A las siete de la mañana, cuatro madres dominicanas empiezan el día en mundos muy distintos.
Greisy tiene 17 años y vive en Santiago. Prepara un biberón mientras revisa, con sueño, los mensajes de la escuela. Su hijo todavía no camina, pero ella ya aprendió a organizar la vida entre pañales, tareas pendientes, transporte público y la mirada de quienes la juzgan por haber sido madre demasiado temprano. A esa hora, muchas jóvenes de la edad de Greisy van camino al liceo pensando en exámenes, amistades o universidad. Ella también piensa en eso, pero lo hace con un niño en brazos, preguntándose si todavía podrá terminar la escuela, trabajar algún día en algo que le guste y darle a su hijo una vida distinta a la que ella ha tenido que improvisar demasiado rápido. Los únicos ingresos fijos de esta madre soltera son los 1,650 pesos que recibe del programa Supérate. Por eso, guarda en una libreta vieja los nombres que le gustan para un pequeño salón de belleza que algún día espera poder abrir.
Yiselis tiene 35 años. Vive en Gazcue, en Santo Domingo, trabaja fuera de la casa y lleva más de una hora despierta. Ya preparó desayuno, revisó uniformes, respondió un mensaje del trabajo y recordó que su madre tiene una cita médica esa tarde. Sus dos hijos están cerca, pero el tiempo siempre está lejos. Entre el empleo en el Economato de la UASD, la crianza, el cuidado de sus padres, el costo de la vida y las exigencias invisibles del hogar, su mañana empieza como la de miles de mujeres: resolviendo muchas cosas antes de que el país diga oficialmente que comenzó el día. Tiene una alarma en el celular que cada hora le dice “respira”, aunque muy pocas veces le hace caso. A veces fantasea con una mañana sin llamadas, sin listas pendientes y sin culpa; pero luego mira a sus hijos desayunar y se convence de que, de alguna manera, todavía puede con todo.
Fiordaliza tiene 43 años y vive en Guachupita, donde los atracos y robos están a la orden del día. No tiene horario fijo: vende en la calle durante el día, lava ropa ajena por las noches y cuida los hijos de su vecina los miércoles para ganar lo que pueda. Sus tres hijos vienen de tres de padres diferentes, uno de ellos de origen haitiano. “Es que ninguno servía”, suele siempre decir cuando le preguntan. A las siete de la mañana, mientras prepara un desayuno con lo que quedó del día anterior, piensa en cómo va a pagar el alquiler este mes, en si alcanzará para los útiles de la escuela de los dos hijos más pequeños, y en cómo va a hacer para que el hijo mayor pague su parte en los gastos de la casa. Como tantas madres solas en el país, ella sostiene todo sobre sus espaldas: la economía del hogar, las decisiones, el cuidado, la esperanza, que como dice el dicho “es lo último que se pierde”. Y es que Fiordaliza no se considera una víctima. Dice que ha aprendido a “buscarse la vuelta y a reírse cuando la vida se pone demasiado seria. Se sabe de memoria los precios del arroz, del aceite y de los cuadernos, pero también las canciones que le levantan el ánimo mientras lava ropa ajena.
Doña Mercedes tiene 78 años y vive en Azua. Es abuela, pero también sigue siendo madre todos los días. A las siete de la mañana toma sus medicamentos, prepara su café y espera la llamada de una de las dos hijas que viven fuera del país. Ella nunca quiso irse. ” Y a hacer qué allá”, decía. Durante años crió y cuidó a sus tres hijas; ahora comienza a necesitar que alguien la cuide a ella. A veces acompaña a un nieto a la escuela, que por suerte está a una cuadra de la casa, a veces pasa la mañana sola, y cuando una hija la llama, se endereza en la silla y dice que está bien, aunque haya pasado la noche con dolor en las rodillas. Su maternidad ya no está marcada por los partos, sino por la memoria, la dependencia creciente que ya empieza a notar. Una pregunta silenciada en el país: ¿Quién cuidará a quienes se han dedicado toda la vida a cuidar? Pero a Doña Mercedes no le gusta que le hablen como si ya no pudiera decidir. Todavía barre su frente, corrige a los nietos y recuerda con precisión quién le debe una visita.
Los nombres y situaciones anteriores son recreaciones de mujeres ficticias construidas a partir de patrones sociales y demográficos observables en el país. Las historias personales de estas cuatro mujeres representan cuatro momentos de una misma transformación demográfica. La joven madre muestra que el embarazo adolescente sigue limitando oportunidades. La madre joven trabajadora con empleo formal muestra la presión de criar, cuidar, producir ingresos y sostener el hogar al mismo tiempo. La madre soltera que aún le quedan hijas e hijos por mantener y tratar de hacer que salgan ilesos de ese barrio. Por su parte, la madre-abuela muestra el futuro que ya llegó: una sociedad donde muchas mujeres que cuidaron durante toda su vida comienzan también a necesitar cuidado. Miradas juntas, estas cuatro escenas revelan que celebrar la maternidad dominicana llama a reconocer que esta celebración de hoy ya no solo puede entenderse como un hecho familiar o sentimental, sino también como un fenómeno demográfico, económico y social.
Estas cuatro mujeres comparten una misma realidad demográfica: un país con menos nacimientos, hogares más pequeños, más mujeres trabajando, más personas mayores y una carga de cuidado en aumento que sigue descansando, en gran medida sobre los hombros femeninos, pero que va a exigir un mayor compromiso de los hombres y del Estado también. La Oficina Nacional de Estadística (ONE), a través de una serie de preguntas incluidas en módulo de Uso del Tiempo de la Encuesta Nacional de Hogares de Propósitos Múltiples de 2021 (ENHOGAR 2021), encontró que las mujeres de 15 años y más (de las cuales cerca del 78 % son madres) dedicaban en promedio 26 horas semanales al trabajo no remunerado para el hogar, y de éstas, alrededor de 15 horas correspondían al trabajo doméstico. En el caso de los hombres, el tiempo dedicado al trabajo no remunerado era cercano a 12 horas semanales.
Los rasgos demográficos de la maternidad
Este Día de las Madres, que en la República Dominicana se celebra el último domingo de mayo, invita a mirar con datos, pero también con sensibilidad cómo está cambiando la maternidad dominicana. Porque detrás de cada celebración hay una realidad demográfica. El país tiene en 2026 cerca de 3.4 millones de madres, pero sus vidas son diversas y desiguales: 68 % están casadas o unidas, 27 % separadas o divorciadas, 3% madres solteras y 1% viudas.
¿Cómo se llega a ser madre? Las encuestas realizadas en República Dominicana, desde las ENDESA (Encuesta Demográfica y de Salud) hasta la ENHOGAR 2019, muestran que la maternidad sigue siendo una experiencia casi universal entre las mujeres dominicanas. Al llegar al final del período reproductivo (alrededor de los 50 años), cerca del 95% de las mujeres ha tenido al menos un hijo o hija. A los 25-29 años, 4 de cada 5 mujeres ya son madres, y ya a los 35-39 años se llega al tope de maternidad cercano al 95%.
Pero esta realidad tiene dos matices importantes. Primero, no todas las mujeres en el país siguen el mismo proceso. Entre las mujeres sin instrucción o con muy bajo nivel educativo, particularmente aquellas con educación primaria, la maternidad comienza mucho más temprano: casi un tercio ya son madres entre los 15 y 19 años, y hacia los 45-49 años cerca del 98% ha vivido la maternidad. Entre las mujeres con educación secundaria, la maternidad empieza algo más tarde, con una reducción sustancial de la maternidad adolescente, aunque al final de la vida reproductiva alcanza valores cercanos a los observados entre las mujeres con menor nivel educativo. La mayor diferencia se observa entre las mujeres con educación universitaria, quienes postergan la maternidad, aunque aún, una alta proporción de estas llegan a ser madres a edades más tardías.
Segundo, el país, como la mayor parte del mundo, está viviendo una profunda transformación demográfica. Entre otros cambios, esta transformación se expresa en una disminución continua de la fecundidad, cercana del nivel de reemplazo de 2.1 hijas/os, y en cambios en las formas de unión y convivencia. Cada vez menos mujeres se casan o se unen, o lo hacen más tarde, lo que reduce su exposición a la maternidad y contribuye a postergar o disminuir la probabilidad de tener hijos.
Los nacimientos muestran una parte de esa transformación. En 2025, en la República Dominicana se registró 123,759 nacimientos, una cifra menor que la de años anteriores. La edad promedio de las madres al momento del parto ha ido aumentado desde 25.0 años en 2010 hasta 27.6 años en 2025, causado por una reducción de la maternidad en edades jóvenes, y por el desplazamiento gradual de la maternidad hacia edades más avanzadas. Aunque la maternidad adolescente sigue siendo una herida abierta en el país, ha habido una reducción importante y es de esperar que continúe. En 2025 se registraron 14,198 nacimientos en madres menores de 20 años, equivalentes al 12% del total nacional. Dentro de ese grupo hubo 537 nacimientos en niñas menores de 15 años. Esta cifra ha bajado de manera importante, ya que en 2013 fueron 1,621 nacimientos en menores de 15 años. Se espera su erradicación porque estos nacimientos ocurren en conflicto con la Ley.
De este modo, el país ya se mueve hacia una sociedad de familias más pequeñas, maternidades más tardías y menos nacimientos por mujer. Durante décadas, la familia dominicana funcionó bajo la idea de que siempre habría muchas mujeres disponibles para cuidar: madres, abuelas, tías, hermanas mayores, vecinas. Esa red sigue existiendo, pero está cambiando hacia redes cada vez más pequeñas. Las familias tienen menos hijos, las mujeres estudian más, trabajan más, migran más, viven más años y enfrentan mayores exigencias laborales que los hombres. Al mismo tiempo, crece el número de personas mayores que necesitarán apoyo cotidiano. El resultado es una presión creciente sobre las mismas mujeres que ya cuidan por defecto.
Por eso, en este Día de las Madres hablamos de las madres abuelas. Muchas ya criaron a sus hijos e hijas, pero siguen criando nietas/os. Algunas lo hacen porque los padres migraron, porque trabajan largas jornadas, porque una hija quedó sola, porque hay desempleo, separación o enfermedad. Otras son el sostén emocional de hogares enteros. La imagen de la abuela amorosa es real, pero a veces oculta una carga excesiva: mujeres mayores que deberían atender su saludo disfrutar su vejez, continúan cargando responsabilidades que el Estado, el mercado laboral y las familias no han logrado distribuir mejor.
También están las madres solas. Algunas lo son por separación, viudez, abandono o decisión propia. Otras están acompañadas en teoría, pero cargan solas con la crianza, las tareas domésticas, la escuela, las citas médicas, la comida, la disciplina y la preocupación constante por el futuro. En muchos hogares, las horas que trabajan las mujeres antes y después de su empleo remunerado resulta invisible. Una madre puede salir de su casa a trabajar, regresar cansada y empezar entonces la segunda jornada: cocinar, revisar tareas, bañar niños, cuidar a un adulto mayor, hacer cuentas y estar lista para repetir lo mismo al día siguiente.
El país deberá reconocer que celebrar a las madres dominicanas exige algo más que gratitud simbólica. Exige preguntarnos si el país está preparado para apoyar a quienes cuidan y para cuidar dignamente a quienes ya cuidaron. El futuro de la República Dominicana dependerá de cuántos niños nacen, pero también de cómo acompañamos a las mujeres que son madres en todas las etapas de su vida: cuando dan a luz, cuando crían, cuando trabajan, cuando cuidan y cuando envejecen.
La maternidad dominicana también debe leerse en clave de futuro. Hemos generado una proyección para la República Dominicana del número y la composición por edad de las madres en 2026 y 2030, utilizando las mejores estimaciones disponibles provenientes de la ENHOGAR 2014 y 2019[ii]. La proyección se construyó bajo el supuesto de que la proporción de mujeres que llegan a ser madres disminuirá progresivamente, especialmente entre las generaciones más jóvenes, como resultado de la caída de la fecundidad, la postergación de la maternidad y los cambios en las uniones y separaciones.
Según esta proyección, el número de madres pasaría de aproximadamente 3.4 millones en 2026 a 3.6 millones en 2030, un aumento cercano a 170 mil mujeres. Sin embargo, el cambio más importante no estaría solo en el número total, sino en la composición por edad: habría menos madres jóvenes y muchas más madres mayores. Entre 2026 y 2030, el número de madres de 15 a 34 años disminuiría en cerca de 32 mil, mientras que las madres de 60 años y más aumentarían en alrededor de 105 mil.
La República Dominicana no solo debe prepararse para que haya menos nacimientos, sino también para una sociedad con menos madres jóvenes y más madres mayores. Ese cambio modificará la familia, el cuidado, la vejez y la forma misma en que el país entiende la maternidad. El país tendrá una estructura familiar distinta a la que conocieron las generaciones anteriores. Habrá más mujeres mayores que fueron madres y que necesitarán apoyo cotidiano; habrá menos hijas/os por familia para distribuir las tareas de cuidado; y habrá más hogares donde una sola hija, una nuera, una hermana o una nieta concentre responsabilidades que antes se repartían entre familias más numerosas. En otras palabras, el país no solo tendrá que pensar en las madres que dan a luz, sino también en las madres que envejecen.
Esto significa que una política moderna de maternidad no puede limitarse al embarazo, el parto o la primera infancia. Debe incluir el ciclo completo del cuidado: prevenir el embarazo adolescente, apoyar a las madres trabajadoras, proteger a las madres solas, reconocer y apoyar a las abuelas cuidadoras y preparar al país para cuidar dignamente a las madres mayores. El gran desafío demográfico de las próximas décadas no será solo cuántos niños nacerán, sino quién cuidará, con qué recursos, con qué tiempo y en qué condiciones. Si las nuevas cohortes retrasan la maternidad, tienen menos hijos y aumenta la proporción que termina sin hijas/os, el país seguirá teniendo menos madres jóvenes, más madres envejecientes y redes familiares más pequeñas para sostener el cuidado.
Si queremos honrar de verdad a las madres, debemos construir una sociedad donde cuidar no sea una condena, donde envejecer no signifique abandono o demanda para cuidar cuando ya no tienes fuerza o simplemente quieres hacer otras cosas, donde ser madre no implique agotamiento permanente y donde aquellas mujeres que desean tener hijas/os puedan hacerlo sin sentir que están apostando solas contra el mundo.
Y hay otra realidad que también merece respeto: muchas mujeres no son madres. Algunas no lo fueron porque no tuvieron la oportunidad, porque no encontraron una pareja o porque enfrentaron problemas de fertilidad, o simplemente porque la vida tomó otro rumbo. Otras decidieron no serlo. Muchas, quizás, no se ven como madres porque sienten que la sociedad donde viven no les ofrece las mínimas condiciones necesarias para asumir la maternidad con seguridad, tiempo, apoyo y esperanza.
¿Está preparada la sociedad dominicana para dar ese doble paso? Primero, construir una sociedad en la que la maternidad no sea un lujo ni una carga, sino una experiencia posible, protegida y compatible con la vida que muchas mujeres dominicanas siguen diciendo en las encuestas que desean construir. Segundo, garantizar que los cambios demográficos no conduzcan a una vejez sin cuidado para las mujeres que dedicaron buena parte de su vida a cuidar. Greisy, Fiordaliza, Yiselis y Doña Mercedes lo necesitan para que esta celebración de hoy sea de júbilo y no de preocupación.
La República Dominicana tiene ante sí una oportunidad histórica. La reforma laboral en discusión afecta más de 60 artículos del Código de Trabajo y crea nuevas disposiciones sobre empleo e inspección laboral, y ya contempla un aumento en la licencia de maternidad y paternidad, la cual debe ir acompañada de una norma: que un porcentaje mínimo sea obligatorio para cualquiera de los progenitores, como ocurre en Islandia o Uruguay. Este es el momento para que los legisladores establezcan que la corresponsabilidad en la familia entre hombres y mujeres sea ley, no aspiración, y que transformen una reforma laboral en una reforma de los cuidados que el país necesita urgentemente.
[i] Para este artículo se contó con información proveniente de las encuestas ENDESA 1986, 1991, 1996, 2002, 2007 y 2013; ENHOGAR-MICS 2014; ENHOGAR 2019; y los Censos Nacionales de Población y Vivienda de 2002, 2010 y 2022.
[ii] Estas estimaciones deben leerse como un ejercicio prospectivo, no como una proyección oficial, construido para ilustrar cómo podría cambiar el tamaño y la estructura por edad de las madres dominicanas si continúan las tendencias recientes de fecundidad, unión y maternidad. Lamentablemente, al escribir este artículo el país no dispone de cifras recientes que permitan medir la maternidad; en este momento en la ONE se están procesando los datos de la ENHOGAR-MICS 2025 y las estadísticas vitales oficiales no publican los nacimientos por orden de nacimiento.
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