No importa su naturaleza: político, social, religioso, como, incluso, institucional, el poder siempre es efímero. Lo experimentamos como algo propio mientras lo tenemos cerca. Y como el agua, se escurre entre los dedos. Puede estar en tus manos hoy, pero mañana, puede estar en otras manos que ni tú mismo te lo esperaba. Y que bueno, no es eterno.
Cambia de manos, como puede cambiar de forma y hasta de significado, también incluso, de sentido. La historia de los pueblos, como de las instituciones, está lleno de estos cambios. En muchas ocasiones no podemos ni imaginarlos; y como todo en la vida, cumple su tiempo, y te abandona. Y vivirás, “la soledad del poder”.
Y es que el poder, como muchas otras cosas de la vida, depende de nuestras percepciones, de las circunstancias, como de las relaciones sociales. Todas ellas son cosas pasajeras. Hay quienes, sin siquiera desearlo o esperarlo, se encuentran con él en sus vidas. Pero, de igual manera, pueden perderlo en un instante.
El poder opera en todas las relaciones sociales, desde las relaciones de parejas, de padres e hijos, sacerdotes y feligreses, maestros y alumnos, empresarios, empleados y obreros, dirigentes políticos y correligionarios, ninguna relación se escapa de él. Unos ejercen su poder sobre los otros.
En general, quien lo posee cree permitirse imponer su voluntad a los demás, que no fuere que quienes lo padecen decidan poner término a dicha relación rebelándose y disputarlo de la manera que fuere: mediante la sola negación y desobediencia, la ruptura, tomando distancia, boicoteando procesos, sacándolo del poder como fuere.
Para Martín-Baró, en su obra Sistema, grupo y poder, “uno de los aspectos más importantes del poder, reside en su tendencia a ocultarse, incluso a negarse como tal, es decir, como poder, y a presentarse como exigencia natural o razón social”. Se pretende de esa manera justificarlo como algo natural en sí mismo.
En su obra El político: radiografía íntima, de mi estimado maestro de psicología Leonte Brea, dice: “Lo cierto es que determinados sujetos muestran más deseo de poder que otros; que cuando conjugan este rasgo con otras características, les denominan políticos, héroes, dignatarios y príncipes.”
Por su ejercicio exitoso del poder, sigue diciendo el maestro, estos “son percibidos como semidioses, logrando, de esa manera, la admiración de aquellos que al percibirlos fuertes, valientes, poderosos y exitosos, se cobijan bajo sus alas para lograr protección, seguridad, bienes materiales y sentimiento de orgullo”.
La pérdida del sentido de realidad se hace patente hasta qué esa misma realidad les recuerda lo efímero del poder. Los ejemplos sobran.
Históricamente el poder ha estado muy vinculado al sexo, pero no principal ni fundamentalmente por las relaciones íntimas que ello supone, sino de cómo las personas negocian influencias, así como el deseo y el control, la vulnerabilidad con que hace presa a otros para sus propósitos. Éste será tema para otra ocasión.
Todo esto debería llevarnos a reflexionar de que lo importante del poder no es tenerlo o poseerlo, sino más bien, el sentido de su ejercicio; que hago con él, cuáles acciones emprendo que tengan importancia y significado para quienes son el objeto directo del ejercicio de dicho poder. El poder al servicio del bienestar de todos.
Hacer conciencia de los efímero del poder ofrece la posibilidad de ser más libre, estar menos obsesionado con su ejercicio de control y más consciente de su responsabilidad, permitiéndose, de esa manera, el espacio para la integridad, la confianza, el respeto al otro, como la humildad, incluso.
En muchas ocasiones he escuchado el slogan “el poder es para usarlo”. Desposeído de principios fundamentales que guían su accionar, lo convierte en un verdadero peligro, pues, como ya hemos vivido y seguimos viviendo, despoja a quién de esa manera piensa, de su responsabilidad frente a quienes le delegaron el poder.
Asumir el poder desde su efimeridad, de su brevedad, quizás nos haga menos vulnerables a sus influjos de generar ceguera selectiva y, por tanto, nos haga más libres y responsables de su ejercicio en el tiempo en que perdure.
Concluyo con una frase de Erich Fromm de su libro El Miedo a la Libertad, quien desde un punto de visto psicológico señala: “… el deseo de poder no se arraiga en la fuerza sino en la debilidad”, y así, un yo débil incapaz de mantenerse solo, solo encuentra en el poder la fuerza de la que interiormente carece.
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