La naturaleza nos ofrece una línea de emociones que se funden en la psiquis de todos los humanos que conviven en la cercanía de las cosas de la tierra, por ejemplo: la producción de alimentos, la cercanía a zonas acuíferas y bosques o selvas.

La urbanización redujo los espacios del monte y con ello llegó la angustia, la aflicción, la desesperación y la vulnerabilidad de las personas con el daño ambiental y social, rompiendo el balance de los sistemas y bioregiones del planeta. Es innegable que hemos violado la integridad cuando dañamos a otros y a la naturaleza.

Los códigos éticos son guías para la sociedad. En relación con la naturaleza se crearon mecanismos de protección y esos órdenes se definen bajo los epígrafes de la tutela. El mecanismo legal de tutelación se aplica para las mujeres, los niños y la naturaleza.  El occidente mira la naturaleza como una entidad inferior y eso está basado en un terrible antropocentrismo. Los seres humanos se consideran el centro del mundo y los poseedores de lo que llamamos naturaleza.

La tutela margina, excluye y desarrolla mecanismos de subordinación y control. Los parques nacionales y las leyes que dirigen su protección están basadas en esas argumentaciones de corte moral. La historia está formada por las experiencias que tenemos los seres humanos, las cuales pasamos a las generaciones futuras.

No obstante, la mirada de los originarios sobre la naturaleza era más integral, bajo un conocimiento, de que no solo se definían como parte de la naturaleza, sino también que asumian la naturaleza con una consciencia. Dicha consciencia era capaz de transmitir conocimiento a todo lo que le rodeaba. Esa naturaleza tenía su propio lenguaje y podía ser conocida por los humanos.

Esa mirada a los árboles y a todas las especies que llamamos nosotros la naturaleza, ellos la definen con identidad propia, se les da un nombre, a la vez que  la asumirán con cualidades y acciones prácticas que posibilitan, la comunicación con los humanos. El comportamiento de la naturaleza podía ser iracundo cuando se violaban los tabúes o sistemas de equilibrio del sistema. Esto podría provocar la ruptura  amistosas con las diferentes especies, según las tradiciones de muchos pueblos premodernos.

La naturaleza era un significante. Los códigos para sentirla, pensarla y tratarla, eran distintos según la cultura. Para algunas culturas era un amigo, otros las figuraban como una Diosa o una fuerza con la cual había que comportarse de manera particular, especialmente de respeto.

Las interpretaciones culturales son variopintas, ya que implicaba la sobrevivencia y la continuidad de los grupos humanos en sus territorios. En occidente se les dibujó como el leviatán o un signo del terror. Esta novela la describieron los modernos.

La naturaleza fue sacada de la historia, pues se interpretó su identidad comunicadora entre los seres humanos  como algo primitivo. Era la interpretación de pueblos inferiores, según los occidentales. Esas narrativas fueron enmarcadas  en un periodo intemporal, como un recurso cultural del desconocimiento.  Específicamente porque sus recursos tecnológicos eran muy primarios , por lo  que  dependían directamente del medio ambiente. Este es el nuevo nombre como se le llama hoy a la naturaleza.

Parte de que estos pueblos construyeron mitos,  los cuales los convirtieron en máscaras y por tanto, no eran reconocidos por los modernos como racionales. Por tal razón, los mitos quedaron en la intemporalidad y reducidos a especulación. Lo que permitió que la naturaleza fuera expulsada de la historia. La mirada moderna la recreó en la ficción, y en fábulas, entre otras.  Los racionalistas la describieron como parte  de los mitos culturales, de lo que, no se comprendía o no se podía explicar en el marco de la racionalidad.

Me pregunto qué tanto comprendemos hoy,  lo que significa “la naturaleza” como categoría ontológica.  En los juegos del saber estamos en una emboscada, pues unos deciden la tutela, otros la historizan, dándole la identidad de ser sujeto de derecho.

Este giro no es solo de palabras, está incluida en algunas constituciones, bajo un orden de sujeto de derecho. Lo cual implica que entró en la historia, bajo nuevos códigos éticos que no solo condicionan nuestro estar en sus espacios, también esto tiene implicaciones sobre su manejo y  guía de proscripción contra un modelo civilizatorio y colonial que pretende pensarla fuera de la historia y de los que quieran eliminarlas o someterlas a juicios y estructuras peligrosas de posesión y explotación.

Está claro que iniciamos una nueva metafísica que proporciona una reflexión  sobre las relaciones que se dan entre los seres humanos y la naturaleza. Este grito de nacimiento que impulsan los pueblos originarios y los ecologistas retoma una deuda y es la de volver a entrar en un contacto íntimo con la naturaleza para reflexionar sobre nuestros relatos y hermenéuticas.

Hoy impulsamos relatos sobre nuestra supervivencia y el orden que  vamos a darle a la naturaleza en nuestras vidas. Estamos pensando sobre los comportamientos estratégicos de carácter político que debemos empujar contra la cultura petrolera, la cual es claramente hostil con la vida sobre la tierra. Esos son adversarios poderosos, élites que asumen como propiedad, todo lo relativo, a lo llamado ambiental, también a los recursos y reservas que consideran propias.

En este contexto, todo lo que implica proximidad con la clorofila es una clara ventana crítica sobre ese modelo sustentado en el carbono.

La clorofila es una revolución de la naturaleza que nos acerca a los gestos y a las palabras que nombran la vida.

El bosque no es un recurso, es un estado psíquico que da alegría, alimento, medicina, belleza y promueve una reflexión sobre los sentidos del equilibrio en el marco de las dimensiones del ser. Los humanos somos los forasteros del planeta. Esto no implica que no seamos parte de la naturaleza misma. Pero la negamos como sujeto de derecho, dado que asumen replegarse con los pliegues de ideologías de aparcamientos. Estas son narrativas y gestos agresivos, excluyentes  y guerreristas contra nuestra casa y contra nuestra propia esencia bioética.

El trayecto para encontrar las raíces del comportamiento destructivo del hábitat del homo sapiens obedecen a variadas respuestas: algunos sostienen que tenemos unos genes violentos, otro que la guerra fue lo que crearon los proyectos de expansión y control de la especie. Otros que hay razones vinculadas con un orden social, político o económico que condicionan acciones que anulan, cierran y crean dominios, bajo regímenes totalitarios. Esto se sostiene en el petróleo, como único medio para explotar los escasos medios y los llamados recursos de la naturaleza.

También se introduce la locución de que somos una corporeidad que se ha extraviado en su propio laberinto por una falsa narrativa de que somos el centro de todo lo existente.

Esas ideas antropocéntricas son precisamente íntimas, ya que se basan en posturas teológicas y en el deseo pernicioso de la filosofía de la modernidad que le encantan los baños con los significantes que defienden una tecnología destructiva.

Ese correlato pone de relieve que estamos en un borde peligroso que puede llevarnos, no solo al exterminio de especies,  y ecosistemas. También de nuestra propia humanidad y de la biósfera.

Los árboles son memorias que cuentan las experiencias de su medio. ¿Qué contarán sobre el antropoceno y sobre  nuestros actos políticos destructivos contra la naturaleza?

En esta geografía del desconcierto, los antropocéntricos, usan todos los medios para arrancar a nuestro planeta “los recursos” que necesitan para sostener sus sistemas destructivos sostenidos en el petróleo.

Su narrativa la dibujan por todos los medios de comunicación mostrándonos imágenes hermosas, mientras ponemos a tambalear todos los ecosistemas.

El desconsuelo es concreto entre los pueblos originarios, ecologistas y personas conscientes sobre los daños a la naturaleza. La verdad de las élites petroleras es decirnos que se necesitan  las mercancías para llenar las estanterías.

Esos son los condicionamientos que transforman las mentalidades en el mundo actual y  que siguen sosteniéndose en la idea del progreso de la sociedad. Así construyen las narrativas de la gente. Las cuales avalan y amparan al capitalismo como el medio para crear la base del consumo en un supuesto mercado libre que va a ofrecer trabajo, crecimiento, riqueza y un orden social que sólo responde al orden de las élites. Para el capitalismo, no importa lo que se consuma, ni qué cosa se destruye, cualquier recursos o mercancía que se compra es creada y  será convertida en un símbolo  que se usa para medir la felicidad.

La naturaleza y todo lo que esta categoría de análisis contiene no puede sostenerse en la base del consumo desmedido, ni en la forma de cómo se explotan los medios naturales, entiéndase paisaje, acuíferos, selva, bosques, mares y océanos, entre otros.

Los mercados destruyen los suelos, contaminan las aguas y su tecnología distorsiona el vuelo de las aves y destruye los oídos de los delfines.  La verdad está limitada por los discursos bélicos.

La soledad es la común cabecera de los ecologistas y científicos(as), y humanistas que se identifican con los territorios para la preservación y dejar libres los bosques y selvas.

Estamos en el dilema del prisionero, en la plena soledad, mediando con la compasión, los sentidos de la libertad y la gracia de saber que el libre albedrío, solo ha sido un juego del lenguaje.

El ser humano de esta época está atado a una tecnología que no tiene nada de inocente. Hemos reducido la responsabilidad de crear un proyecto de libertad y de accionar con resistencia frente al proyecto destructivo de nuestro hábitat.

En la intimidad de mi casa, yo diálogo con mi alma y me pregunto qué posibilidad tenemos de romper el sueño de la algarabía de los mercado de carbono, qué estrategias vamos a  empujar para asumir la responsabilidad de la libertad y de levantar los naufragios de los proyectos colectivos  de los conmovidos de la tierra.

En la política actual, el racismo, la xenofobia, los feminicidios, la destrucción de la naturaleza y la limitación de la autodeterminación por un saber que plantea la resignación como una única vía, me pone en lo personal muy rabiosa, esa es mi humanidad. La resistencia frente a la opresión y la decisión de asumir activamente  una postura para demandar los derechos de la naturaleza, no es un juego de significantes vacíos.

La derrota no es definitiva, ni tampoco la de los derechos humanos, ni de los derechos de la naturaleza. Estamos aquí hablando de pacifismo, pero eso no significa, que no se actué con la conciencia. Existen seres humanos que reflexionamos sobre los significantes  para unir las manos y enfrentarnos con dignidad por la decisión de luchar para romper el ocaso  de un presente que se visibiliza nefasto.

La resistencia pacifista no es insensata, es acción responsable, a favor de la vida. Es necesario entender que la naturaleza tiene derecho y forma parte de la historia.

La naturaleza no hace silencio. Tampoco los seres humanos, ya que disponiendo de un sistemas de significantes lingüísticos. Estamos claro que  se han desarrollado tecnologías tecnocientíficas que no se comprometen con la vida.

Los árboles hablarán de  estos horizontes de hostilidad y de nuestra dinámica disfuncional como especies forasteras y mentirosas. Yo, al igual que otros, entendemos que  los impactos tecnológicos y las narrativas que lo sostienen producen desequilibrio que nos meten en una emboscada de destrucción. Ser sujeto de derecho implica dignidad y de acciones que permitirán construir un proyecto colectivo sostenido en la compasión y en el equilibrio con todo lo que conforma la naturaleza.

Fátima Portorreal

Antropóloga

Antropóloga. Activista por los derechos civiles. Defensora de las mujeres y los hombres que trabajan la tierra. Instagram: fatimaportlir

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