Uno de los problemas de por qué los partidos pierden las elecciones es porque el ejercicio del poder los va separando de sus votantes. No es lo mismo compartir los sentimientos y deseos de la gente desde el mismo terreno que desde el poder, donde se van asumiendo comportamientos que imponen la correlación de las obligaciones de la dirección del Estado. La gente busca al funcionario para solucionar sus problemas, ya no con el mismo sentimiento de las promesas y las esperanzas de cuando se busca el poder.

En las organizaciones políticas, la empatía suele invocarse en discursos, pero rara vez se convierte en práctica estructural. Y ahí está el problema: sin empatía real, la política se vuelve una maquinaria de consignas que pierde contacto con la gente que dice representar, pero es desde el poder donde se expresa con mayor fuerza.

La empatía política no es ser amable ni conectar en campaña; es comprender de forma honesta las condiciones de vida, las frustraciones y las aspiraciones de la ciudadanía, y dejar que eso moldee decisiones, prioridades y formas de actuar.

Primero, redefine la relación con la base social. Un partido empático no solo habla en nombre del pueblo; escucha activamente y corrige el rumbo cuando la realidad contradice su narrativa. Esto implica mecanismos permanentes de escucha: consultas, presencia territorial auténtica y canales abiertos que no se activen solo en elecciones.

Segundo, mejora la calidad de las decisiones. Cuando se gobierna o se legisla sin empatía, las políticas públicas tienden a ser técnicamente correctas pero socialmente desconectadas. La empatía introduce contexto, permite anticipar impactos reales, evitar medidas insensibles y priorizar lo urgente sobre lo conveniente.

Tercero, humaniza el liderazgo. El dirigente empático no se presenta como infalible, sino como responsable. Reconoce errores, explica decisiones y no se esconde detrás de tecnicismos. Esto fortalece la confianza, un activo escaso en la política actual.

Cuarto, reduce la polarización. La empatía no elimina las diferencias ideológicas, pero obliga a reconocer la legitimidad del otro. Un partido empático debate con firmeza, pero sin deshumanizar. En contextos tensos, esto puede marcar la diferencia entre conflicto y convivencia democrática.

Quinto, transforma la cultura interna. Muchas organizaciones políticas sufren de verticalidad, egos y desconexión entre dirigentes y militantes. La empatía interna —escuchar al compañero, valorar el trabajo de base, evitar el desprecio al disenso— fortalece la cohesión y la disciplina consciente, no impuesta.

Ahora bien, hay que decirlo sin rodeos: la empatía fingida es peor que la ausencia de empatía. El elector percibe cuando se le actúa cercanía, mientras las decisiones favorecen intereses particulares. Esa incoherencia erosiona la credibilidad más rápido que cualquier error puntual.

Para que la empatía sea real en una organización política, debe traducirse en prácticas concretas:

  • Diseñar políticas desde evidencia y experiencia ciudadana, no desde el interés personal o grupal.
  • Medir impacto social, no solo rentabilidad electoral o grupal.
  • Formar a dirigentes y militantes en comunicación y escucha activa.
  • Alinear incentivos internos con resultados sociales, no solo con cuotas de poder.

El partido que no entiende a su gente va perdiendo legitimidad. La empatía no es un lujo moral, es una necesidad estratégica. La empatía no puede ser un discurso, es una forma humana de ejercer el poder consciente de a quién se sirve. Y cuando esta falta, la política deja de ser representación para convertirse en desconexión.

Osiris Mota

Político

Soy Administrador, cooperativista, cofundador de Seguros Reservas, del Centro Asistencial del Automovilista y de Coop. Mano Solidaria, Consulto de Seguros ...

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