Leyendo a Joan Halifax, una antropóloga médica y psicoanalista que se dedica a estudiar las experiencias de los "estados límites", en su libro Al borde del abismo. En este libro encontré un exquisito trabajo hermenéutico sobre su experiencia empírica y reflexiones teóricas acerca de una mezcla no convencional, de ver donde pocos se interesan, por ser un ámbito en cierta forma tabú para los estudios occidentales, como son esas situaciones de catástrofe repentina —terremotos, guerras, huracanes y enfermedades terminales— y de cómo actuamos los humanos ante tales heridas físicas o morales.
Ella estudia esos estados liminares personales o del colectivo que, con sus acciones, pueden causar daños muy profundos a lo humano. Su trabajo no se queda solo en el enunciado; hace un análisis del territorio humano a nivel de las reacciones frente a la injusticia, la búsqueda para aliviar el sufrimiento, el dolor y el fracaso en esos pantanos que se presentan en algunos momentos de la vida.
Joan Halifax se enfoca en unir los ámbitos de la antropología, el psicoanálisis, la psicología, la filosofía y el budismo zen. Ella une diálogos interesantes entre las experiencias cognitivas, los estados límites frente a la muerte, las emociones y el sufrimiento que se producen en los bordes de la vida.
Este texto es un bocado de helado en tiempo de mucho calor. Es un libro de una mujer que ha mirado más allá de la academia y del simple pensar sobre las experiencias dramáticas a las que se enfrentan los humanos frente a gente que tiene hambre por destruir. Gente que solo abre sus fauces para dar dentelladas y revolotear como bestias hambrientas en su estado errático y quebrado de proceder frente al otro.
Ella observa y analiza a esa gente que necesita levantar una postura maliciosa en el paisaje desolado de la guerra. Observa a esos colectivos que se hacen mirar u oír por medios no tradicionales, sino ocultos, para atacar en grupo asumiendo el miedo y las mentiras sin evaluar si lo que se les dice es una realidad. Sin averiguar con detalles si lo que se les ha informado es solo parte de un pensamiento errático, una diferente percepción cultural o un estado de locura. Esos detalles residuales de la psique son muy comunes en personas atormentadas o simplemente que desean llamar la atención porque sus demandas no son atendidas adecuadamente. Proyectar sobre el otro es muy común en esos lugares de la psiquis donde existe el declive o la incapacidad de establecer los lindes de las cosas.
Este libro es un entusiasmo para cualquier lector que se interesa por la naturaleza y el comportamiento humano, ya que ofrece información y desvela que cuando se mira desde el borde, algunos pueden ver un profundo valle de comprensión, pero otros pueden caerse. Por tal razón es importante tener especial cuidado, porque hay comportamientos erráticos, caminatas en esos bordes que pueden hacernos resbalar, y un mal paso puede convertir la vida en una desolación psíquica.
En la búsqueda de respuestas que nos llevan al compromiso con nosotros, la familia, la comunidad y el planeta, se necesita actuar con sabiduría y consciencia, porque los jóvenes, los niños y los comunitarios no viven solos; son parte de un conglomerado al que necesitamos enseñar con prácticas de amor, cooperación, solidaridad, afectos, equilibrio, bondad y, sobre todo, amor.
En los bordes se encuentran los opuestos, porque solo puede aparecer el miedo, el sufrimiento, la vergüenza, la sensación de peligro y la desdicha en este pliego de salir corriendo, cuando se sabe que se ha actuado mal.
Hace mucho tiempo dijo Aristóteles que en Grecia se expulsaba de la ciudad a aquel que destacaba por ser inteligente o sabio, porque podía poner en peligro a aquellos que seguían la tradición o se movían con la sombra de la psiquis.
En los tiempos modernos sucede lo mismo con aquellos que son capaces de pensar por sí mismos, crear o proponer un estilo de vida basado en la compasión, el altruismo, la renuncia a la propiedad, sostenerse en una cultura del amor, el feminismo, el ecologismo y la propuesta de la no violencia. A esos seres se les proscribe, se les acosa, se les ataca y los convierten en indeseables.
En ese contexto del proscrito, dice la filósofa Chantal Maillard que es un indeseable político, un indeseable moral, por algo sencillo: su resplandor, ya que desvela lo oculto del otro, que es el miedo por lo que le impresiona o siente que podría ser un obstáculo a su conducta violenta, llena de aguas tóxicas por sus cualidades de vivir en estados límites.
La antropóloga nos dice que esas llagas contagian a muchas personas haciéndolas perder la capacidad de hacer una evaluación correcta sobre los otros.
Actuar de manera violenta y oculta, usar la mentira y reírte del otro, comportarte de manera violenta y tratar de hacer daños morales desemboca, para el que lo hace, en un colapso físico y psíquico, por un sencillo detalle: en la vida es imprescindible actuar con cinco cualidades que son necesarias para poder tener sanidad psíquica y física.
Esas cualidades son internas y universales, tales como: tener una vida compasiva, empática, altruista, con integridad, respeto por los otros y la implicación por el cuidado del otro. Al leerla me detuve un momento en la propuesta de lo compasivo como una necesidad para poder vivir, y es la esencia de la soberanía del bien.
Todos los seres humanos merecemos respeto; cada uno o una tiene la libertad de ser. Los actos frente a las reglas son colectivos, pero también somos individuos y tenemos derechos individuales.
Según las reglas de las sociedades occidentales, no vivimos en monarquías ni dictaduras, sino en una república. Si una persona no ha realizado actos que se puedan probar empíricamente que dañan moralmente a otro, físicamente a un individuo o a la sociedad misma, yo me pregunto, como la autora: ¿quién tiene el derecho de intentar dañar la moral de otro?, ¿de empecinarse en provocar ataques en grupos o a escondidas?
El ser diferente por ser poeta, escritora, feminista, antropólogo, psicoanalista, ecologista, cristiano y ácrata, o lo que se quiera ser como individuo, no tiene por qué implicar que no se respete a esa persona. Los bordes peligrosos de las personas son los que afectan las perspectivas de la desintegración negativa.
Todas las orillas del océano son las mismas, pero con formas y características diferentes según la orografía; pero lo que es igual es que toda orilla es un límite.
Yo soy de las que creen —y en eso acompaño a la doctora Joan Halifax— que hay que mantenerse en la orilla buena de la humanidad, y esa consiste en el profundo deseo de ponerme al servicio de la compasión, el respeto, la no violencia, el altruismo, la ternura, la amabilidad y el amor, porque esto me lleva a una orilla con paisajes llenos de clorofilas, sabiduría, amabilidad, humanidad básica, bondad, cooperación y un buen abrazo; pues todo eso nos lleva al equilibrio.
La propuesta de Joan Halifax es que nos miremos y actuemos con compasión y altruismo, dado que la expresión más saludable para el individuo o el colectivo es fortalecer al prójimo y a nosotros mismos con los valores del servicio, la bondad, el altruismo y el respeto por todo lo que existe sobre la tierra. Esta propuesta es muy provocadora, ya que implica una revolución desde el orden del beso y los abrazos. Una nueva era se aproxima y yo espero que sea bajo los principios de la no violencia.
Esta obra de la antropóloga Joan Halifax es un verdadero festín para los que creemos que son múltiples las historias y todas conducen a preguntarnos: ¿si esta forma de vida, tal como la conocemos, es la única opción que tenemos los seres humanos?
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