Las áreas protegidas constituyen espacios fundamentales para la conservación de la vida. Resguardan ecosistemas, biodiversidad, fuentes de agua y procesos ecológicos de los que depende nuestra existencia. Su importancia trasciende sus límites geográficos: contribuyen a sostener las condiciones ambientales que hacen posible la reproducción de la vida humana y de innumerables especies.
Protegerlas no es un gesto romántico ni una concesión a determinados grupos ambientalistas. Constituye una responsabilidad social, institucional e intergeneracional. Especialmente cuando la naturaleza enfrenta las presiones de un productivismo desbocado que tiende a convertir territorios, bosques, ríos y biodiversidad en recursos disponibles para su explotación económica, subordinando sus funciones ecológicas a resultados productivos inmediatos.
Pero las áreas protegidas no se defienden únicamente mediante leyes, vigilancia o sanciones. También necesitan una ciudadanía capaz de conocerlas, comprenderlas, valorarlas y asumir su defensa. Aquí adquieren singular importancia experiencias como la documentada por Miriam Mejía Campos en su publicación “El vuelo de nuestras palabras”, que recoge una visita colectiva a La Furnia del Río Gurabo, en la provincia Valverde.
La Furnia, declarada refugio de vida silvestre y patrimonio natural de la nación mediante la Ley 121-04, alberga ecosistemas de extraordinario valor. Su cañón, sus bosques y sus poblaciones de aves, particularmente la paloma turca, constituyen expresiones de una riqueza ecológica cuya protección responde a necesidades que exceden el disfrute paisajístico.

Paloma turca. Fotografía: Miriam Mejía Campos, 2026.
Sin embargo, lo especialmente significativo del reporte no reside solamente en las características naturales del lugar visitado, sino en la manera de organizar, compartir y transformar esa experiencia en conocimiento colectivo.
La iniciativa surgió de conversaciones comunitarias que, durante aproximadamente dos meses, fueron articulando voluntades mediante intercambios participativos. La visita, realizada el 18 de julio de 2026, reunió personas de distintas edades, incluyendo niñas y niños, alrededor de una experiencia compartida de acercamiento a la naturaleza.
El proceso comprendió preparación previa, búsqueda de información, coordinación de responsabilidades, recorrido acompañado de orientaciones ambientales y, posteriormente, una actividad de reflexión y creación literaria.
Esta secuencia encierra una enseñanza particularmente valiosa: el conocimiento ambiental no surge exclusivamente de recibir información, sino también de vivir experiencias, intercambiar observaciones, formular preguntas y elaborar colectivamente sus significados.
El reporte permite reconocer varias dimensiones de esta práctica. La primera es educativa. Los participantes conocieron aspectos de la biodiversidad, las características del refugio y las razones que justifican su preservación. La observación directa aportó una dimensión sensible difícilmente reproducible mediante explicaciones exclusivamente escolares.
La segunda es comunitaria. Organizar una visita colectiva exige conversar, coordinar, distribuir tareas y reconocer responsabilidades compartidas. En sociedades donde frecuentemente se debilitan los vínculos comunitarios, estas actividades pueden contribuir a reconstruir formas de cooperación y confianza.
La tercera es intergeneracional. El encuentro de niñas, niños, jóvenes y personas adultas alrededor de una experiencia común permite transmitir conocimientos, compartir sensibilidades y reconocer que la defensa de la naturaleza no corresponde exclusivamente a especialistas o instituciones ambientales.
Una cuarta dimensión, especialmente reveladora, es la expresión creativa. Después de la visita, los participantes transformaron sus vivencias en poemas, haikus, décimas, relatos y testimonios. La naturaleza dejó de ser solamente algo observado para convertirse en objeto de interpretación, emoción y palabra.
En esos escritos aparecen el asombro ante las palomas turcas, la belleza del bosque, el valor del agua, la tranquilidad del entorno y la preocupación por conservarlo. También emerge una relación afectiva con el territorio que puede constituir una base importante para desarrollar conciencia ambiental.
Esta experiencia adquiere particular relevancia cuando pensamos en las escuelas dominicanas.
Las excursiones escolares a áreas protegidas podrían integrarse sistemáticamente a procesos educativos que relacionen ciencias naturales, historia local, geografía, literatura y formación ciudadana. No se trataría de organizar visitas ocasionales para contemplar paisajes, sino de construir experiencias pedagógicas con preparación previa, observaciones orientadas y reflexiones posteriores.
Un grupo escolar podría investigar las especies presentes, comprender las relaciones entre agua, suelo, vegetación y fauna, examinar las amenazas ambientales existentes y producir narraciones, dibujos, fotografías o investigaciones breves sobre lo aprendido.
Así, el territorio se convierte en un espacio vivo de aprendizaje y la educación ambiental deja de limitarse a recomendaciones abstractas sobre no contaminar o sembrar árboles.
Pero existe una condición fundamental: estas actividades deben respetar las características ecológicas, las normas de conservación y la capacidad de acogida de cada espacio. Promover el conocimiento de las áreas protegidas no equivale a abrirlas indiscriminadamente a cualquier modalidad de aprovechamiento turístico o económico.
La experiencia recogida por Miriam Mejía Campos también invita a otra reflexión: conocer y apreciar la naturaleza no garantiza automáticamente su defensa, pero puede crear condiciones culturales y sociales para ejercerla.
En la medida que una comunidad comprende que un ecosistema constituye un patrimonio compartido, dispone de mayores posibilidades para cuestionar decisiones que comprometan su integridad, exigir responsabilidades institucionales y participar en su protección.
“El vuelo de nuestras palabras” muestra, desde una experiencia localizada y aparentemente sencilla, una posibilidad de alcance nacional: multiplicar encuentros cuidadosamente organizados entre comunidades, escuelas y áreas protegidas, vinculando sensibilidad, conocimiento, creación y responsabilidad colectiva.
Porque defender las áreas protegidas supone, finalmente, algo más profundo que conservar paisajes: significa reconocer que la vida no puede quedar subordinada indefinidamente a una lógica económica que desconoce los límites ecológicos de su propia reproducción.
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