Mujeres africanas y afrodescendientes tejiendo el puente definitivo
Llegué a Bogotá con los pies cargados de la tierra del sur. Vengo de Palmarito Barahona, de la región Enriquillo, llamada así en honor a ese cacique que se alzó en las montañas de Bahoruco y le plantó cara al imperio. Vengo de una tierra que antes de que los mapas la bautizaran con nombres de santos y de metropolitanos, se llamaba Kiskeya, Ayiti, Bohío. Tres nombres para una misma isla, tres memorias que laten bajo el asfalto y los discursos oficiales.
No vine sola. Traje conmigo a Anacaona, la mujer aguerrida que enfrentó a los colonizadores con la palabra y con el cuerpo, hasta que la colgaron en la horca, pero nunca bajó la cabeza. Traje a los taínos que fueron explotados, violados, saqueados, exportados y exterminados, porque también ellos son parte de nuestra memoria —dieron pelea, pero las enfermedades, la ambición, las armas y los engaños pudieron con ellos. Traje a las mujeres cimarronas que fundaron empalizadas en las montañas de mi isla y más recientemente resisten en las comunidades y bateyes, a las abuelas que cocinaron resistencia en cada fogón de tres piedras, a las madres de la diáspora que nunca dejaron de mirar hacia el otro lado del Atlántico. Vine porque en esta ciudad, en el marco del Foro CELAC–Unión Africana, estaba ocurriendo algo que mis ancestras habrían celebrado con tambores y alabanzas: por primera vez, mujeres africanas y afrodescendientes nos sentábamos a construir una alianza estratégica de igual a igual, sin intermediarios, sin tutelajes, sin que nadie nos contara nuestra propia historia.
El Encuentro Estratégico de Alto Nivel "Alianza Estratégica entre Mujeres Africanas y Afrodescendientes" no fue un evento paralelo más en la agenda diplomática. Fue un acto fundacional. Una declaración de existencia política en un mundo que aún nos nombra como víctimas, como folclore o como estadística. Nosotras llegamos como protagonistas. Llegamos desde África, desde América Latina, desde el Caribe, con la certeza de que sin nosotras no hay memoria, y sin memoria no hay futuro posible para ningún proyecto de integración regional.
La historia que nunca nos contaron
Durante siglos, nos enseñaron que el Caribe comenzó con la llegada de Colón. Que los pueblos originarios desaparecieron sin dejar rastro. Que los africanos llegaron como esclavos y aquí se quedaron, resignados, sin historia propia. Nos contaron una historia lineal, de conquistadores y conquistados, de amos y siervos, de memoria al olvido.
Pero nosotras, las mujeres, tejimos otra historia.
Porque en mi isla, antes de que se llamara República Dominicana y Haití, fue Kiskeya ("madre de todas las tierras"), fue Ayiti ("tierra de altas montañas"), fue Bohío ("casa de los taínos"). Allí, en el sur fecundo que me vio nacer, Anacaona cantó areítos mientras tejía la resistencia. En las montañas de Bahoruco, Enriquillo sostuvo por más de una década la rebelión indígena más larga del Caribe. Y cuando la trata transatlántica impuso el comercio de personas libres que fueron esclavizadas, mis ancestras africanas llegaron a esa misma isla y dijeron: aquí no se acaba nada. Aquí se multiplica la resistencia.
En las cocinas de las haciendas, en los patios de los quilombos, en los solares de las comunidades cocolas y en todas las formas de existir en los barrios, lomas y bateyes de Barahona donde se sembró la caña con sudor de esclavizados, las mujeres afrodescendientes mantuvimos viva la conexión con África. Cada plato de mangú, cada tambora que toca palos, en las maracas, en el ritmo, cada palabra heredada con sabor a coco, cada novena rezada en la noche, fue un puente tendido por encima del océano. Y ese puente nunca se rompió.
Hoy, en el siglo XXI, nos encontramos para declarar que la reunificación entre África y su diáspora no es un anhelo romántico, sino una necesidad geopolítica. Por eso este encuentro se realiza en el marco del Foro CELAC–Unión Africana. Porque la integración entre nuestros continentes no puede seguir siendo un asunto de cancillerías que nos miran como objetos de cooperación, cuando somos sujetos políticos de transformación.
Sin poder no hay transformación
La primera mesa del encuentro llevó por título "Mujeres en el poder: liderazgo político, democracia y transformación institucional". Y allí, entre voces que venían de Angola, de Brasil, de Colombia, de Costa Rica, se dijo algo contundente: la democracia en América Latina y en África no será plena hasta que las mujeres africanas y afrodescendientes ocupemos los espacios donde se toman las decisiones.
Porque hemos sido siempre la base social, el sostén de los movimientos, el tejido comunitario, pero cuando se reparten los cargos, cuando se diseñan las políticas públicas, cuando se negocian los acuerdos internacionales, nuestras voces brillan por su ausencia. No es falta de capacidad. Es racismo estructural. Es patriarcado colonial. Es violencia política que se ensaña con nosotras cuando nos atrevemos a ocupar el lugar que nos pertenece.
Escuché a Epsy Campbell Barr recordarnos que ella fue la primera mujer afrodescendiente en llegar a una vicepresidencia en Costa Rica, y que cada paso fue una batalla contra la invisibilización y el racismo cotidiano. Escuché a representantes de movimientos políticos africanos contar cómo las mujeres están siendo perseguidas por exigir participación en los espacios de decisión. Y entendí que nuestra lucha es una sola, aunque los contextos sean distintos.
Justicia histórica: reparar no es caridad, es deuda
La segunda mesa abordó el tema incómodo, el que la diplomacia tradicional prefiere postergar: "Justicia histórica y reparaciones: una agenda transformadora con enfoque de género".
Porque las desigualdades que hoy padecemos —la pobreza desproporcionada, el acceso desigual a la tierra, la educación, la salud, la justicia— no son accidentes del mercado ni carencias de desarrollo. Son consecuencias directas de procesos históricos: la esclavización masiva, el colonialismo, el racismo estructural que se reconfigura en cada época.
Y si hay algo que nosotras, las mujeres, sabemos bien, es que el racismo no nos golpea igual que a los hombres. El impacto diferenciado en nuestros cuerpos, en nuestras maternidades, en nuestro trabajo de cuidado históricamente no remunerado, en la violencia sexual que fue arma de guerra y herramienta de dominación colonial, exige una agenda de reparaciones con enfoque de género. No como un anexo, sino como el corazón de la propuesta.
En esa mesa se dijo con claridad: las reparaciones no son caridad. Son deuda. Y no se trata solo de reconocimiento simbólico, aunque el reconocimiento importa. Se trata de transferencia de recursos, de políticas públicas transformadoras, de participación efectiva de las mujeres afrodescendientes en el diseño de las reparaciones, de fondos internacionales para justicia racial que lleguen directamente a las comunidades.
Guardianas de la memoria: el territorio sagrado
Moderar la mesa 3, "Guardianas de la memoria: historia, identidad y construcción de futuro", fue para mí un honor que no puedo desligar de mi propia historia. Porque vengo de una tierra donde la negritud fue sistemáticamente negada, donde los libros de texto hablaban de "los africanos traídos" como si no hubieran sido personas con nombre, con dioses, con culturas. Vengo de una tierra donde las mujeres de mi familia mantuvieron encendido el fogón de la identidad mientras el discurso oficial nos decía que éramos "indios" o "españoles" o cualquier cosa antes que africanas.
Junto a Sueli Santos Conceição, desde Brasil, y Diop Ndeye Binete, desde Senegal, nos sentamos a tejer conversaciones sobre lo que significa ser guardiana de la memoria en un mundo que nos invita al olvido. Sueli nos habló de las pretas velhas que en los quilombos de Brasil transmitieron saberes curativos y estrategias de resistencia. Diop nos trajo la palabra desde las costas senegalesas, desde la isla de Gorea, desde los lugares de partida, recordándonos que África no es un museo del sufrimiento, sino un continente de presente y futuro.
Yo traje la memoria del sur de mi isla. Traje a Enriquillo, el rebelde de Bahoruco, cuya gesta nos enseña que la resistencia no se rinde. Traje a Anacaona, la mujer aguerrida que enfrentó a los colonizadores con la palabra y fue colgada por atreverse a construir paz en sus propios términos. Traje a las cimarronas que en los palenques de la isla preservaron las lenguas africanas y las espiritualidades. Porque la memoria en mi tierra no es solo africana: es también taína, es cimarrona, es una trenza de resistencias que el colonialismo intentó deshacer y que nosotras seguimos tejiendo.
La frase central de nuestra mesa resonó en cada intervención: "Las mujeres afrodescendientes han sostenido la memoria de nuestros pueblos; esa memoria es la raíz desde la cual construimos nuestro futuro".
Porque la memoria no es nostalgia. La memoria es poder. Quien controla la narrativa histórica controla las posibilidades del futuro. Y nosotras, las mujeres negras, hemos sido durante siglos las narradoras alternativas, las que conservaron las lenguas africanas en los rituales religiosos, las que mantuvieron los nombres de los ancestros en las genealogías orales, las que convirtieron el dolor en canto, la opresión en resistencia cultural.
Hoy, en el marco del Segundo Decenio Internacional de los Pueblos Afrodescendientes, reivindicamos ese papel como fundamento para las políticas educativas, para la construcción de museos y espacios de memoria, para la inclusión de la historia afrodescendiente en los currículos escolares de América Latina y África. Porque sin memoria histórica, cualquier proyecto de integración entre nuestros pueblos será frágil, será superficial, será condenado a repetir los patrones de colonialismo cultural.
Economía y futuro: autonomía para sostener la vida
La cuarta mesa miró hacia el horizonte con los pies en la tierra: "Construyendo el futuro: cooperación África-diáspora y alternativas económicas para las mujeres africanas y afrodescendientes".
Porque no basta con el reconocimiento político ni con la memoria cultural si no resolvemos el problema estructural de la autonomía económica. Las mujeres africanas y afrodescendientes seguimos siendo las más pobres entre los pobres, las que menos acceden al crédito, las que más trabajan en la economía informal, las que sostienen familias enteras con salarios de miseria.
Pero también somos las que estamos construyendo alternativas. Redes de cooperación económica sur-sur, emprendimientos liderados por mujeres, cooperativas de economía solidaria, plataformas de comercio justo entre África y América Latina. En esa mesa se habló de la economía cultural como motor de desarrollo: las industrias creativas afrodescendientes —moda, música, gastronomía, arte— son un sector estratégico que puede generar empleo digno y riqueza para nuestras comunidades, si se acompaña con inversión, con políticas públicas, con acceso a mercados internacionales.
La frase central de esta mesa fue una declaración de principios: "La autonomía económica de las mujeres africanas y afrodescendientes es una condición indispensable para la libertad, la dignidad y el desarrollo de nuestras sociedades".
El acto de reconocimiento: el abrazo que nombra
El momento más conmovedor del encuentro llegó cuando se realizó el Acto Especial de Reconocimiento. Seis mujeres africanas y afrodescendientes fueron honradas por su liderazgo, visión y compromiso con la justicia racial, la democracia y la dignidad de nuestros pueblos. El reconocimiento principal fue para la vicepresidenta de Colombia, Francia Márquez.
Verla allí, de pie, recibiendo el homenaje de sus pares, fue como ver materializado el sueño de muchas generaciones. Una mujer negra, nacida en la minería artesanal del Cauca, defensora de la vida y del territorio, líder comunitaria que desde abajo construyó un liderazgo que hoy ocupa la segunda magistratura de su país. Francia no es un símbolo abstracto. Es la prueba de que cuando las mujeres negras nos organizamos, cuando nos atrevemos a ocupar el poder, transformamos la política desde su raíz. Ella lo dijo en su discurso: "Nosotras no venimos a pedir permiso. Venimos a reclamar lo que siempre nos ha pertenecido: la dignidad, la justicia y el derecho a decidir sobre nuestros propios cuerpos, territorios y futuros".
A su lado, las otras cinco recibieron también el abrazo colectivo. Myriam Taylor, activista e innovadora social lusitana, cofundadora de MUXIMA, por su incansable trabajo en la construcción de representación negra y equidad de género. Rosario Lozano, enfermera y sanadora colombiana, creadora de la Clínica del Sistema Nervio Renovar, por su modelo de salud integral con enfoque holístico y comunitario. Ana Irma Rivera Lassen, abogada y feminista afropuertorriqueña, primera mujer afrodescendiente y persona LGBT en presidir un partido político en Puerto Rico, exsenadora, una mujerona que puso en la mesa la lucha contra el racismo y la discriminación en la isla del encanto. Bineta Diop, estadista senegalesa, fundadora de Femmes Africa Solidarité y coconvocante de la Red de Líderes Africanas, por su vida dedicada a la paz y la inclusión política de las mujeres. Efe Ukala, emprendedora nigeriana, presidenta de ImpactHER, por su labor en el cierre de brechas de financiamiento para mujeres empresarias en África y el Caribe. Y June Soomer, académica y diplomática santalucense, miembro del Foro Permanente de Afrodescendientes de Naciones Unidas y de las comisiones de reparaciones de la CARICOM y la Unión Africana, por su trayectoria en la articulación de la justicia racial desde el Caribe.
Cada una de ellas es una prueba viva de que el liderazgo negro no es excepción, sino tradición. Juntas, con Francia al centro, dibujaron el mapa de lo que somos: mujeres que vienen de la base, de la academia, de la sanación, de la diplomacia, del activismo, y que en esta alianza nos reconocemos como parte de una misma constelación.
La declaración: nace la alianza de las mujeres del África global
A las 2.30 de la tarde, en medio de un silencio cargado de emoción, se leyó la Declaración Histórica de la Alianza de las Mujeres Africanas y Afrodescendientes. Treinta países representados. Un texto que sintetiza cinco siglos de resistencia y traza una hoja de ruta para los próximos cuatro años.
La alianza se concibe como una plataforma de articulación, liderazgo y cooperación entre mujeres africanas y afrodescendientes, con cinco ejes estratégicos:
- Liderazgo político y participación en la toma de decisiones.
- Justicia racial, memoria histórica y reparaciones.
- Autonomía económica, acceso a financiamiento y mercados.
- Cultura, conocimiento y preservación de nuestras identidades.
- Construcción de alianzas globales para el desarrollo sostenible y la dignidad de los pueblos.
Con esa declaración firmamos el Acuerdo Alianza Estratégica entre Mujeres Africanas y Afrodescendientes (2026-2029), en el marco del Programa Puerta de Reunificación y Reconciliación entre África y su Diáspora. No es un papel más. Es un compromiso vinculante que nosotras mismas nos comprometemos a hacer cumplir.
Lo que viene: de la declaración a la acción
Cuando se tomó la fotografía oficial, todas juntas, sentí que no estábamos solas. A nuestro alrededor estaban las ancestras, las que no pudieron llegar porque las mataron en la travesía, porque las vendieron en las plazas, porque las enterraron sin nombre en cementerios de colonia. También estaban Anacaona, con su horca; Enriquillo, con su montaña; las taínas que resistieron hasta el último aliento; las cimarronas que fundaron palenques. Y también estaban las que vienen, las jóvenes que hoy levantan el cabello natural como bandera, las que estudian en universidades que antes les estaban vedadas, las que organizan sus comunidades con las herramientas del siglo XXI.
Este encuentro no fue un evento más en la agenda del Foro CELAC–Unión Africana. Fue un parteaguas. Porque por primera vez, mujeres africanas y afrodescendientes de treinta países nos sentamos a construir una agenda común desde la igualdad, desde el reconocimiento mutuo, desde la certeza de que nuestra fuerza colectiva es mayor que la suma de nuestras luchas individuales.
Ahora toca la parte más difícil: sostener la alianza, traducir las palabras en políticas públicas, exigir a los gobiernos y organismos internacionales que asuman sus responsabilidades, construir redes económicas que trasciendan los ciclos electorales, hacer que la filantropía internacional entienda que invertir en mujeres negras no es caridad, sino justicia.
Pero si algo nos caracteriza a las mujeres africanas y afrodescendientes es la perseverancia. Sobrevivimos a la trata transatlántica, al colonialismo, al racismo estructural, a la violencia política. Sobreviviremos también a los desafíos de construir esta alianza. Porque no es un lujo. Es una necesidad histórica.
Desde Bogotá, una promesa
Bogotá, con su frío de altura y su calor humano, fue testigo de un nacimiento. La Alianza de las Mujeres del África Global no es un evento, es un movimiento. No es una declaración, es un proceso. No es un sueño, es una realidad que estamos construyendo con nuestras manos, con nuestras voces, con nuestra memoria.
Desde esta ciudad, desde este encuentro en el marco del Foro CELAC–Unión Africana, hacemos una promesa: no volveremos a permitir que nuestras historias sean contadas sin nosotras. No aceptaremos reparaciones simbólicas mientras las desigualdades estructurales sigan intactas. No permitiremos que la integración entre África y América Latina se haga a espaldas de las mujeres afrodescendientes.
Porque sabemos que sin nosotras no hay memoria. Y sin memoria no hay futuro. Y el futuro, como nuestras ancestras nos enseñaron, se teje desde la raíz, con paciencia, con ternura, con la fuerza indomable de quienes han sobrevivido a todo para seguir siendo, para seguir estando, para seguir resistiendo.
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