Hay obras que nunca se inauguran.

No tienen placa conmemorativa, cinta que cortar ni fotografía aérea que permita apreciar su tamaño. Algunas tardan muchos años en construirse, necesitan mantenimiento permanente y pueden deteriorarse con sorprendente rapidez.

La confianza es una de ellas.

Esta semana, mientras Santiago de los Caballeros recibe el 41.º período de sesiones de la CEPAL, me llamó la atención una valoración hecha por el secretario ejecutivo del organismo. Al referirse a la República Dominicana, destacó su capacidad para convocar gobiernos y distintos sectores, propiciar conversaciones y contribuir a la búsqueda de respuestas conjuntas para los problemas de la región. Nuestro país, además, asumirá durante los próximos dos años la presidencia de la Comisión.

Es fácil fijarse en el acontecimiento visible: delegaciones internacionales, ministros, salones de reuniones, hoteles, transporte, seguridad y toda la infraestructura que permite organizar en Santiago un encuentro regional de esa importancia.

Hace apenas unas semanas hablábamos precisamente de cómo aeropuertos, hoteles y centros de convenciones pueden añadir otra dimensión a la capacidad dominicana de recibir al mundo.

Pero detrás de todo eso existe otra infraestructura que no se compra instalando equipos ni se termina cuando concluye una obra civil.

Para convocar hay que ser creíble.

Para que otros acepten sentarse alrededor de una mesa hace falta algo más que disponer de buenas sillas.

Y para que una conversación produzca algún resultado, las partes tienen que confiar suficientemente unas en otras, o por lo menos en quien las convoca, para asumir el riesgo de hablar.

La confianza no aparece de repente.

Se acumula.

Puede comenzar con algo tan sencillo como cumplir una promesa pequeña. Después otra. Respetar un acuerdo aunque las circunstancias hayan cambiado. Escuchar a quien sostiene una posición diferente sin convertir inmediatamente la diferencia en enemistad. Reconocer cuándo la propuesta del otro contiene algo útil. Cumplir aquello que uno aceptó hacer cuando desaparecen las cámaras y ya nadie recuerda la reunión.

Poco a poco se construye una reputación.

Y las reputaciones, igual que las carreteras, sirven para llegar a lugares donde antes resultaba más difícil llegar.

Esta misma semana tuvimos otro ejemplo, mucho menos vistoso que una reunión internacional.

El Comité Nacional de Salarios aprobó un aumento de 25 por ciento para los operadores de maquinaria pesada del área agrícola. La cifra es importante para quienes realizan ese trabajo y para quienes los emplean. Pero me interesa aquí algo distinto: el acuerdo fue alcanzado entre representantes de los trabajadores, los empleadores y el Estado. Cada parte llegó a la mesa con intereses propios y el resultado terminó estableciendo una solución común.

No hubo puente que inaugurar.

No se abrió un nuevo aeropuerto.

Pero ocurrió algo que también necesita una sociedad que quiere progresar: personas con intereses distintos encontraron una manera de ponerse de acuerdo sobre una responsabilidad concreta.

Eso también es infraestructura.

Estamos acostumbrados a medir el desarrollo por aquello que podemos contar, pesar, fotografiar o colocar en una estadística. Cuántos kilómetros de carretera construimos, cuántas habitaciones hoteleras tenemos, cuántos pasajeros llegaron por nuestros aeropuertos, cuánto creció la economía o cuánto aumentaron las exportaciones.

Debemos medir todo eso.

Pero una sociedad funciona también gracias a cosas que no siempre sabemos medir bien.

¿Cuánto vale que un empresario crea que un contrato será respetado?

¿Cuánto vale que un trabajador acepte negociar porque piensa que su voz será escuchada?

¿Cuánto vale que una oposición política pueda disentir de un gobierno sin poner en duda la existencia del país común?

¿Cuánto vale que una comunidad crea que vale la pena participar en una reunión porque alguna de las decisiones acordadas anteriormente terminó cumpliéndose?

No conozco una unidad de medida para esas cosas.

Sin embargo, sabemos perfectamente cuándo empiezan a faltar.

Una carretera deteriorada se ve.

La confianza deteriorada suele descubrirse demasiado tarde.

Se nota cuando nadie quiere sentarse con nadie. Cuando cualquier iniciativa es juzgada primero por quién la propone y después, si acaso, por lo que propone. Cuando los acuerdos duran mientras permanecen las personas que los firmaron. Cuando cada nuevo gobierno siente la necesidad de comenzar otra vez y cada sector intenta resolver por su cuenta problemas que solamente podrían solucionarse trabajando con otros.

Entonces aparecen los costos.

Proyectos que tardan más.

Inversiones que no llegan.

Reformas que se aprueban y después se abandonan.

Conflictos que podrían haberse resuelto temprano y terminan siendo mucho más caros.

Energías que una sociedad desperdicia discutiendo otra vez aquello que creía haber resuelto.

Quizás por eso las grandes infraestructuras invisibles necesitan tanto cuidado como las visibles.

No se construyen por decreto.

Una ley puede establecer procedimientos. Una institución puede crear espacios de encuentro. Un gobierno puede convocar. Un empresario puede decidir participar y un trabajador puede aceptar negociar.

Pero después viene la parte difícil: comportarse repetidamente de una manera que haga razonable volver a confiar la próxima vez.

Durante años he observado algo semejante en muchas actividades económicas. Cuando un mercado comienza, las primeras operaciones cuestan muchísimo esfuerzo. Hay que explicar, convencer, garantizar, acompañar y resolver problemas que después parecen triviales.

Cuando suficientes personas cumplen, el mercado empieza a funcionar de otra manera.

Llega un momento en que nadie recuerda todas las conversaciones que fueron necesarias para abrirlo.

Simplemente existe.

Algo parecido ocurre con las sociedades.

Hay costumbres democráticas que hoy consideramos normales porque generaciones anteriores pagaron el precio de aprenderlas. Hay instituciones cuya utilidad solo notamos cuando dejan de funcionar. Hay acuerdos que se vuelven parte del paisaje nacional y terminamos olvidando cuánto trabajo costó alcanzarlos.

Ese olvido no siempre es malo.

A veces significa que una conquista se hizo normal.

El problema comienza cuando olvidamos que también necesita mantenimiento.

Santiago ofrece esta semana una imagen interesante. Hace poco hablábamos de gobernar ocasionalmente desde las regiones. Hoy una ciudad que durante siglos ha desempeñado papeles distintos en nuestra historia recibe delegaciones de buena parte de América Latina y el Caribe para discutir geopolítica, integración, transformación digital, producción, fiscalidad y otros desafíos regionales.

La infraestructura material hace posible el encuentro.

La otra infraestructura determinará qué sale de él.

Y ahí quizás existe una oportunidad dominicana que todavía estamos aprendiendo a reconocer.

Un país pequeño no necesita ser el más poderoso para resultar útil. Puede ser confiable. Puede aprender a convocar. Puede facilitar que otros hablen. Puede ofrecer experiencias que funcionaron, escuchar las ajenas y ayudar a encontrar terrenos donde intereses diferentes puedan coincidir sin que ninguno tenga que renunciar a ser quien es.

Eso no se consigue proclamándolo.

Se consigue practicándolo.

Dentro y fuera del país.

En una negociación salarial y en una reunión internacional.

Entre regiones.

Entre generaciones.

Entre personas que quizás nunca pensarán igual, pero necesitan hacer algunas cosas juntas.

Cuando una sociedad desarrolla esa capacidad, algo empieza a ocurrir casi sin que lo notemos: disminuye la cantidad de energía necesaria para ponerse de acuerdo sobre cada asunto nuevo.

Ya existe un camino recorrido.

Hay precedentes.

Hay memoria.

Hay personas que saben que ceder en algo no siempre significa perder y que obtener todo hoy puede ser la mejor manera de quedarse sin nada mañana.

No sé cuánto vale eso en el producto interno bruto.

Pero sospecho que una parte importante del producto interno bruto depende de ello.

Construir una carretera puede tomar cuatro años.

Construir confianza puede tomar una generación.

La carretera podrá inaugurarse.

La confianza no.

Y, sin embargo, de esa obra que nadie puede inaugurar probablemente dependa cuánto duren muchas de las demás.

Alfredo Vargas Caba

Linguista, traductor, emprendedor

Alfredo Vargas Caba es ensayista dominicano. Nació en la República Dominicana, donde cursó su formación escolar hasta el bachillerato, que completó en los Estados Unidos. Realizó estudios universitarios en Francia y residió durante alrededor de tres décadas entre Francia, Suiza y Alemania, antes de establecerse en Texas, donde reside desde hace aproximadamente veinticinco años. Su trayectoria transatlántica informa su interés por la historia comparada, las fronteras imperiales, la cultura política y la ubicación hemisférica de la República Dominicana.

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