Los tiempos cambian y con ellos el modo de enfrentar los retos que la vida nos trae. Una realidad distinta obliga a rehacer los pasos, pues si se repiten viejos esquemas de trabajo el agua se estanca y no mueve molino. En uno de los muchos diálogos que sostenemos con los amigos, con un compañero ocasional de viaje, ya sea en el mercado, en el metro o bien en cualquiera de esas conversaciones que sostenemos al azar nos pueden llegar señales, marcarnos un sendero nuevo y hasta expresar una crítica atinada que nos lleve a levantar los pies. Muchas veces nos cuestionamos para qué sirve la cultura, qué podemos hacer con la poesía y me gustaría responder a dicha interrogante con palabras de Josep Massot: "Quien sabe leer a Lorca o a Dante sabe cuándo le están vendiendo una mentira, porque sus oídos están entrenados para detectar la madera podrida en el lenguaje".-

Todos y cada uno de nosotros nos sentimos, en cierta forma, compelidos a mirar nuestra imagen en el espejo y reconocer en qué fallamos si queremos producir una ruptura con el pasado inmediato. Para llevar a cabo tal propósito es indudable que tenemos la obligación de ser rigurosos, objetivos y honestos en nuestra percepción de la realidad y, a pesar de ello, evitar tal ejercicio de franqueza es un mal aún muy presente en casi todas las organizaciones políticas de la República Dominicana. Para ser sinceros, debemos reconocer que el afán por ser vanguardia de muchos de nuestros dirigentes y que su deseo de ocupar el primer plano en el centro de la cámara les hace olvidar a menudo la necesidad de dotar de auténtico sentido el servicio desinteresado que ha de prestarse a los ciudadanos y al país que se aspira gobernar.

Cuando nos vemos obligados a tocar llagas ha de ser con entereza y sin el menor eufemismo si queremos hacer bien las cosas y que nuestra labor surta el oportuno efecto en el cuidado de la herida. Esta práctica tan común de buscar protagonismo a la que acabo de aludir, se hace incluso más evidente en asambleas internas o en reuniones de organismos de dirección. No bien se ha alcanzado el poder algunos manifiestan sin el menor pudor, un ego desmedido y su nombre llega a alcanzar una importancia muy por encima del puesto que ocupan. Se sobredimensiona así el cargo a propia voluntad intentando obtener de este, por modesto que sea, la mayor rentabilidad posible. Dicha práctica, tan extendida como dañina, si no se puede extirpar del todo, al  menos se debería intentar graduar su tono.

Pero seamos un poco más concretos y más gráficos si cabe a la hora de señalar el "cuerpo del delito". En toda comunidad existen y son conocidos por todos, dirigentes que más que comportarse de tal modo que los objetivos comunes de la misma sean el norte de todo su accionar, se transforman a sí mismos en epicentro del mundo. Son individuos que nos hacen recordar a ese personaje de tira cómica mexicano llamado Aniceto.

Claudia Sheinbaum y Angela Merkel, otra manera de hacer política

Con su barriga desproporcionada y el botón de la camisa siempre abierto, mostraba a todos su ombligo insolente. Por desgracia hoy en día tenemos demasiados Anicetos en los partidos políticos y deberíamos ser más conscientes de que es necesario volver a un tiempo en el que el hecho de dedicarse a hacer política se regía por una vocación, al menos en ciertos casos, de servicio altruista. Y esto es pura necesidad si queremos invocar a aquellos que fueron paradigma y mentores de valor que guiaron nuestros pasos. No estoy apelando a una quimera ni a un modo de hacer política propia de un soñador. En toda actividad humana cuecen habas y debemos probar el guiso de sabor amargo en paladar propio, pero esto no está reñido con el hecho de enfatizar que hemos de poner empeño en proclamar que el objetivo debe ser, antes  que cualquier otra cuestión, alcanzar el bien común. Exigir que aquellos que tienen el ombligo muy grande lo releguen a segundo plano, ya que algunos hablan más a partir de sí mismos y desde las prebendas que otorga el cargo, que de la colectividad y el reparto de bienes y servicios para todos.

El mundo en el que vivimos -donde el selfie es una marca personal practicada hasta en los baños de cualquier establecimiento comercial para luego compartirlo en redes- nos habla acerca de cómo han cambiado las estructuras y los motivos de la sociedad líquida, como diría Zygmunt Bauman. El individualismo ha drenado nuestra capacidad de pensar en el otro generando al mismo tiempo arrogancia, prepotencia y una, cada vez mayor, falta de empatía. Nos creemos, en algunos casos, superiores a la propia organización que representamos y en la medida en que esto no se controle de modo decidido ni se evidencie con la fuerza necesaria, seguirá creando una distorsión en la imagen de aquellos que así actúan.

He observado, en estos últimos meses, el modo de ejercer el poder de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum y admiro profundamente ver cómo a una persona que ocupa su cargo no se le ha subido este a la cabeza, no ha titubeado su modestia ni la firmeza con la que cada día se presenta ante un auditorio en el que es interpelada y se le piden cuentas por la responsabilidad que tiene en las manos. Parece ser que llevar a cabo con entereza y enorme dignidad su labor política, como máxima responsable de su país, no entra en contradicción con su vida cotidiana y personal. La veo reír, supongo en ocasiones que lo hace hasta de ella misma, dando a entender que es un ser humano falible, una persona que no se contempla en posición de superioridad ni por encima del bien y del mal. Y esa manera de ser es lo que yo llamo a reproducir, a replicar en instancias más pequeñas de los partidos políticos. Es de sobra conocido el hecho de que, a determinado tipo de personas, los cargos les transforman y en vez de hacerles bien, provocan en ellos un daño profundo e irreversible. El culto a la personalidad ha dado, a lo largo de la historia de la humanidad, grandes y pequeños emperadores. Yo pienso, es al menos mi aspiración, que deberíamos terminar cada ciclo de servicios con un pago en aplausos por los logros obtenidos para nuestra gente. Un reconocimiento público y ciudadano desde cada balcón, como esos más de diez minutos de ovación que le fue otorgada a la canciller Angela Merkel al final de su mandato en reconocimiento a su humildad y entrega a Alemania, su país.

David Pérez Núñez

Escritor

Poeta, narrador y ensayista. El autor está situado desde siempre al margen de movimientos literarios. De difícil ubicación nunca formó parte de ningún taller de literatura y poesía, no se unió a grupos ni a corriente alguna. Independiente, escritor desde la periferia, se le puede describir como un punto tangencial en el universo de las letras de su país.

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