A 67 años de la expedición del 14 de Junio de 1959, seguimos su lucha.
Eddy, en el barrio de Villa Juana, contaba a los niños de ocho y nueve años cómo se había enrolado en las tropas que enfrentaron a los expedicionarios de junio de 1959. Su historia era tan aterradora como real. Frente a los cuerpos sin vida de varios guerrilleros, un oficial impartió una orden macabra: abrirles el abdomen para verificar qué habían comido.
Sin vacilar, Eddy se ofreció como voluntario. Con una bayoneta cumplió la orden y descubrió restos de plátanos y mangos verdes. Si hubiera encontrado arroz cocido o cualquier evidencia de ayuda campesina, los habitantes de la zona habrían sido fusilados. Aquel episodio revela la crueldad desatada contra los héroes de junio, una brutalidad capaz de estremecer hasta al criminal más insensible.
Pero la barbarie no terminaba ahí.
Algunos expedicionarios, agonizantes por las heridas, los golpes y las torturas, eran amarrados en grupos de dos o tres en la Base Aérea de San Isidro. Un soldado los sometía al fuego de un lanzallamas; segundos después, otro apagaba las llamas con un extintor, solo para reiniciar el macabro ritual. El olor de la carne quemada, los gritos de dolor y las risas de los verdugos quedaban grabados para siempre en la memoria de quienes presenciaban semejante horror.
En diciembre de 1963, las mismas bayonetas y los mismos verdugos volvieron a matar. Manolo Tavárez Justo y sus compañeros cayeron en Las Manaclas, víctimas del odio de un poder que negaba derechos y libertades. Dos años después, durante la Guerra de Abril de 1965, aquellas bayonetas recorrieron nuevamente el país. Hombres, mujeres, niños y ancianos fueron asesinados por defender la constitucionalidad, la justicia y la soberanía nacional.
Entre las víctimas estuvieron Yolanda Guzmán, Luis Reyes Acosta, el padre Arturo Mackinnon y Teófilo Ortiz, fusilados en Haras Nacionales.
En San Francisco de Macorís, a Baldemiro Castro lo colocaron sobre una mesa y lo mataron a garrotazos. También fusilaron a Jimmy Vargas, Rubén Díaz Moreno, Pasito Polanco, Franklin de la Rosa, Abraham Vargas, Rodrigo Lozada, Sóstenes Peña y una veintena de luchadores por la libertad.
Terminada la contienda, los sicarios continuaron sembrando el terror. Todavía provoca espanto recordar el secuestro, la tortura y el asesinato del mayor Arias Collado y de decenas de constitucionalistas, cuyos cuerpos, destrozados por los tormentos, aparecían abandonados en los terrenos del antiguo aeropuerto General Andrews y en los montes de Arroyo Hondo.
La vorágine de terror y sangre continuó durante los doce años de Balaguer. En 1970, Eddy reapareció ejerciendo violencia desde una organización denominada Frente Democrático Anticomunista y Antiterrorista, conocida popularmente como La Banda Colorá. Entre sus víctimas estuvo el veterano antitrujillista Boyoyo Álvarez, cuyo cadáver fue lanzado a un canal de Santiago con múltiples heridas de arma blanca. En Santo Domingo, cinco adolescentes fueron fusilados y abandonados como escarmiento.
Han transcurrido más de seis décadas desde los acontecimientos de junio de 1959. Sin embargo, las bayonetas, los verdugos y sus herederos políticos e ideológicos continúan presentes, aguardando la oportunidad de repetir la violencia y el odio que marcaron aquellos años.
Recordar a los expedicionarios no significa únicamente honrar su muerte. Significa mantener viva la bandera por la que lucharon y continuar el legado que defendieron con sus vidas: la lucha permanente contra la injusticia, la opresión y los privilegios. Una causa que sigue viva mientras exista memoria y mientras haya quienes se atrevan a contar la verdad.
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