A los doctores Roberto Cassá e Iván Ernesto Gatón
Fue uno de esos momentos en los que las preguntas se agolpan, indecisas, eternamente suspendidas en el vacío. De manera mecánica, tomé el teléfono. Me topé con un breve documental del doctor Iván Ernesto Gatón que hablaba sobre la frontera. De inmediato, el nombre del doctor Roberto Cassá me vino a la memoria. Creo que fue gracias a ellos que finalmente pude poner en palabras mis dudas más profundas y atreverme a formularlas.
François Duvalier (1957-71) acabó por imponerse. Se convirtió en el «Jefe Supremo y efectivo de las Fuerzas Armadas, de las fuerzas de Policía y de los Voluntarios de la Seguridad Nacional». Una silueta extraña, situada en la encrucijada de influencias lejanas. Había en él algo de Charles Maurras —esa derecha francesa, rígida, monárquica y de nacionalismo integral—, combinado con un cierto aroma a La Cagoule. Pero también había trazas de Leo Frobenius, aquel etnólogo que tanto marcó a los poetas de la negritud al cuestionar la arrogancia colonial. Se decía, además, que había quedado fascinado por La violación de las masas por la propaganda política, de Tchakhotine, un libro que recibió de manos de Gérard Daumec. Hoy, frente a la historia de nuestras fuerzas del orden, ante los extravíos y la deriva de quienes sucedieron a Jean-Claude Duvalier (1971-86), el fantasma de Duvalier ha adquirido una envergadura tal que sorprendería al propio doctor François Duvalier.
Los de mi generación, aquellos que aún buscábamos comprender el declive del país, recordamos las lecciones del profesor Leslie François Manigat (7 de febrero-19 de junio de 1988). Fue él quien nos habló de Marc Bloch y de la revista Les Annales (historia interdisciplinaria). Nos describía esa ambición de vincular el pasado con el presente, de buscar la verdad en las estructuras invisibles de la sociedad.
Luego llegó aquel mes de junio de 1988. El general Henri Namphy había trasladado a varios oficiales sin notificar al jefe del Estado. Leslie Manigat quiso frenar aquella insubordinación anulando los decretos y destituyéndolo. Dos días más tarde, en la noche del 19 de junio, hablaron las armas. Un golpe de Estado devolvía a Namphy al poder. Después de Duvalier, Manigat era el segundo universitario que intentaba resolver la cuestión militar. Más tarde, con Jean-Bertrand Aristide, el escenario se volvió más complejo, casi ilegible. Uno se pregunta si aquel hombre de trayectoria singular —el noviciado en la República Dominicana, la carrera de Psicología en la Universidad de Estado de Haití, la Teología en Italia, Israel y Canadá, hasta llegar a ese doctorado en Sudáfrica— sabía que su decisión más espectacular apenas se sostendría durante veinte años.
Asistimos, sin llegar a comprenderlo del todo, al desmantelamiento del antiguo ejército. Hubo episodios violentos, los ti soldats (los rasos) a finales de los años ochenta, y luego los paramilitares del FRAPH (Frente Revolucionario para el Avance y el Progreso de Haití). El cuerpo social lo encajó todo, estupefacto. Y hoy presenciamos el resurgimiento de los Voluntarios de la Seguridad Nacional, reinventados por la urgencia del momento. ¿Qué es un «brigadista» hoy en día sino una sombra del pasado?
Mientras los feudos del crimen organizado se consolidan, la República Dominicana aporta veinte millones de dólares a la fuerza internacional para combatir a las bandas. Hubo un solo hombre que jamás subestimó a Duvalier: el profesor Juan Bosch. Durante su breve mandato en 1963, comprendía la psicología del dictador mucho mejor que los servicios secretos estadounidenses. La memoria de Santo Domingo conserva el rastro de una noche de 1963, hacia las cinco de la mañana. John Bartlow Martin, el embajador de Estados Unidos, acudió a casa de Bosch. Seguro de sí mismo, iba a anunciar la caída inminente de «Papa Doc». Bosch le hizo servir café antes de decirle con suavidad: «Ese presidente morirá tranquilamente en su cama. Y elegirá a su sucesor».
Nunca se entendió del todo por qué las clases de la Academia Militar de 1971 y 1973 inquietaron tanto a los ideólogos del balaguerismo. Jean-Claude Duvalier compraba entonces aviones y tanques. En el ambiente de 1976 flotaban rumores de guerra. Joaquín Balaguer recelaba, sin duda, de la ideología de aquellos jóvenes cadetes surgidos de las clases «Jean-Claude Duvalier» y «Doctor François Duvalier».
Más allá de las intervenciones militares y de las patrullas internacionales, queda la certeza de que extirpar el círculo de los fracasos de las fuerzas del orden no será posible sin un enfoque lúcido y moderno, abordado de manera conjunta con nuestros vecinos dominicanos. De lo contrario, este paisaje de desolación corre el riesgo de perpetuarse para siempre.
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