Hay una idea que se repite con entusiasmo casi reflejo: vivimos el momento más avanzado de la historia. Nunca habíamos tenido tanta capacidad de cálculo, tanta conectividad, tanta información. Y, sin embargo, esa afirmación —cierta en apariencia— oculta algo menos celebrable: nunca antes todo había envejecido tan rápido.
No es un detalle técnico. Es un problema político.
Porque seguimos tomando decisiones públicas como si el presente fuese estable. Como si pudiera ordenarse, optimizarse y proyectarse. Pero ese "presente" no es más que un punto de paso: en el instante en que intentamos fijarlo, ya cambió.
No es una idea nueva. Desde Heráclito hasta Martin Heidegger, la advertencia es la misma: no hay punto estable. Solo tránsito. La diferencia es que ahora insistimos en ignorarlo… con presupuesto.
La tecnología contemporánea ya no sigue el ciclo clásico de invención, adopción, madurez y declive. Ese ciclo colapsó. Hoy, lo nuevo no sustituye a lo viejo con el tiempo; lo invalida desde su aparición. Cada innovación no solo abre una posibilidad: activa su propia cuenta regresiva.
No es una falla. Es el modelo.
La innovación dejó de ser un evento para convertirse en presión constante. Lo que ayer funcionaba hoy ya no es suficiente, no porque haya fallado, sino porque dejó de ser lo último. La obsolescencia ya no es consecuencia del uso: es consecuencia del progreso.
Y ahí empieza el problema.
Se habla del presente como si fuese un lugar donde habitar. Pero el presente, en sentido estricto, no existe. Es un umbral que se disuelve mientras lo nombramos. Como advertía san Agustín, creemos entender el tiempo… hasta que intentamos explicarlo.
El "presente extendido" es una construcción útil, pero no por eso real. Tomamos del futuro la próxima unidad de tiempo —un nanosegundo, un minuto, una hora—, la bautizamos como presente y la convertimos de inmediato en pasado. Los aproximadamente 0,2 segundos que tarda el sistema nervioso en procesar la información aseguran que siempre llegamos tarde. No por error, sino por diseño biológico.
La obsolescencia, en rigor, no es muerte. Es metamorfosis. Lo que deja de funcionar como sistema no desaparece: se convierte en el sustrato sobre el que crece lo siguiente. El problema no es que las cosas envejezcan. El problema es que confundimos el reemplazo con el progreso, y esa confusión tiene consecuencias muy concretas cuando quien la comete tiene presupuesto.
Vivimos en desfase. Interpretamos el pasado inmediato mientras actuamos hacia un futuro que aún no existe. No hay punto de apoyo. Solo movimiento.
Y, sin embargo, regulamos como si lo hubiera.
Diseñamos marcos normativos para un estado del mundo que ya empezó a cambiar cuando la tinta aún no se ha secado. Planificamos infraestructuras sobre proyecciones que caducan antes de amortizarse. Y medimos impacto con indicadores que describen mejor lo que fue que lo que es.
La tecnología, obsesionada con la precisión, intenta capturar ese presente. Sensores en tiempo real, algoritmos en milisegundos, sistemas "instantáneos". Pero todos operan sobre lo mismo: una versión retrasada del mundo. Miden lo que ya ocurrió. Procesan lo que ya cambió. Actúan sobre condiciones que ya se están desplazando.
Ese desfase —mínimo, pero inevitable— basta. Ahí nace la obsolescencia.
Porque todo sistema está diseñado sobre una fotografía del pasado inmediato. Y esa fotografía nunca coincide con el presente que pretende representar. Intentar fijarlo no elimina el problema: lo institucionaliza.
La obsolescencia no es una falla del progreso. Es su consecuencia natural. Pero tampoco es una virtud: es, en demasiados casos, el mecanismo mediante el cual se evita responder por lo que el progreso prometió y no entregó.
Se nos ha prometido que cada nueva generación tecnológica corrige a la anterior. Que el próximo estándar —5G, 6G o cualquier sigla en construcción— finalmente cumplirá lo que el anterior no pudo. Pero la evidencia apunta en otra dirección: las promesas no se cumplen, se reciclan.
Aquí es donde la narrativa choca con la gestión real. Con el tiempo, todo sistema se vuelve más complejo de lo que puede controlar. En tecnología, ese "desorden" tiene forma concreta: expectativas infladas, despliegues incompletos y casos de uso que nunca escalan. Cada nueva capa no resuelve esas tensiones: las redistribuye, las posterga… o las oculta mejor.
Así, lo que se presenta como evolución es, en realidad, una secuencia de ajustes inestables. Se promete velocidad, pero se entrega mejora marginal. Se promete transformación, pero se obtiene optimización incremental. Se promete cerrar brechas, pero lo que crece es la distancia entre acceso y uso real.
Como ha señalado Evgeny Morozov, el problema no es solo lo que la tecnología promete, sino lo que logra invisibilizar mientras promete. Es precisamente esa invisibilización la que permite vender la idea de que todo problema social o político tiene una solución tecnológica. Y son, casi siempre, quienes menos entienden la tecnología quienes más insisten en aplicarla.
La obsolescencia no ocurre porque la tecnología falle, sino porque el relato que la sostiene envejece más rápido que ella. Y cuando ese relato colapsa, el sistema necesita reiniciarse: nuevo estándar, nueva inversión, nueva promesa.
En ese sentido, innovar no es solo crear. Es gestionar el desencanto. Y el rol del regulador no es reconciliar promesas con resultados. Es impedir que las promesas se conviertan en reglas antes de que la realidad tenga oportunidad de contradecirlas.
Basta mirar lo que acaba de ocurrir en San Juan de la Maguana. Un proyecto minero con décadas de historia —concesiones que se remontan a 2005, exploración autorizada en 2010, estudios que se acumulan— llega al presente con una promesa conocida: desarrollo, empleos, progreso.
La tecnología ha mejorado, dicen. Ya no es como antes. Es subterráneo, es moderno, es responsable. Se presenta como "nuevo" para descalificar temores "viejos", particularmente los relacionados con el agua, como si la memoria ambiental fuera un defecto y no una advertencia.
Pero la provincia que produce el 60 % de las habichuelas del país no preguntó por la tecnología del método. Preguntó por el agua. Y, sobre todo, por su futuro.
Y esa pregunta tiene historia propia. En minas de oro del oeste de Estados Unidos, los costos de remediación ambiental post-explotación se estiman entre 3800 y 20 000 millones de dólares —pagados, en su mayoría, por los ciudadanos, no por las empresas—. En algunos casos documentados, lo que costó limpiar superó con creces lo que se extrajo. La empresa cierra. El pasivo queda. Y el tiempo —ese que la tecnología nunca logra detener— sigue corriendo, ahora en sentido contrario.
El pueblo de San Juan salió a las calles. El proyecto se detuvo. No porque la tecnología fallara, sino porque el relato que la acompañaba no resistió el escrutinio de quienes tienen que vivir con las consecuencias. Eso también es obsolescencia.
Hemos construido una civilización obsesionada con optimizar el presente, sin aceptar que el presente no es optimizable. Reducimos la latencia, aceleramos respuestas, anticipamos comportamientos… pero nunca dejamos de llegar tarde. Siempre un instante tarde. Y ese instante —por pequeño que sea— separa lo vigente de lo obsoleto.
El resultado es una economía de reemplazo permanente. No solo envejecen los dispositivos: envejecen las habilidades, los lenguajes, los criterios. Actualizarse deja de ser una ventaja y se convierte en una condición de supervivencia.
Para la política pública, el dilema es incómodo: ¿cómo regular lo que no dura lo suficiente para estabilizarse? ¿Y cómo evitar que la regulación misma se convierta en obsolescencia anticipada?
El futuro, en este contexto, deja de ser horizonte. Se convierte en una sucesión inmediata de sustituciones. El "mañana" ya no promete estabilidad; garantiza reemplazo. Y aun así, todo el sistema depende de una suposición frágil: que ese mañana llegará.
La obsolescencia es, en el fondo, un lujo. Solo existe en sistemas que asumen continuidad. Sin futuro, no hay nada que quede obsoleto. Pero tampoco hay progreso. Ahí está la ironía. Mientras más aceleramos, más dependemos de olvidar. Innovar implica descartar. Avanzar implica sustituir. Y hacerlo cada vez más rápido.
Detener ese proceso no es realista. Tampoco sería deseable. La pregunta no es si avanzar, sino con qué criterio.
Avanzar, sí. Pero asumiendo que toda solución es provisional. Diseñar sabiendo que será reemplazado. Pensar más allá del siguiente ciclo de inversión.
Y, llegado el momento, reconstruir. No como fracaso. Como método.
Porque reconstruir no es volver atrás. Es decidir qué merece seguir existiendo.
No es que la tecnología envejezca rápido. Es que el tiempo no le concede tregua.
El verdadero desafío no es acelerar más. Es atreverse a preguntar para quién se acelera. Porque en un sistema diseñado para olvidar, lo que se olvida primero no son los dispositivos. Son las promesas. Y las promesas, a diferencia de las máquinas, no tienen garantía de fábrica.
Referencias sugeridas
- San Agustín, Confesiones, libro XI.
- Evgeny Morozov, To Save Everything, Click Here.
- Martin Heidegger, Ser y tiempo.
- Heráclito, fragmentos sobre el devenir.
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