He tenido la oportunidad de ver de cerca al equipo del Departamento de Educación Técnico Profesional, y sé que detrás de cada iniciativa hay un esfuerzo constante por mejorar, innovar y hacer las cosas bien. Por eso llegué a su congreso con curiosidad y con la alegría de poder compartir una experiencia construida en alianza entre el DETP y AFS Intercultura.

Más allá de ese vínculo cercano, lo que encontré allí merece ser destacado con mayor amplitud.

El congreso, titulado "El horizonte de la Educación Técnico Profesional: Una mirada desde las buenas prácticas educativas y el sector productivo", no fue un evento más. Fue, en muchos sentidos, una demostración concreta de que en la educación pública dominicana están ocurriendo cosas que merecen ser vistas, comprendidas y sostenidas.

Lo primero que llamó mi atención fue la calidad de la organización. No se trataba únicamente de un programa bien estructurado, sino de una ejecución alineada con estándares que fácilmente podrían encontrarse en espacios internacionales. Puntualidad, claridad en los objetivos, coherencia entre los paneles y una logística pensada para facilitar el aprendizaje.

Pero más allá de la forma, lo verdaderamente relevante estaba en el fondo.

Directores, técnicos y docentes compartían experiencias concretas, implementadas en centros educativos del país, que evidencian innovación, adaptación al contexto y una clara orientación a resultados. No eran ideas en papel. Eran prácticas en marcha.

Uno de los ejemplos que más me llamó la atención fue el programa de reforzamiento académico del Politécnico Loyola. Sus resultados no solo son medibles, sino que reflejan algo más importante: una decisión institucional de no conformarse con el punto de partida de los estudiantes, sino de trabajar activamente para elevarlo. Ese tipo de iniciativas es clave si hablamos en serio de movilidad social.

Este rigor organizativo no es casualidad; se traduce en oportunidades reales.

Una de ellas fue la experiencia intercultural en Guatemala en la que participaron jóvenes de politécnicos del país, seleccionados a través de sus distritos educativos, en el marco de la alianza entre el DETP y AFS Intercultura.

Lo más relevante no fue el viaje en sí, sino quiénes viajaron.

No se trata de una élite educativa tradicional, sino de estudiantes del sistema técnico profesional que, gracias a un proceso estructurado, accedieron a una experiencia internacional que amplió su mirada y elevó sus aspiraciones.

Para entender por qué esto es tan importante, hay que reconocer una realidad del mercado actual: la formación técnica por sí sola ya no es suficiente. Las empresas valoran cada vez más las llamadas competencias globales o habilidades del siglo XXI, como la comunicación, la adaptabilidad, el trabajo en equipo y la capacidad de interactuar en contextos diversos. Sin estas capacidades, el conocimiento técnico queda incompleto.

Ahí es donde experiencias como esta marcan una diferencia.

Hoy no basta con formar buenos técnicos. Necesitamos personas que entiendan el entorno en el que van a trabajar.

Esa combinación, técnica más habilidades humanas, es la que permite que un joven no solo consiga empleo, sino que pueda crecer, adaptarse y generar valor en distintos espacios. Y es también la que convierte a la educación técnica en una verdadera herramienta de movilidad social.

Lo que se presentó en el congreso confirma que no estamos frente a casos aislados, sino ante señales de un sistema que, en ciertos espacios, está aprendiendo a hacer las cosas bien.

La educación técnico profesional tiene ahí una oportunidad estratégica. Su vínculo con el sector productivo y su enfoque práctico la posicionan como una vía real de desarrollo. Pero para que ese potencial se materialice, es necesario seguir integrando experiencias que amplíen horizontes y fortalezcan capacidades más allá del aula.

Sería un error, sin embargo, caer en el entusiasmo sin matices. Estos avances siguen siendo frágiles. Dependen del compromiso de equipos que han decidido hacer las cosas bien, de la continuidad de políticas públicas y de la capacidad de escalar lo que hoy funciona.

El riesgo es claro: que estas buenas prácticas se queden como excepciones.

Por eso, la pregunta no es si podemos hacerlo. La evidencia muestra que sí. La pregunta es si estamos dispuestos a sostenerlo.

Sostener implica invertir, pero también reconocer, aprender y replicar. Implica asumir que la educación técnica no es una opción secundaria, sino un pilar del desarrollo nacional.

Lo que vi en ese congreso no fue perfecto, ni pretende serlo. Pero sí fue suficiente para confirmar algo que a veces olvidamos: en la República Dominicana hay talento, hay capacidad y hay gente haciendo las cosas bien.

La tarea ahora es no perder de vista esas señales, sino convertirlas en camino.

Porque cuando la educación técnica funciona, no solo entrega un título: entrega las llaves de un futuro que, hasta ayer, parecía cerrado.

Pablo Viñas Guzmán

Educador, gestor cívico

Pablo Viñas Guzmán es director ejecutivo de AFS Intercultura en República Dominicana, gestor cívico y educador. Desde esa posición lidera programas de intercambio educativo, formación de jóvenes líderes, cooperación intersectorial y participación ciudadana. Es líder de GivingTuesday en República Dominicana y forma parte de su red global, además de presidir la Junta Directiva de Alianza ONG y participar activamente en otros espacios de articulación del sector social. Ha sido consultor y conferenciante en diplomacia pública, educación global, voluntariado internacional y fortalecimiento institucional en América Latina, Europa y Asia. Ha diseñado y ejecutado programas con el apoyo de agencias de cooperación y organismos internacionales, y ha colaborado con iniciativas de la Unión Europea, WINGS y otras plataformas en la consolidación de ecosistemas filantrópicos en el Caribe. Cuenta con formación en Derecho, Negocios Internacionales, Liderazgo Cívico y Diplomacia, y es egresado del Programa Executivo en Estrategia de Impacto Social e Innovación de la Universidad de Pensilvania.

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