El mes de marzo adquiere un protagonismo excepcional por la celebración del Día de la Mujer. Como es una costumbre muy arraigada, se utiliza la misma retórica para tratar de agradar a las mujeres. En los medios y en las redes sociales, llueven las felicitaciones, la descripción de rasgos hermosos de las mujeres de este siglo y de otros anteriores. Pero, estas manifestaciones no tienen nada que ver con lo que realmente viven las mujeres en el entorno familiar, en los espacios laborales, políticos, religiosos y empresariales. Es una vida desafiante cada minuto, cada segundo. Son desafíos para ser ellas mismas y no otras; para experimentar la libertad y hacer uso de ella sin dejarse amilanar por la autocensura ni por el control externo. Pero, dejándose conducir por la ética y la moral personal, familiar y social.
En este mundo tan complejo en el que viven las mujeres hoy, no es factible permanecer estático. Tampoco es válido reproducir la ingenuidad de antaño. Es preciso tomar decisiones que fortalezcan y cualifiquen el liderazgo de las mujeres, desde las que aportan y construyen conocimiento desde el contexto rural hasta las que lo hacen en centros especializados de investigación e innovación. La sociedad, el mundo y el país sienten la urgencia de un mayor desarrollo político de la mujer, especialmente en el ámbito formativo y en la acción política. En la historia de la mujer dominicana, este valor no está ausente. Por el contrario, contamos con muchas mujeres en las que el desarrollo que planteamos es elevado y de impacto decisivo en la consolidación de la nación que somos hoy. Hicieron historia en la época que les tocó vivir. Salomé Ureña, Abigaíl Mejía, Ercilia Pepín, Minerva Mirabal y Florinda Soriano son algunas de las tantas que se han destacado.
Para aportarle calidad al desarrollo político de las mujeres, es importante poner atención a la formación intelectual de ellas. Las estadísticas de las instituciones de educación superior, los resultados de pruebas nacionales y de estudios del MINERD y de la región, al presentar la deserción estudiantil, muestran que las estudiantes tienen mayor permanencia que los estudiantes. Una deserción reducida de la población femenina favorece su desarrollo intelectual. Este tipo de desarrollo es, a su vez, una base fundamental para el fortalecimiento de la formación política que le sirva para participar activamente en la gobernanza social, política y científica del país. Por ello, hay que trabajar para que haya cero invisibilidades de las mujeres en la acción política y en el ejercicio propio del liderazgo político de las instituciones y del país.
El impulso sostenido a la formación política y al ejercicio de un liderazgo político sostenible de las mujeres es un proceso complejo y difícil. Pero, no se puede declarar imposible. Hay que profundizar la acción con más fuerza para vencer las barreras que sostienen, tanto los Poderes del Estado como entidades de carácter privado y entidades religiosas, contra una participación política de la mujer en igualdad de condiciones con los hombres. Hombres y mujeres son sujetos con los mismos derechos y responsabilidades en la sociedad. Ningunos son más ni menos que los otros. Por tal motivo, en la participación política hay que hacer desaparecer la cuota para la mujer. Un poder político distribuido en igualdad de condiciones favorece la paz y el desarrollo de la sociedad.
El lenguaje, las decisiones de políticas y las prácticas que tienden a minimizar el ejercicio político de las mujeres requieren atención integral. El mes de marzo se ha de convertir en un tiempo y en un espacio para hacer avanzar la participación y la formación política de la mujer. Se ha de profundizar el debate crítico sobre el poder político y la desigualdad existente entre hombre y mujer en este campo. Esto no es nada nuevo; pero los tiempos actuales no resisten que se mantenga la concentración del poder político por parte de los hombres, de una parte; de otra, la inseguridad y la dependencia de las mujeres.
Contamos, actualmente, con una minoría de mujeres que tienen claridad de sus posibilidades para el ejercicio de un liderazgo político activo. Estas mujeres constituyen una esperanza para abrir caminos de desconcentración del poder político. Asimismo, son una esperanza para movilizar a las mujeres del país, para que despierten su capacidad y propicien transformaciones que van más allá de la esfera doméstica.
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