La siembra es femenina. Los primeros inicios de la agricultura se originaron en diferentes territorios del planeta con mujeres que sembraron las primeras semillas que recolectaban en los bosques. La revolución neolítica se dio aproximadamente 10,000 a. c, en el medio oriente.

Las mujeres cuidan los cultivos, los sembraron y preservaron las mejores semillas. Su conocimiento en relación con la domesticación de las plantas proporcionó a la humanidad la clave y la fuerza para que la humanidad pudiera sobrevivir hasta la actualidad.

Proporcionaron la medicina y las semillas y plantas para garantizar la soberanía alimentaria de la tribu y en la actualidad  las mujeres continúan trabajando en el campo para sostener sus familias.

A los pueblos, se les ha despojado de estas memorias femeninas. La historia de las mujeres en la horticultura ha sido clave para el conocimiento del bosque, la colecta de las semillas y la selección de bulbos y de la técnica de siembra. La técnica de la horticultura se ha asociado solo a los hombres, sin embargo esto ha sido un conocimiento vinculado con todo el grupo.

Las mujeres aprendieron el conocimiento de la medicina y se dieron cuenta en los procesos de recolección que si dejaban caer las semillas, en la siguiente temporada o estación crecían de nuevo las plantas que recolectaban.

Observaron las propiedades del uso de compost producido por la quema de los bosques, por el mismo mecanismo de ver como crecían las plantas cuando tiraban las semillas en esas tierras quemadas.

Todas estas historias quedan fijadas en los mitos de mujeres que fueron convertidas en Diosas o expulsadas de sus tierras, por las construcciones patriarcales que las dibujaron como entidades especiales que estaban fuera de la cultura. Por eso la vinculan con la naturaleza o dioses relacionados con el bosque, por ejemplo la Diosa Diana, entre otras.

Los mitos de mujeres sin hombres, como las que residían en la isla de Martinino eran otras historias de tierras paralelas a la isla de Santo Domingo, donde solo eran habitadas por mujeres que se sostenían por ellas mismas.

Las mujeres que conocían la medicina, no se mencionan en las crónicas, tan solo en los mitos o en las referencias de juicios que hacen contra ellas, acusando a estas mujeres de brujas.

El caso de Guaibonito es una de esas historias donde se cuenta que un cacique se llevó a todas las mujeres después de  un cataclismo o quizás por una pandemia donde murieron los hombres. En ese mito, ella se va a otras tierras con el conocimiento de la medicina.

La historiografía señala que la horticultura fue una fuerza transformadora que impulsó el sedentarismo, la construcción de ciudades y mejora de la vida de los pueblos y el aumento demográfico de las poblaciones humanas.

Los nuevos espacios territoriales con abundancia de comida, se vieron como el cambio tecnológico más importante que transformó la vida de la humanidad. Este salto en la producción de alimentos creó las bases de la agricultura de hoy, pero se invisibiliza todavía a las mujeres.

La invención del arado en África se considera una transformación para la conformación de un modelo agrícola que abasteció de granos y hierbas para la producción de alimentos. Eso marcó, un antes y un después, porque  transformó la fuerza de trabajo de la tierra y las mujeres perdieron el control de la producción de alimentos y pasó a manos de los hombres.

La historia toma en cuenta este momento para identificar el progreso de la agricultura con el uso de metales y la aparición del arado en manos de los hombres.

Los pequeños huertos quedaron en manos de mujeres. La historia se encargó de masculinizar la agricultura desde los mitos, hasta explicaciones sobre el comercio  se figuraron masculinas. Así se observan la narrativas de la historia y en los dibujos que hacen esos historiadores para mostrarnos los avance de la humanidad.

La aparición de la escritura se muestra como masculina. Es una narrativa odiosa y androcéntrica.  El estado se  consolida en manos de los hombres y son ellos quienes van a controlar los metales y el gobierno. De ahí que la escritura y la producción  agropecuaria sea vista solo como masculina.

La escritura en los papiros la hacían los escribas. Lo mismo se figura en las tablillas cuneiformes de la Mesopotamia. Nadie sabe si existían mujeres que ejercieron el oficio de escribas, no se visibilizan en la historia o no fueron reconocidas como tales. ¿Fue la escritura solo un instrumento masculino?

Yo no me lo creo.

  En muchas culturas como en el caso de África y en Abya Ayala, la horticultura no se abandonó, por tener climas tropicales donde la técnica facilitaba el uso de la tierra. Este tipo de agricultura estaba asociada a hombres y mujeres como se aprecia en los arahuacos.

Los originarios sembraban juntos, aunque se comenzó a establecer diferencias en la producción de la yuca, porque, según los cronistas, las mujeres y los niños eran los dedicados a la elaboración del casabe, mientras que los hombres se dedicaban a la siembra.

Las versiones de los diferentes cronistas parecen contradecirse, empero, sabemos que a pesar de las observaciones  realizadas por las  crónicas existen prejuicios androcéntricos, dado que bajo la corona castellana, la agricultura estaba bajo control masculino. Sabemos que las mujeres se integraban en pequeñas siembras y en la cosecha.

Es lógico que los cronistas comparen dicha agricultura con las prácticas agrícolas de la península, y por tanto pensaban en el monocultivo y el control estaba vinculados  con los hombres.

El conuco indígena era trabajado por todos, ya en la limpieza, cosecha, siembra o cuidado del abastecimiento del agua en la zona donde se necesitaba irrigar.

Encontramos referencias en los documentos castellanos que los hombres hacían zanjas de irrigación. El dios de la yuca llamado Yocahú era vital para el cultivo de la yuca, pues se enterraba en los lugares de siembra. De ahí, la interpretación que la horticultura de los originarios era masculina. Se asociaba sólo a las mujeres en la especialización de la preparación del pan o casabe.

A mi entender la sociedad aborigen  establecía una diferencia del trabajo, según sexo, pero muy flexible.  Los aportes de la arqueología y la interpretación etnohistórica cuentan de esa flexibilidad, más los textos de historia continúan narrando que estaba la horticultura en manos solo de los hombres.

Las mujeres originarias participaban de la siembra, cultivos y preparación de la yuca, porque el conuco era de carácter familiar y todos y todas apoyaban en el proceso de la producción. Mientras que Dios Yocahú un dios que tenía tres puntas y debía ser enterrado y orinado. Nadie dice u ofrece información, si las mujeres también ofrecían su orina para ayudar con la fertilización de la yuca, según los requerimientos de la siembra de yuca.

La preparación del pan de yuca era redondo, como el vientre femenino y probablemente asociado a los ciclos lunares de sangre de las mujeres. No me creo que ellas no orinaban también en los conucos para ayudar con los cultivos.

Empero eso no se dice, en la península las mujeres menstruantes no podían entrar a los huertos porque lo secaban o no se podía reproducir los alimentos. Los peninsulares exportaron estas ideas en su dibujo del paisaje agrícola de los nativos.

En el marco de mi entendimiento es claro que el conuco de los nativos estaba sembrado con varios productos, tales como: maíz, yuca y batata, además de otras plantas comestibles, que no se tomaban en cuenta en las crónicas, ya que la identifican como hojas que consumían o frutas que dejaban crecer como la guayaba, entre otras.

La imagen del monocultivo es otra idea europea. El que los historiadores no hablan claro sobre  la feminización del conuco se debe a esa  mirada colonizadora europea. La explicación que se da sobre el conuco no es sobre un tipo de agricultura con técnicas sostenibles ni de que asociaban cultivos. Se relata  como si fuera un solo producto, un tipo de monocultivo.

Esta lógica colonial es para que se olvide la importancia de la sostenibilidad, se olviden a las mujeres y la producción se dirija al monocultivo. Esto no es un olvido juguetón. Se trata de imponer  un modelo que implica la desarticulación del trabajo de grupo. Es si es la memoria que ellos desearon que heredamos del pasado.

Los originarios sembraron plantas de maní, ñame, yuca, maíz y otros. Algunos cronistas dicen que tienen especies de nabos y siembran según la estación de lluvia, cosa que se contradice porque en la isla existían diversos  ecosistemas, en donde se cultivaban diferentes productos en asociación y esto se sabe porque, antes de que ellos cortaran los bosques para comercializar la madera y llevarla a la península, el bosque llegaba hasta la orilla del mar.

La arqueología ha señalado ya que cultivaban en diferentes espacios de ecosistemas productos donde la yuca no era el principal producto, como pasaba entre los grupos macorijes.

En las descripciones históricas de los peninsulares, no se tiene claro qué era lo que se asociaba en un conuco, o simplemente obviaron estos productos. A veces, lo señalan, pero lo describen como un monocultivo.  La asociación de cultivo era clave para el conuco indígena.

En las comunidades rurales dominicanas todavía mantienen la tradición del conuco, tal como lo hacían los indígenas. Los campesinos  combinan los mismos productos. Me encantó una frase que me dijeron hace año: quien tiene un conuco, sabe que no pasa hambre, porque “el conuco no niega nada”.

Eso me permite ver que nuestros huertos o conucos eran espacios sostenibles, en el que las mujeres también tenían un lugar y no solo trabajaban en la cosecha.

Las mujeres, todavía siembran frijoles, guandules, yuca, batatas y otros. Su participación ha sido clave para el sostén del conuco. Esto no es lo mismo con la producción del monocultivo de donde fueron expulsadas de la tierra y del control de la producción.

Hoy le recuerdo al gobierno dominicano y al Ministerio de Agricultura  que poseer tierra y un conuco es garantía para la soberanía alimentaria.

El hambre la produce el monocultivo y la falta de políticas públicas para mejorar las condiciones de los campesinos.  El sistema económico actual hunde a las masas trabajadoras del campo por los altos precios de las semillas, la falta de ayuda técnica, la pérdida de los suelos, entre los tantos problemas que tienen para subsistir como productores de alimentos.

La población campesina envejece, los jóvenes y mujeres son expulsados con este sistema de producción de alimentos y mercados controlados desde grandes instituciones productoras de alimentos y por acuerdo pernicioso para la clase campesina con acuerdos comerciales con las empresas de alimentos acaparadoras del extranjero.

El campo no ofrece los medios para reproducir la fuerza de trabajo y no da garantía  para la vida. Un campesino con tierra, no busca un empleo, ni tiene que ser expulsado, a las ciudades o se fuga al extranjero buscando mejorar su situación económica.

Las mujeres agricultoras, no todas se han marchado del campo. Ellas participan activamente de la producción agrícola  y es necesario que el gobierno dominicano no deje en el abandono al campo y desarrolle políticas en la que tome en cuenta a las campesinas.

Las mujeres del campo necesitan la tierra, como lo expresa la Confederación de Mujeres del Campo (CONAMUCA). Si desean cambio social y comida a precios menos costosos, es necesario que el gobierno invierta en el campo. El conuco es la apuesta para la justicia y soberanía alimentaria.

Fátima Portorreal

Antropóloga

Antropóloga. Activista por los derechos civiles. Defensora de las mujeres y los hombres que trabajan la tierra. Instagram: fatimaportlir

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