Salud dominicana: entre la cifra celebrada y el síntoma persistente
En medicina existe una norma ética inquebrantable: no se trata una enfermedad describiendo únicamente los signos de mejoría. Se trata de reconocer primero la patología en su totalidad.
El presidente Luis Abinader, en su discurso del 27 de febrero de 2026, presentó un sector salud que exhibe crecimiento en infraestructura, aumento de servicios y reconocimientos internacionales. Las cifras son verificables: nuevos hospitales entregados, millones de consultas realizadas, incremento en estudios diagnósticos y cirugías respecto a 2019, ampliación de cobertura del Seguro Nacional de Salud (SeNaSa) y un año 2025 sin muertes reportadas por dengue.
Todo eso es real. Mas en salud pública, como en clínica, la pregunta no es cuántos procedimientos hicimos. La pregunta es: ¿el paciente está verdaderamente estable o solo compensado?
La expansión hospitalaria: músculo sin sistema nervioso
El Ejecutivo reportó decenas de centros de salud inaugurados y miles de millones invertidos en equipamiento médico en los últimos años. Nadie puede negar que la infraestructura ha crecido. Sin embargo, el crecimiento anatómico no garantiza funcionalidad fisiológica.
Un hospital nuevo sin insumos constantes es un esqueleto sin sangre. Un tomógrafo moderno sin mantenimiento preventivo es un órgano sin irrigación.
Resulta imperativo contrastar la narrativa de bonanza con la frialdad de los asientos contables del Estado. Mientras el discurso celebra una expansión sin precedentes, los informes de ejecución financiera revelan una realidad quirúrgicamente distinta: la inversión real en activos de capital para el sector salud —maquinaria, equipos y obras— sufrió una contracción cercana al 12% durante el año 2025. Esta retracción no es un simple ahorro; es una isquemia de recursos que explica por qué, tras la inauguración de las fachadas, el ciudadano sigue encontrando equipos de alta tecnología fuera de servicio por falta de mantenimiento capitalizable.
La República Dominicana mantiene un gasto público en salud que ronda el 2 % del PIB en los últimos años, según datos oficiales presupuestarios. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) ha recomendado históricamente que los países aspiren a niveles cercanos al 6 % del PIB para asegurar cobertura efectiva y reducción del gasto de bolsillo.
La brecha no es ideológica. Es matemática.
Costa Rica invierte más del doble de su PIB en salud pública. Uruguay y Chile superan ampliamente nuestro nivel de inversión. Y esa diferencia se traduce en menor gasto directo de las familias, mayor acceso oportuno y mejores indicadores de mortalidad evitable.
No se trata de competir. Se trata de comprender el rezago.
Cero muertes por dengue: logro epidemiológico, no alta médica
El presidente destacó que en 2025 no se registraron muertes por dengue en el país. Es un dato significativo. Refleja mejor vigilancia, campañas de prevención y coordinación interinstitucional.
Pero conviene contextualizarlo.
El dengue es una enfermedad vectorial altamente influenciada por ciclos epidemiológicos regionales. 2025 fue un año de menor transmisión en varias zonas del Caribe. Celebrar el logro es justo; convertirlo en prueba de sistema robusto sería clínicamente imprudente.
La salud pública no se mide por una epidemia contenida, sino por la capacidad estructural de prevenir enfermedades crónicas, reducir mortalidad materna y garantizar tratamiento continuo a pacientes con hipertensión, diabetes o cáncer. Ahí es donde el sistema todavía muestra fatiga.
SeNaSa: cobertura ampliada, sostenibilidad en observación
El discurso reafirmó la ampliación de afiliados a SeNaSa como uno de los grandes hitos de inclusión social. La cobertura es importante. Pero la cobertura no es sinónimo de acceso pleno.
En nuestros análisis anteriores hemos documentado tensiones financieras, retrasos en pagos y presiones estructurales que colocan al seguro público en una zona de vulnerabilidad presupuestaria. Cuando un sistema amplía masivamente su padrón sin garantizar sostenibilidad actuarial sólida, el riesgo es convertir la inclusión en promesa frágil. En medicina, eso se llama expansión sin estabilidad hemodinámica.
Atención primaria: el órgano olvidado
El discurso enumeró consultas y cirugías con orgullo. Pero el volumen hospitalario creciente puede interpretarse de otra manera: saturación del tercer nivel por debilidad del primero.
Cuando la atención primaria falla, los hospitales colapsan. Cuando la prevención es débil, la emergencia se llena.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) sostiene que un sistema sólido destina cerca del 30 % de su inversión a atención primaria. En la práctica dominicana, el peso presupuestario continúa concentrado en infraestructura hospitalaria y gasto curativo.
Estamos invirtiendo en quirófanos mientras descuidamos el consultorio comunitario. Es como fortalecer la unidad de cuidados intensivos mientras ignoramos el programa de vacunación.
Pero el síntoma más alarmante de esta patología institucional no se mide en pesos, sino en vidas que la ciencia sabe salvar. Mientras la retórica oficial celebra hitos epidemiológicos aislados, los indicadores de mortalidad materna en 2025 registraron un incremento del 8.4% respecto al año anterior.
Es la evidencia final de un sistema que padece de una falla multiorgánica: no sirve de nada tener un carnet de seguro o un hospital recién pintado si la cadena de atención primaria está tan resquebrajada que una madre dominicana sigue muriendo por causas que el resto de la región ya ha aprendido a prevenir. Esta cifra es el clavo que sella el ataúd de la complacencia: el sistema no está mejorando; se está fragmentando bajo el peso de la ineficiencia.
El capital humano: la hemorragia silenciosa
Ningún discurso puede ocultar un fenómeno que los hospitales viven diariamente: la fuga de talento médico.
Especialistas formados en universidades públicas y privadas migran hacia sistemas que ofrecen mejores salarios, investigación y condiciones de práctica dignas. Un país que pierde médicos es un país que pierde capacidad de respuesta.
En salud pública, la infraestructura es importante. No obstante, el recurso humano es el corazón. Si el corazón se debilita, ningún edificio lo compensa.
Comparativa regional: el espejo incómodo
Mientras el presidente proyecta una República Dominicana integrada a la economía tecnológica global, los indicadores sanitarios nos recuerdan que seguimos por debajo del promedio regional en inversión pública en salud.
Panamá invierte más. Colombia invierte más. Costa Rica duplica nuestro esfuerzo relativo. Y la diferencia se refleja en menor gasto de bolsillo y mejores indicadores de prevención. No es un ataque político. Es una radiografía comparativa.
El discurso y el diagnóstico
El 27 de febrero ofreció un relato optimista. Y el optimismo es necesario en política. Sin embargo, la medicina exige algo más que optimismo: exige un diagnóstico honesto.
El sistema dominicano no está colapsado. Pero tampoco está sano. Tiene mejoras visibles en la infraestructura.
Tiene avances epidemiológicos puntuales. Tiene ampliación de cobertura.
Pero arrastra:
* Subinversión estructural.
* Atención primaria débil.
* Gasto de bolsillo persistente.
* Presiones financieras en el seguro público.
* Fuga de talento profesional.
Eso no es un fracaso absoluto. Es una enfermedad crónica compensada.
La receta impostergable
Si queremos que la Meta 2036 incluya salud real y no solo modernidad tecnológica, el tratamiento debe ser claro:
1. Elevar gradualmente la inversión pública en salud hacia estándares regionales competitivos.
2. Redirigir al menos 30 % del presupuesto hacia atención primaria preventiva.
3. Blindar financieramente el sistema de seguridad social con reformas actuariales transparentes.
4. Crear una verdadera ley de carrera sanitaria que retenga talento y despolitice la gestión hospitalaria.
5. Publicar indicadores de calidad hospitalaria en tiempo real para auditoría ciudadana.
Sin esos pasos, cada hospital nuevo será apenas un maquillaje quirúrgico sobre una patología sistémica.
El veredicto
La salud dominicana no es un fracaso absoluto, pero tampoco es la historia de éxito que sugieren las cifras aisladas. El presidente presentó a un paciente que camina. La nación necesita uno que corra.
Estamos en una fase intermedia: ni en terapia intensiva, ni dados de alta. Y en medicina, permanecer demasiado tiempo en estado intermedio puede convertirse en deterioro silencioso.
La rendición de cuentas del 27 de febrero ofreció estadísticas. El país necesita estrategia. Porque en salud pública, como en la clínica, la diferencia entre mejora y curación está en el tratamiento sostenido. Y el tratamiento aún no ha comenzado en toda su profundidad.
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