Todas las metresas están ansiosas
Leí que a Johan Mijail se le dedicó un minuto de silencio en una biblioteca. Un minuto de silencio a modo de homenaje. ¿Silencio? ¿Merece Johan Mijail un minuto de silencio cuando precisamente su propia vida fue un andar pisando firme en la sonoridad de los pasos vitales que nos conforman? Imagino que a Johan le hubiera gustado más que un minuto de ruido y de irreverencia, un jolgorio de abrazos como sus amigas más íntimas le celebraron. Su presencia nunca fue silenciosa, sino como una especie de ortiga que cambiaba la ternura con la que la piel se habita por una irritación molestosa que salta a la vista y descoloca los ojos del público.
Johan murió y qué se va a hacer. Pudo caer bien o mal, ya da igual. Ahora lo que queda es la puesta en escena de nuestro performance: aparecerán los amigos imaginarios hablando de todas sus cualidades positivas y se creará una mitología de voces que se solapan ad náuseam como la confirmación de que la muerte nos revela a nosotros los vivos. Los muertos seremos una excusa para que los vivos se reafirmen a sí mismos.
La Lupe siempre lo supo
La presentación del dolor, la pérdida y la muerte como moneda de cambio, como mera transacción, como un mendigar de rostros redirigiendo la mirada hacia nosotros; la muerte como una proyección del relato que queremos construir donde estamos cada vez más cerca de una figura de un santo en La Atalaya; la muerte como un texto sin alma que se pronuncia sin riesgo y sin conflicto, que habita en lo efímero y se deshace como fue creado; la muerte en fin, como diría Eliseo Diego: «La muerte, en fin, es esa mancha en el muro que una tarde hemos mirado, sin saberlo, con un poco de terror»1.
Los escritores somos seres miserables, despreciables como ningún otro ser.
Estamos siempre esperando que algún amigo se muera para hacer de la experiencia literatura. Siempre estamos buscando algún tipo de reconocimiento incluso a costa de la muerte de los demás. Hace unos días murió Johan Mijaíl y desde entonces, las redes han sido un recordatorio que basta morirnos para que nos preste atención. Quienes nunca tenían tiempo para nosotros sacan una foto, escriben unas palabras y así se escribe también el conocido guión de la muerte donde todos nos volvemos personajes. Los cumpleaños y los velorios sirven para lo mismo.
He visto muchas publicaciones sobre Johan. Yo me abstuve de escribir nada porque ¿para qué? ¿para quién? ¿Qué se gana sino una migaja de buena voluntad hacia nosotros mismos? Esta incluso puede ser una de esas «migajas» que no van a hacer nada más que sacarme ese pelo de la lengua, esta incomodidad ante el teatro. Con cada publicación que veo sobre Johan me pregunto, ¿Le hubiera gustado? ¿Qué hubiera pensado Johan de esto? Un minuto de silencio también puede ser no decir nada si no hay nada que decir. Lo peor es que nadie espera nada de nosotros y aún así no podemos dejar pasar el momento intacto.
Cuando murió Gabina2, intuí con dolor precisamente eso: que la muerte se vuelve un teatro del absurdo donde todos queremos estar en el centro de la obra en miserable interpretación del propio dolor. El dolor como espectáculo. El dolor como previsión. Debord lo sospechó desde un principio. El dolor como contagio. El dolor como relato de nuestra humanidad.
Una vez, le dije a Johan que la poesía es personal y al segundo me respondió: «y lo personal es político». Así es Johan. Un silencio o un grito también son gestos poéticos y políticos.
—Claudio Mena
1 Fragmento del poema «Versiones», del poeta cubano Eliseo Diego.
2 Escribí un desahogo titulado «Poemas como fetiches sobre la muerte». Hay una línea muy cercana que toca este texto con el mismo mal sabor.
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