duda el más repugnante de los crímenes realizados durante la Era de Trujillo el responsable del hecho se presentaba ante sus propios esbirros como un ser inocente que había sido abrumado por la noticia. Días después, pasando frente al precipicio en que las tres hermanas fueron victimadas, Trujillo hizo detener su automóvil para decir a su acompañante, Virgilio Álvarez Pina: “Aquí fue donde murieron las hermanas Mirabal. Que Dios las tenga en Gloria.”
El engaño y la simulación de Trujillo no pudieron ocultar la forma en que la ciudadanía percibió la realidad del pérfido asesinato de las Mirabal siendo esa sevicia el hecho que marcó el principio del fin de la tiranía. Trujillo fue un resentido que decidió vengarse de los desprecios que le infligieron rechazando su solicitud de ser miembro del Club Social del Seybo y el Club Unión Capitalino.
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