Este porteño-español, discípulo aventajado de Gabo, publicó el pasado año sus memorias: Antes que nada. Sobre la obra, el crítico español Edu Galán ha dicho: «Ya está en el estante de libros que jamás se me van a perder en una mudanza». Acabo de leer sus 655 páginas y digo lo propio. No es una biografía cualquiera; es el relato de la intensa vida de todo un personaje a quien el escritor catalán Jorge Carrión cataloga como el escritor en español que más y mejor ha narrado, en la medida de lo posible, el mundo entero.
Ha sido galardonado con premios internacionales como el Planeta, el Herralde de Novela, el Rey de España y el Ortega y Gasset de Periodismo, entre otros. Es articulista de El País y fue colaborador de The New York Times —medio al que renunció por la censura que quisieron imponer a algunos de sus artículos—, según él mismo relata en sus memorias.
El libro es una confesión de apasionantes historias disímiles. Pero, sobre todo, es un libro conmovedor, pues su autor lo escribió en el trance final de su vida. Al revelarlo, Caparrós nos confiesa: «… decido volcarme a mi pasado cuando me dicen que no tengo futuro —y que mi presente, cada uno de mis presentes, va a ser bastante insoportable—».
El autor relata que, hasta hace apenas cuatro años, llevaba una vida normal. Un año después de haber recibido un golpe menor, le fue diagnosticada una rara y mortífera enfermedad: esclerosis lateral amiotrófica (ELA). A partir de ahí, un proceso progresivo ha ido mermando su salud y su vida.
A pesar de esto, Caparrós optó por revestirse de arrojo y embarcarse en este otro intrépido proyecto: escribir su libro número 41. Y lo hizo, según también confiesa: «Porque no quiero que al verme vean al muerto. Mientras siga vivo quiero seguir vivo». ¿Y qué mejor manera de hacerlo que sumergiéndose cada día en el oficio que le ha dado sentido a sus 68 años: escribiendo, narrando historias, haciendo crónicas de personas, lugares y temas de interés para todos; siendo coherente siempre con sus ideas, sin importar cuán irreverentes puedan parecerles a sus lectores o al público en general?
Esta obra es un fiel y prolífico reflejo de su autor, no una caricatura ni un barniz destinado a aumentar su crítica favorable y sus ventas. En sus pasajes convergen las múltiples facetas de este hombre, hoy desprovisto de pelo en la cabeza, pero dueño de un bigote de cepillo y de una mirada que taladra. En la obra, su autor nos describe al niño talentoso que fue, al amante furibundo del fútbol, al padre, al traductor, al historiador, al periodista, al cronista, al productor de radio, al actor, al director de revistas literarias o de comida, al novelista, al poeta, al periodista gráfico, al trotamundos; en fin, las múltiples vidas que ha tenido. Como Neruda, puede confesar que ha vivido.
Por eso, en la obra nos pasea por rincones insospechados de África, Asia, América, Europa y el confín del mundo, lugares en los que, en más de una ocasión, por poco pierde la vida.
Precisamente, de la obra quiero destacar algunas de las reflexiones que más me impactaron. Sus viajes por el planeta le permitieron conocer el drama y la vergüenza del hambre, y comprobar que casi mil millones de personas la padecen y que poco nos importa como mundo, pues seguimos viviendo como si nada.
Así se propuso escribir un libro exhaustivo sobre este indignante problema global. Lo terminó y, aunque algunos editores se negaron a publicarlo en principio por el tema y su extensión, una vez editado, Caparrós confiesa en sus memorias: «Nunca imaginé que iba a ser —como parece ahora— el pilar de mi obra, eso que —casi— justifica mi vida de escritor». También relata la interesante experiencia que tuvo cuando el libro fue editado en China, donde se censuró, de forma insólita, la mención que hace en la obra de los 30 a 50 millones de muertos que hubo allá durante la gran hambruna de Mao, en 1958.
Sin duda, Caparrós se forjó en una familia de izquierda y su vida, narrada en el libro, refleja su coherente compromiso con la justicia social y su reproche al capitalismo salvaje. Sin embargo, esto no lo convirtió en un pensador panfletario. Su alma y su pensamiento son muy libres y críticos, tal como se refleja en sus páginas. Por eso, en una parte de la obra desnuda el desempeño de los gobiernos de izquierda o del «socialismo del siglo XXI» de la región: «… no habían mejorado más la situación de sus pobres que los países que habían tenido gobiernos “de derecha”. No era una opinión: eran números, datos. La primera misión de la izquierda es mejorar la situación de los que tienen menos: si no lo hace, no es izquierda, sino alguna otra cosa».
En definitiva, Antes que nada es una cruda pero esperanzadora reflexión sobre el valor de la vida, esa que, en ocasiones, nos pasa desapercibida en el afán del malvivir. Me quedo con esta otra idea de Caparrós que lo sintetiza: «Recién ahora empiezo a entender —trato de convencerme— que es tan raro que lo que se lamente sea la muerte y no la vida. Digo: quien vivió, vivió, y todo se termina y es así. El problema es quien se muere sin haber vivido, y son tantos, tantos, tantos».
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