El escrito nostálgico que José del Castillo Pichardo dedica a la memoria de Wenceslao Vega Boyrie trasciende el propósito original de su autor.
Además de rendir homenaje a un jurista, historiador y ciudadano distinguido, reconstruye el mapa humano de una generación de la vida pública dominicana: abogados, economistas, empresarios, intelectuales, profesores universitarios, historiadores, escritores, diplomáticos y dirigentes políticos de reconocido prestigio.
Leído desde otra perspectiva, ese inventario permite formular una pregunta histórica: ¿por qué tantos hombres y mujeres con educación, influencia social, vínculos institucionales y capacidad intelectual no lograron convertirse en una alternativa política duradera frente a Joaquín Balaguer y Juan Bosch?
La respuesta no implica negar sus méritos ni afirmar que Balaguer y Bosch representaran mejores ideas en todos los terrenos.
Su derrota fue política e histórica: el prestigio social e intelectual no se transformó de manera estable en liderazgo partidario, organización electoral, identidad colectiva y capacidad de movilización.
Mientras esas élites influían desde instituciones, círculos profesionales, universidades, fundaciones y espacios de opinión, Balaguer y Bosch construían fuerzas políticas capaces de convertir sus visiones en votos y lealtades.
La República de las tertulias.
El artículo de José del Castillo recrea admirablemente aquel mundo.
Por sus recuerdos desfilan figuras de la política, la intelectualidad, la universidad, las profesiones liberales y el empresariado dominicano.
Aparecen Hugo Tolentino Dipp, Juan Bolívar Díaz, Milagros Ortiz Bosch, Manuel Cocco, Eduardo García Michel, Bernardo Vega, Frank Moya Pons, Tirso Mejía Ricart, Wenceslao Vega y José Augusto Vega Imbert, entre otros.
Era una notable concentración de inteligencia, formación académica, relaciones sociales e influencia pública.
Alrededor de esos ambientes funcionaban tertulias, fundaciones, universidades, organizaciones profesionales y grupos de reflexión que aspiraban legítimamente a influir sobre el rumbo político e institucional del país.
Pero la política democrática tiene una peculiaridad que muchas veces desconcierta a las élites: los votos no se cuentan en las tertulias.
Se cuentan en comunidades concretas, mediante organizaciones capaces de convertir una visión política en identidad y movilización.
Y cuando llegó la hora de contarlos, una y otra vez aparecieron dos hombres que muchos de aquellos sectores consideraban pertenecientes al pasado: Joaquín Balaguer y Juan Bosch.
Dos formas de construir mayoría.
Balaguer y Bosch fueron adversarios profundos. Representaron concepciones distintas del Estado, la democracia, el desarrollo y la sociedad dominicana.
Sin embargo, compartieron una capacidad decisiva: supieron convertir su relación con el pueblo en una forma de poder organizado.
No se limitaron a influir sobre la opinión pública. Construyeron identidades políticas, partidos, símbolos, redes de apoyo y lenguajes capaces de sobrevivir a coyunturas específicas.
Las élites descritas por Del Castillo podían poseer mayor preparación académica, refinamiento intelectual o cercanía con los centros de decisión.
Pero Balaguer y Bosch contaban con una capacidad más difícil de sustituir: hablaban en códigos comprensibles para amplios sectores de la población y habían creado instrumentos para transformar esa comunicación en fuerza electoral.
Balaguer entendía al país profundo.
Joaquín Balaguer poseía una característica que sus adversarios frecuentemente subestimaron: conocía profundamente la psicología política dominicana.
Era un intelectual de extraordinaria cultura y uno de los políticos dominicanos de mayor formación humanística del siglo XX. Pero cuando hacía política no hablaba fundamentalmente para los intelectuales.
Hablaba para el campesino, la mujer pobre, el empleado público, el pequeño comerciante, el hombre del barrio y la provincia olvidada. Hablaba también para quienes esperaban una carretera, una escuela, un hospital, una vivienda, un empleo o simplemente una oportunidad.
Mientras determinados círculos urbanos discutían modelos institucionales, modernización democrática, encuestas y propuestas programáticas, Balaguer se dirigía a una sociedad que no participaba en esos debates, pero que sí participaba en las elecciones.
Comprendió que, en una sociedad marcada por profundas desigualdades, la política no se construye solamente mediante ideas. También intervienen los símbolos, las relaciones personales, la presencia estatal, la autoridad y las expectativas de protección. Esa combinación podía ser criticada desde una perspectiva democrática o institucional, pero resultaba eficaz para producir identificación y lealtad.
Por eso tantas veces fue subestimado y por eso tantas veces regresó.
Bosch comprendía otra dimensión del mismo pueblo.
Juan Bosch era completamente diferente de Balaguer, pero compartía con él una cualidad fundamental: podía comunicarse directamente con las masas.
Podía explicar capitalismo, oligarquía, democracia, dictadura, imperialismo, clases sociales o historia dominicana utilizando palabras que entendía un campesino de La Vega, un obrero de Santo Domingo o un vendedor de cualquier mercado del país.
Esa capacidad pedagógica fue una de las fuentes de su poder. Cuando hablaba por radio o televisión, tomaba cuestiones complejas y las convertía en relatos comprensibles. Su lenguaje no era solo una herramienta de comunicación: también formaba políticamente y creaba identidad colectiva.
Más tarde, al fundar el Partido de la Liberación Dominicana, añadió a esa capacidad pedagógica una estructura disciplinada, basada en organismos de base, círculos de estudio y formación política.
Balaguer y Bosch fueron adversarios durante décadas, pero ambos comprendieron que la mayoría no se moviliza únicamente por argumentos. También lo hace por confianza, pertenencia, memoria, esperanza y reconocimiento.
El experimento de Salvador Jorge Blanco.
El artículo de José del Castillo dedica especial atención a la candidatura presidencial de Salvador Jorge Blanco.
Alrededor de Jorge Blanco se articuló una importante coalición de profesionales, empresarios, académicos, dirigentes políticos y sectores modernizadores. Se hicieron estudios electorales, se analizaron mesas de votación, se utilizaron encuestas y se diseñaron campañas publicitarias. Todo parecía anunciar una nueva etapa de modernización política.
Salvador Jorge Blanco ganó las elecciones de 1982. Pero aquella victoria no significaba que esa élite hubiese sustituido a las grandes culturas políticas construidas por Bosch y Balaguer.
Jorge Blanco llegó al poder dentro del Partido Revolucionario Dominicano, el instrumento político que había construido Juan Bosch y que posteriormente José Francisco Peña Gómez convirtió en una poderosa organización popular. La coalición profesional y modernizadora podía aportar conocimientos, recursos, propuestas y legitimidad pública, pero la victoria dependía de una identidad partidaria y de una estructura que ya tenían raíces profundas.
El caso de 1982 mostró la diferencia entre una coalición electoral y una hegemonía política.
1986: el regreso de Balaguer.
Cuatro años después llegó la prueba.
En 1986 Joaquín Balaguer regresó al poder. Tenía 79 años. Había perdido el gobierno en 1978 y el PRD había gobernado durante ocho años. Una nueva generación de técnicos, empresarios, profesionales e intelectuales parecía destinada a conducir definitivamente el país hacia otra etapa.
Muchos consideraban políticamente terminado a Balaguer.
Pero volvió.
Conservaba una relación directa con amplios sectores populares, una memoria de gobierno y una imagen de autoridad y protección.
Su regreso demostró que los espacios institucionales conquistados por las élites no equivalían a una mayoría política estable.
El hombre al que muchos consideraban perteneciente al pasado regresaba al Palacio Nacional y permanecería allí otros diez años.
Peña Gómez con los adversarios de Bosch y Balaguer.
José Francisco Peña Gómez fue uno de los dirigentes populares más poderosos de la República Dominicana en el siglo XX. Poseía liderazgo propio, extraordinaria capacidad oratoria, vínculos internacionales, una formidable organización partidaria y una profunda identificación con amplios sectores populares.
Reducirlo a instrumento de otros sería históricamente injusto. Sin embargo, alrededor de su liderazgo se agruparon sectores cuyos objetivos no coincidían necesariamente con el proyecto histórico de Peña Gómez.
Para unos, Peña era el líder del PRD y la posibilidad de conquistar el poder. Para otros, representaba la fuerza electoral capaz de desplazar definitivamente a Balaguer.
Y para determinados antiguos compañeros, críticos y adversarios de Juan Bosch, su liderazgo ofrecía la oportunidad de demostrar que el viejo profesor y el PLD pertenecían al pasado.
Se produjo así una convergencia singular. Sectores enfrentados a Balaguer encontraron en Peña Gómez la fuerza necesaria para combatir al balaguerismo, mientras sectores distanciados de Bosch hallaron en el PRD un espacio desde el cual enfrentar al fundador del partido.
Puede afirmarse, en ese sentido, que enemigos de Bosch y Balaguer intentaron utilizar el liderazgo de Peña Gómez para librar simultáneamente sus propias batallas contra ambos líderes.
No crearon a Peña Gómez ni le regalaron su liderazgo. Intentaron aprovechar una fuerza que ya existía. La dificultad consistía en convertir esa fuerza en una mayoría capaz de superar la memoria política de Balaguer, la organización construida por Bosch y las divisiones internas del sistema partidario.
Bosch construyó desde abajo.
Después de abandonar el PRD en 1973, Juan Bosch fundó el Partido de la Liberación Dominicana prácticamente desde cero.
Construyó un partido de cuadros, organismos de base, círculos de estudio, disciplina y formación política. Durante años sus resultados electorales fueron modestos y muchos consideraron terminado a Bosch. Pero el PLD continuó creciendo hasta convertirse en una de las grandes fuerzas nacionales.
La diferencia no consistía únicamente en sus ideas o en su capacidad intelectual. Bosch convirtió su visión política en una organización con mecanismos de reproducción interna, formación de dirigentes y presencia nacional.
Esa construcción sería decisiva en 1996.
De 1986 a 1996:
Entre esas dos fechas se desarrolló una década decisiva de la política dominicana.
En 1986 Balaguer regresó personalmente al poder. En 1996, ya al final de sus carreras políticas, él y Bosch condicionaron la transferencia del poder hacia una nueva generación.
De 1986 a 1996, los hombres que muchos consideraban pertenecientes al pasado terminaron decidiendo el futuro.
No fue solo una cuestión de superioridad personal. También influyeron las estructuras partidarias que habían creado, la fragmentación de sus adversarios, la persistencia de identidades políticas construidas durante décadas y la incapacidad de las élites modernizadoras para articular una alternativa que combinara competencia técnica con arraigo electoral.
1996: la paradoja final.
José Francisco Peña Gómez llegó a las elecciones de 1996 convertido en una formidable fuerza electoral. Ganó la primera vuelta, pero no alcanzó la mayoría absoluta requerida para obtener la Presidencia.
Entonces Joaquín Balaguer respaldó en la segunda vuelta a Leonel Fernández, candidato del Partido de la Liberación Dominicana fundado por Juan Bosch.
Surgió el Frente Patriótico.
Bosch había construido el instrumento político y Balaguer aportó una parte decisiva de los votos necesarios para la segunda vuelta. Leonel Fernández recibió la Presidencia y Peña Gómez quedó derrotado.
La ironía histórica resulta evidente. Durante años, sectores adversarios de Balaguer habían encontrado en Peña Gómez la fuerza capaz de terminar con el balaguerismo. Otros habían visto en él la posibilidad de demostrar que Bosch había perdido definitivamente la batalla política.
Pero en 1996 las fuerzas históricas construidas alrededor de Bosch y Balaguer convergieron frente a Peña Gómez.
La derrota no fue simplemente la victoria de dos caudillos sobre una élite. Fue el resultado de la fuerza electoral propia de Peña, la regla de la segunda vuelta, la decisión estratégica de Balaguer, la organización acumulada por el PLD y la capacidad de Bosch para convertir una derrota histórica en una alternativa de poder.
Prestigio no significa representación.
Una persona puede poseer enorme prestigio profesional y ninguna capacidad electoral. Puede dirigir una universidad, una academia, una fundación o una institución empresarial sin comprender cómo piensa un elector pobre. Puede formular diagnósticos acertados y, sin embargo, carecer de los medios para organizar voluntades.
La lección no consiste en despreciar el conocimiento, las instituciones o la formación académica. Una democracia necesita intelectuales, profesionales, universidades, medios de comunicación, organizaciones civiles y sectores empresariales.
El problema aparece cuando esos recursos se confunden con representación popular.
La influencia social no equivale a mayoría electoral. La autoridad intelectual no equivale a liderazgo partidario. La capacidad de formular propuestas no equivale a la capacidad de convertirlas en lealtades políticas.
Balaguer y Bosch conocían esa diferencia. Por eso sobrevivieron políticamente a generaciones enteras de adversarios.
Los derrotados:
Cuando José del Castillo enumera con afecto aquella constelación de personalidades, reconstruye una parte importante de nuestra historia contemporánea. Pero esa misma fotografía permite observar los límites políticos de aquella generación.
Muchos de sus integrantes creyeron representar la modernización inevitable de la República Dominicana y consideraron superados a Balaguer y Bosch. La historia demostró que ambos conservaban una capacidad de organización y movilización que sus adversarios no lograron sustituir.
Balaguer regresó al poder en 1986 y permaneció hasta 1996. Bosch, aunque nunca volvió personalmente a la Presidencia después de 1963, construyó el partido que alcanzó el poder en 1996 y dominó buena parte de la política dominicana durante las siguientes dos décadas.
Uno construyó una maquinaria política resistente alrededor de su liderazgo. El otro creó una organización destinada a sobrevivir a su fundador.
La fotografía que dejó José del Castillo.
El artículo de José del Castillo resulta interesante porque, al escribir sobre Wenceslao Vega y sobre una generación de amigos, intelectuales, profesionales y ciudadanos distinguidos, ofrece también la imagen de una élite con influencia, educación, relaciones, instituciones y prestigio, pero sin una alternativa política capaz de desplazar las estructuras partidarias y las identidades construidas por Balaguer y Bosch.
Aquellos hombres podían ser criticados, abandonados o declarados políticamente muertos. Sin embargo, habían creado instrumentos para hablarle al país, organizarlo y movilizarlo.
La conclusión no exige convertir a aquella generación en una caricatura. Sus méritos, talentos y aportes forman parte de la historia dominicana. Pero su derrota política se explica porque no logró transformar su prestigio social e intelectual en una organización popular, una identidad colectiva y una relación electoral duradera comparables a las construidas por Balaguer y Bosch.
Esa es la leyenda políticamente incómoda que puede colocarse debajo de aquella fotografía colectiva:
Estos fueron los derrotados por Joaquín Balaguer y Juan Bosch.
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