Si Nicolás Maquiavelo reviviera y caminara por el Malecón de Santo Domingo, entendería de inmediato que el arte de gobernar no ha cambiado en su esencia, sino en sus plataformas. El filósofo florentino escribió El príncipe en 1513 como un manual de pura supervivencia y efectividad política: cómo alcanzar el poder y, vitalmente, cómo conservarlo.
De cara a las elecciones de mayo de 2028, la República Dominicana no necesita un idealista platónico; se encamina a un escenario post-Abinader donde las estructuras tradicionales crujen bajo el peso de las redes sociales, la presión migratoria, las demandas de seguridad institucional y una ciudadanía que ya no se conforma con el clientelismo clásico del "pica-pollo" y la dádiva.
En los mentideros políticos y los pasillos del Congreso ya resuenan nombres con fuerza. Figuras jóvenes y carismáticas del relevo generacional como el senador Omar Fernández o el dinámico exministro David Collado polarizan los sondeos, mientras el PLD intenta reconfigurarse con fichas tradicionales como Gonzalo Castillo. Sin embargo, en el subconsciente colectivo de una clase media frustrada y de sectores populares azotados por la delincuencia, late un fantasma que recorre América Latina: el deseo de un "Bukele dominicano".
¿Es factible un autócrata hipertecnológico en Quisqueya? Un príncipe moderno en el contexto dominicano debe ser un híbrido quirúrgico. No puede ser un dictador burdo al estilo del siglo XX, pero tampoco un tecnócrata tibio. Debe dominar la virtù (el talento y la audacia) y surfear la fortuna (las circunstancias del azar) con un pragmatismo frío y aplastante.
Para dirigir los destinos de la nación a partir de 2028, el nuevo príncipe dominicano, sea hombre o mujer, deberá encarnar veintidós cualidades cardinales, despojadas de toda moralidad ingenua y adaptadas a la psique de nuestro pueblo.
Las 20 cualidades del príncipe dominicano moderno
Para conquistar y mantener el Estado en el 2028, el candidato ideal deberá operar bajo las siguientes máximas maquiavélicas:
- Pragmatismo ideológico mutable: No debe ser ni de izquierda ni de derecha. El príncipe se viste de conservador con la Iglesia para proteger los "valores patrios" y adopta posturas liberales en foros económicos internacionales. La ideología es un accesorio, no una jaula.
- Dominio absoluto del relato digital (el algoritmo como cetro): En el 2028, el territorio se conquista en TikTok, X e Instagram. El príncipe prescinde de los intermediarios de la prensa tradicional cuando le conviene; le habla directamente a la masa con un lenguaje visual impecable, directo y emocional.
- Mano de hierro con guante de seda en seguridad: La delincuencia es el talón de Aquiles de la democracia moderna. El príncipe debe proyectar una severidad implacable ante el crimen organizado y callejero, asumiendo una postura punitiva pública ("populismo penal") que aplaque la sed de orden de la ciudadanía, presentándose como el único escudo entre el caos y la paz.
- Nacionalismo estratégico e instrumental: Sabrá utilizar la compleja relación con Haití y la presión migratoria como el enemigo externo unificador indispensable. Mantendrá una retórica de soberanía inquebrantable para aglutinar el fervor popular en momentos de crisis interna.
- Cercanía simulada o calculada: Aplicará la máxima de "parecer compasivo, fiel, humano y religioso". Irá a los barrios populosos, comerá un "chimi" ante las cámaras, pero mantendrá la distancia aristocrática necesaria para que el respeto no se convierta en familiaridad.
- Alianza selectiva con el gran capital: Entiende que en la República Dominicana no se gobierna contra el empresariado. El príncipe asegura la estabilidad fiscal y macroeconómica para los grandes sectores turísticos, financieros y de zonas francas, garantizando el financiamiento de su estructura a cambio de gobernabilidad.
- La ilusión de la lucha anticorrupción: El soberano sabe que la corrupción total destruye el Estado, pero la pureza absoluta paraliza la política. Perseguirá con espectacularidad los escándalos del pasado o a rivales caídos en desgracia para saciar el clamor de justicia, mientras mantiene bajo estricto control interno las lealtades del presente.
- Audacia para el desapego partidario: El príncipe moderno es una marca personal en sí misma, superior al partido que lo postula. Si las siglas de su organización se desgastan, está listo para abandonarlas o doblegarlas, sabiendo que el pueblo vota por el rostro, no por la bandera.
- Manejo quirúrgico del subsidio (clientelismo científico): Sustituirá el desorden de las dádivas físicas por la sofisticación del subsidio digitalizado y bancarizado. Las tarjetas de asistencia social no son caridad; son contratos implícitos de fidelidad electoral masiva y medible.
- Neutralización elegante de la oposición: Maquiavelo advertía que a los hombres se les debe ganar o destruir. En la era moderna, esto se traduce en fragmentar a la oposición mediante cooptación, ofertas de ministerios o ministerios públicos independientes bien dirigidos que mantengan a los rivales a la defensiva.
- Apariencia de infalibilidad (el chivo expiatorio): El príncipe nunca se equivoca; se equivocan sus ministros. Tendrá siempre a mano un gabinete sacrificable listo para ser destituido fulminantemente ante el clamor popular, limpiando la imagen del líder ante cualquier crisis de gestión.
- Resiliencia ante la posverdad: Su piel debe ser de cocodrilo ante los ataques cibernéticos y las campañas de descrédito. El príncipe no se defiende justificándose; contraataca cambiando la agenda pública con una nueva narrativa antes de que la anterior se solidifique.
- Uso de la espectacularidad y la distracción: Sabrá que el pueblo dominicano es profundamente emocional y amante de la puesta en escena. Grandes inauguraciones, cumbres internacionales y golpes de efecto mediáticos servirán para eclipsar deficiencias estructurales en salud o educación.
- El arte de prometer sin amarrarse: Su discurso será lo suficientemente amplio para generar esperanza y lo suficientemente ambiguo para evitar el costo político del incumplimiento. Prometerá el "cambio profundo" o la "continuidad gloriosa" usando conceptos abstractos que cada votante llene con sus propios deseos.
- Alineación internacional multipolar: No entregará su soberanía política a una sola potencia. Bailará el vals diplomático con los Estados Unidos por razones geopolíticas e históricas, pero mantendrá la puerta entornada al capital de otras potencias emergentes si esto beneficia la liquidez de sus megaproyectos.
- Salud física y vitalidad estética: El poder entra por los ojos. En un ecosistema hipervisual, el líder debe irradiar energía, juventud o madurez vigorosa, disciplina y control. La debilidad física proyecta debilidad política.
- Cultura del "falso consenso" (consultas vacías): Utilizará vistas públicas, diálogos nacionales o encuestas digitales para dar la impresión de que el pueblo gobierna con él. Al final, implementará la decisión que ya tenía tomada, legitimada por el barniz de la participación ciudadana.
- Ser más temido que amado, si no puede ambos: Si se ve forzado a elegir en momentos de crisis social, elegirá el respeto infundido por el temor a las consecuencias de desafiar su autoridad, cuidándose siempre de no cruzar la línea que despierta el odio generalizado de la población.
- Financiamiento invisible y blindado: Dominará las reglas del juego del dinero en la política. Sabrá de dónde provienen los recursos de su campaña, controlando los hilos económicos sin dejar huellas dactilares que los tribunales del futuro puedan rastrear.
- Control narrativo de la historia: Sabrá rodearse de intelectuales, comunicadores e influencers que justifiquen históricamente sus decisiones más polémicas, transformando el crudo oportunismo político en una supuesta "necesidad histórica indispensable para la patria".
La paradoja del "Bukele dominicano"
Es aquí donde el análisis requiere detenerse en la figura del dictador o líder fuerte contemporáneo. Quienes invocan con ligereza la necesidad de un Nayib Bukele en la República Dominicana olvidan la naturaleza intrínseca del sistema quisqueyano. Nuestro país no ha salido de una guerra civil reciente, ni está de rodillas ante maras que controlan el ochenta por ciento del territorio. Nuestra delincuencia es endémica, peligrosa y molesta, pero está profundamente vinculada a las propias costuras de la exclusión social y, en ocasiones, a complicidades institucionales.
Un "Bukele dominicano" absoluto fracasaría porque la sociedad dominicana, aunque clama por orden en las encuestas, posee una tradición de viveza, un tejido empresarial sumamente celoso de sus libertades económicas y un historial de resistencia al autoritarismo puro tras el trauma histórico de la dictadura de Trujillo.
El verdadero príncipe del 2028 no copiará el libreto de El Salvador al pie de la letra; hará algo más maquiavélico: lo simulará. Utilizará la estética del bukelismo, los videos cinematográficos de operativos policiales, el discurso punzante contra "los mismos de siempre" y la concentración de poder a través de la tecnología, pero negociará por debajo de la mesa con los actores fácticos del patio para evitar un quiebre del sistema que ahuyente el turismo, la inversión extranjera y la estabilidad cambiaria, que son el verdadero oxígeno del Estado dominicano.
El veredicto de la virtù
Las elecciones de 2028 no se ganarán con manuales de civismo romántico. Ganará quien mejor entienda que el votante dominicano del siglo XXI es un cliente insatisfecho, hiperconectado e impaciente.
El príncipe que emerja de las urnas en mayo de ese año deberá ser un camaleón capaz de combinar la audacia mediática de la juventud con la astucia clientelar de la vieja guardia; un líder que sepa que la política sigue siendo, como en los tiempos de Florencia, el arte de engañar a quienes quieren ser engañados, por el bien y la conservación del Estado. La corona está sobre la mesa; falta ver quién posee la astucia del zorro y la fuerza del león para tomarla.
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