La ciudad y los perros, primera novela de Mario Vargas Llosa, ganadora del Premio Biblioteca Breve 1962 y luego, en 1963, el Premio de la Crítica Española, refleja, entre otras cosas, sueños truncos, conflictos, machismo, violencia, así como utopías desvanecidas de jóvenes cadetes internos en el Colegio Militar Leoncio Prado, cuya atmósfera, enrarecida y tensa, habría de ser poco más que espesa y brumosa.

En dicho centro educativo, de muy estricta disciplina, apenas se podía respirar olores nauseabundos.

Sus constantes peleas, chismes, incomprensiones, delaciones y desavenencias lo mantenían en extrema zozobra.

Para sobrevivir en el Leoncio Prado, era indispensable cumplir normas establecidas y, sobre todo, ser valiente, con buena defensa y pelear en cualquier circunstancia por engorrosa que fuese.

El Jaguar, personaje agresivo y desalmado, incidió, de manera determinante, para que sesgaran la vida del Esclavo, el cual habría robado un examen de Química. Por tal motivo, Cava sería expulsado del Colegio Leoncio Prado.

En verdad, los sujetos de espíritu frágil y pusilánime, aunque lo quisiesen, no podían soportar la furia huracanada del referido centro.

En La ciudad y los perros se pueden leer estas reveladoras palabras:

"(…) Hay que defenderse, hombre precavido vale por dos, que los imaginarias vayan a la pista de desfile y vigilen. Apenas se acerquen, griten para que salgamos. Preparen proyectiles, enrollen papel higiénico y ténganlo apretado en la mano, así los puñetazos parecen patada de burro".

Esas órdenes del Jaguar fueron escuchadas atentamente por sus seguidores.

Además de eso, Vargas Llosa habría escrito bellas palabras, impregnadas de frescura y fuerte aliento poético:

"Cuando el viento de la madrugada irrumpe sobre la Perla, empujando la neblina hacia el mar y disolviéndola, y el recinto del Colegio Militar Leoncio Prado se aclara como una habitación colmada de humo cuyas ventanas acaban de abrirse, un soldado anónimo aparece bostezando en el umbral del galpón (…)".

Entre otras tantas, esas palabras, precisas, claras y poéticas, matizan el discurso narrativo de Vargas Llosa y lo tornan interesante.

La parte final de la novela, en verdad, no podía ser mejor:

—¿Vas a seguir en lo mismo? —dijo el Jaguar. —Quiere decir robando —el flaco Higuera hizo una mueca—. Supongo que sí. ¿Sabes por qué? Porque la cabra tira al monte, como lo decía el Culepe. Por ahora me convendría salir de Lima. —Yo soy tu amigo —dijo el Jaguar—. Avísame si puedo ayudarte en algo. —Sí puedes —dijo el flaco—. Págame estas copas. No tengo ni un cobre".

Con ese interesante diálogo termina La ciudad y los perros, no sin dejar algunas interrogantes en el pensamiento, la razón y la conciencia de los lectores.

En verdad, La ciudad y los perros es una novela maestra, no solo de América Latina, sino, también, del mundo.

Su discurso narrativo, poético y filosófico está visiblemente entretejido con la frescura tierna de la imaginación creativa y las conceptualizaciones inmanentes y trascendentes del pensar del pensamiento estimulado con los sueños lúdicos de la conciencia y la razón mediada por la cordura y la virtud de la prudencia.

Diríase que en La ciudad y los perros se observa una atmósfera densa, lúgubre y cargada de hostilidades, incomprensiones, desavenencias y conflictos, azuzados por la inmadurez y caprichos de jóvenes obsesionados con el deseo lujurioso, obnubilado y absurdo de dominar y controlar.

Por tal razón, en vez de un centro de formación, el Leoncio Prado se convertiría en un escenario de tensas y dolorosas convivencias, con rupturas e intereses encontrados, cargado de odios y rencores. De ahí que las peleas, insolencias, agresiones y temores estuviesen a la orden del día.

Dicha situación nunca mejoró. Al contrario: empeoró más aún por los encarnizados enfrentamientos entre jóvenes sesgados por la pasión airada de la rebeldía, la falta de cordura y sensatez.

En lo esencial, se pudiera decir que La ciudad y los perros es una novela finita y realista, sujeta a distintas lecturas y exégesis interminables no solo desde el horizonte inmanente, sino trascendente.

Ello, de por sí, sustancializa su esencia onírica trémula, quizás, más allá del mundo de vida y lingüisticidad postulado por Jürgen Habermas. Por tal motivo, su trasfondo metafórico y subliminal denota una retahíla de significados y significantes, estrechamente cohesionados con la extrañeza fantástica de la ficción y la crudeza de lo óntico.

Por lo referido, no sería arriesgado decir que La ciudad y los perros es una novela mediada por los juegos tensos e intensos del lenguaje. De ahí que su ser proyecte la fuerza seductora de la imaginación y la razón poética, condicionada por intuiciones volitivas, la sabiduría de los diálogos platónicos y valiosas enseñanzas de la mayéutica socrática.

Por tanto, en caso de que eso fuese ignorado, no habría posibilidad alguna de comprender, en su justa dimensión, el contenido y la forma de La ciudad y los perros; tampoco sería factible desarmar todo su engranaje técnico, filosófico, literario y discursivo.

De más en más, cabría subrayar que el hilo argumental de dicha novela no solo revela la belleza lírica de la poesía, sino, también, el trasfondo filosófico y existencial que revitaliza sus proyecciones lúdicas y distantes de la memoria desmemoriada por prejuicios ancestrales.

García Márquez, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Alejo Carpentier y Javier Cercas, entre otros, coinciden en que La ciudad y los perros es una obra maestra, de gran innovación técnica, con monólogo interior, saltos temporales, estructura compleja, escenas poco más que interesantes y personajes bien definidos.

En su magnífico ensayo "Mario Vargas Llosa Palabras en el mundo", Alonso Cueto escribiría:

"A pesar de la violencia y sordidez de sus escenarios, La ciudad y los perros es una novela optimista. En cierto sentido sus personajes se convierten en héroes que por momentos esbozan sus deseos de ser dignos a pesar de estar inmersos en un universo corrompido".

"Todos resultan víctimas de un sistema que no tiene rostro". Su raigambre romántica —continúa diciendo— es clara. La novela es un homenaje a los individuos en eterna capacidad de rebeldía".

En carta fechada el 25 de julio de 1964, Carlos Fuentes comunicaría a Vargas Llosa lo siguiente:

"Buñuel está enloquecido con La ciudad y los perros. Dice que es una de las mejores novelas que ha leído en su vida (…)".

García Márquez escribiría varias misivas a Vargas Llosa. En una de ellas, del 11 de enero de 1966, le haría saber que:

"El productor de cine Antonio Matouk está entusiasmado con la idea de hacer en el Perú La ciudad y los perros, dirigida por Luis Alcoriza. Luis, como yo, es un gran admirador del libro y cree que puede hacer de él una cosa estupenda, contando, además, con tu colaboración en el guion".

Además de tan magnífica información, Carlos Granés, admirable ensayista colombiano, sobre La ciudad y los perros habría dicho:

"Yo la leí por última vez en noviembre y la encontré tan actual, tan vital, que el paso del tiempo no ha hecho mella. Sigue siendo excelente, sigues haciéndote la misma pregunta, quién mató al Esclavo (…)".

Sin duda alguna, esa brillante y atinada consideración resulta estimulante para leer y releer, con reposada calma y no sin espíritu crítico, La ciudad y los perros. Debería ser así, para seguir realizando cada vez nuevas interpretaciones sobre la obra y, sobre todo, disfrutar de su magia encantadora.

Joseph Mendoza

Joseph Mendoza. Comunicador social y filósofo con postgrado en Educación Superior, obtenidos en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Magister en filosofía en un Mundo Global en la Universidad del País Vasco (UPU) y la UASD. Además, es profesor de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Tiene varios libros, artículos y ensayos publicados y dictados conferencias en la Academia de Ciencias de la República Dominicana.

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