I. SIN INSTITUCIONES, NO AVANZAREMOS

La revelación del estudio realizado por el Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH), a través de su Centro de Asesoría y Promoción (CAPEL), viene a revelar lo que todos sabemos en relación con la aceptación que tiene la sociedad de las instituciones políticas y de aquellas vinculadas con la gobernanza social. El 75 % de la población votante cree en la democracia, pero difiere sobre la aceptación y confianza en el sistema partidario. Esto resalta una contradicción, porque la democracia sólo es posible con la existencia de los partidos políticos como base de la gobernanza.

Una de las principales causas del descreimiento de la población hacia las instituciones, y sobre todo hacia los partidos, ha sido el exceso de ofertas y promesas y el incumplimiento de estas. Esto ha venido alejando a los ciudadanos de la participación política y provocando una pérdida de confianza, dejando a las organizaciones llenas de individualistas y populistas, lo que va en detrimento de la calidad de los partidos, que terminan buscando solamente el poder y no el servir.

La crisis de los partidos puede ser también parte de una crisis más amplia de la sociedad, en la que los líderes sociales y políticos tienen una cuota de responsabilidad.

Cuando disminuyen las asociaciones comunitarias, sindicales, culturales, religiosas, deportivas, profesionales y vecinales, disminuyen también los espacios donde las personas aprenden a cooperar y a resolver problemas colectivamente. Esos espacios se han ido perdiendo y los que quedan están contaminados por los intereses particulares.

II. CAPITAL SOCIAL Y POLÍTICAS PÚBLICAS

No hace falta que todos los políticos sean corruptos. Basta con que exista la percepción de que algunos utilizan el Estado para beneficio personal, familiar o partidario. La OCDE identifica precisamente la integridad, la transparencia, la rendición de cuentas y la eficiencia como factores fundamentales de la confianza.

Los partidos no han logrado mantener la conexión con la comunidad, y menos aún cuando llegan al gobierno. Empeñados en mantener privilegios personales, algunos funcionarios no se dedican a hacer políticas públicas diseñadas en conjunto con la comunidad a la que le ofrecieron el cielo y la tierra, con lagos y peces.

Pero más importante aún es que los partidos han dejado de ser instituciones con principios y valores que les den la fortaleza y la capacidad de transformar la sociedad, porque se han olvidado de crear ciudadanía: ciudadanos capaces, eficientes, con ideas sociales; es decir, de crear el capital social necesario para diseñar, crear e implementar políticas públicas.

Si los partidos han dejado de ser escuelas de ciudadanía y se han convertido exclusivamente en máquinas electorales, pierden precisamente la función que Tocqueville consideraba esencial para la democracia. Un partido democrático no solamente debe preparar candidatos para ganar elecciones; debe preparar ciudadanos para gobernar. Es decir, desde la oposición, los partidos deben seguir fortaleciendo y desarrollando la gobernanza social para el bien común.

III. LA RELACIÓN CON EL CAMBIO

Ante el afán populista de las direcciones de los partidos y su desconexión con la gente, estos no han evolucionado, un factor que también influye en mantenerlos alejados de la sociedad, en un mundo presa de la tecnología y de las redes sociales que han cambiado la relación entre el ciudadano y el político.

Antes, el político tenía a los periódicos, la radio y la televisión como intermediarios. Hoy, cualquier ciudadano puede cuestionarlo directamente. Eso democratiza la comunicación, pero también ha creado una política basada muchas veces en la reacción inmediata, la indignación y el espectáculo, en lugar de la reflexión y las políticas públicas sometidas al debate colectivo.

La gente se ha refugiado en su individualidad. Hoy tiene menos relevancia la convivencia social presencial, refugiándose en las alternativas que ofrecen la tecnología y las redes sociales.

Los partidos tienen un reto por delante si no quieren seguir disminuyendo su influencia. Deben buscar la forma de ganar la confianza y, para ello, van a necesitar hacer cambios en su modo de actuar. Recuperar la confianza no será un ejercicio fácil, ni rápido ni simple. Es más complejo de lo que creen sus direcciones políticas.

La participación de los sectores y de la comunidad no depende solamente de que los escuchen; requiere que los involucren en las acciones y en la toma de decisiones.

Un partido democrático originalmente debería cumplir varias funciones:

Educar políticamente → organizar a la ciudadanía → interpretar sus necesidades → formar dirigentes → presentar propuestas y proyectos → administrar el Estado cuando recibe el mandato → escuchar a los sectores → rendir cuentas, asumiendo su compromiso y responsabilidad de transformar la sociedad en beneficio del bien común.

El futuro de los partidos democráticos no dependerá solamente de que sepan ganar elecciones. Dependerá de que sean capaces de recuperar la confianza de la sociedad, demostrando que la política puede volver a ser una forma organizada de servir al pueblo.

IV. INSTITUCIONES FUERTES

Nuestros partidos sufren la debilidad a la que se han sometido en muchas circunstancias frente a los poderes fácticos, y han actuado con dobleces como producto del financiamiento de sus campañas. Esto ha contribuido a su debilitamiento como instituciones, degradando también aquellas a las cuales dirigen, lo que ha sido uno de los mayores fracasos y una de las principales causas de la pérdida de confianza de la sociedad.

Thomas Friedman sostiene en su libro Gracias por llegar tarde que las instituciones políticas y económicas robustas son el sistema operativo fundamental de una sociedad, y que la velocidad actual de la tecnología y el cambio climático —los «superpoderes» de nuestra era— está superando la capacidad histórica de esas instituciones para adaptarse.

Para él, contar con buenas instituciones —como un poder judicial independiente, regulaciones transparentes, sistemas educativos de calidad y gobiernos estables— constituye una diferencia crítica entre los países que logran prosperar con la innovación y aquellos que se quedan rezagados o colapsan en el desorden.

Daron Acemoglu y James A. Robinson sostienen en su obra Por qué fracasan los países que la causa fundamental de que un país prospere o fracase no es la geografía, la cultura o la ignorancia de sus líderes, sino sus instituciones económicas y políticas.

En su obra, dividen las instituciones en dos tipos:

Instituciones inclusivas: aquellas que protegen los derechos de propiedad privada, garantizan un Estado de derecho predecible, permiten una amplia participación en la economía, fomentan la innovación y abren el juego político a la competencia. Son el motor del crecimiento sostenido.

Instituciones extractivas: aquellas diseñadas para concentrar el poder y la riqueza en manos de una élite reducida, limitar la participación ciudadana, bloquear la competencia económica y apropiarse del esfuerzo de la mayoría. Son la causa directa de la pobreza y el estancamiento.

Para los autores, el desarrollo económico depende de un círculo virtuoso en el que las instituciones inclusivas generan prosperidad y limitan el poder político, mientras que el fracaso nacional se explica por círculos viciosos en los que las élites extractivas bloquean cualquier intento de cambio institucional para mantener sus privilegios.

Francis Fukuyama ha insistido en la importancia de las instituciones, la confianza y el capital social.

Una democracia no puede funcionar adecuadamente si las instituciones son débiles y los ciudadanos consideran que las reglas se aplican de manera diferente dependiendo de quién tenga el poder.

De ahí surge una cuestión fundamental:

No basta con tener instituciones democráticas; hay que conseguir que los ciudadanos confíen en que funcionan.

La crisis de los partidos no se resuelve solamente cambiando dirigentes. Se resuelve recuperando la función social, educativa, ética y representativa de la política, creando capital social y promoviendo políticas públicas inclusivas.

Si el partido no forma militantes para servir, termina formando personas para conquistar posiciones.

Y entonces ocurre exactamente lo que estamos analizando: el ciudadano deja de ver al partido como instrumento de transformación social y comienza a verlo como instrumento de poder, perdiendo la confianza en la sociedad.

Osiris Mota

Político

Soy Administrador, cooperativista, cofundador de Seguros Reservas, del Centro Asistencial del Automovilista y de Coop. Mano Solidaria, Consulto de Seguros ...

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