"Para los ocupados, la vida es brevísima”. Seneca.
Siempre presumo ante mis íntimos que, a los diez años, “volteaba” mesas en el Bombillo Rojo, legendario cabaret de la ciudad de Mao, donde pasé mis primeros años de vida. Nada más falso y disparatado. Fui el primer varón después de dos hembras, en un hogar muy patriarcal, y los cuidados y atenciones que me dispensaron casi me arruinan la vida. Todavía quedan secuelas en mi personalidad.
Imagínense que yo tendría unos cuatro años —la edad de entrar al kindergarten— cuando alcancé a oír una conversación de mis padres. Estaban en su aposento y mi padre le pedía encarecidamente a mi madre que no me apuntara en la escuela, no fuera a pasarme algo. Mi madre le contestó, extrañada, que si se estaba volviendo loco. El hombre cedería en algún momento, porque luego de aquella conversación pude iniciar mi educación en la escuela de monjas Santa Teresita, de dicha ciudad.
De esa infancia recuerdo en especial la llegada de la Cuaresma. Esa brisa caliente e irregular que improvisaba remolinos de polvo en las calles, que traía el vuelo de las chichiguas, también traía los lechones. En ese tiempo, Mao no tenía ninguna tradición de carnaval. Escasamente recuerdo un solo “lechón” que recorría, solitario, las calurosas calles del pueblo. Era una figura extravagante, una especie de mayoral. Lo veía siempre cargando yerbas en un mulo, fatigado y sudoroso. En diciembre salía vestido de Santa Claus; le decían “Mano”, no recuerdo su nombre de pila. En febrero este personaje anunciaba el carnaval: repetía el mismo disfraz de Santa Claus, con sus botas de fangear, pero le agregaba una vejiga de puerco para lucir amenazante, cosa que no conseguía porque no había nada temible en “Mano”. Aun así, nos alegraba el corazón ver aquel “lechón” perseguido por perros y muchachos.
Un día cualquiera la cosa cambiaba. Estando sentados a la mesa oíamos un grito de esperanza: alguien voceaba en el pueblo, a todo pulmón: “¡Salgan, que vienen los lechones de Santiago!”. Entonces aquel calor se transformaba en colores y espejitos, caretas insólitas, pitos y vejigas pintadas: un espectáculo que infundía miedo y felicidad. Yo asomaba la cabecita por el portón de madera y veía, extasiado —con el corazón en la boca—, aquel espectáculo dionisíaco, aquellos lechones que llegaban de lejos y que partían al atardecer.
Pero, en ese tiempo, mi carnaval era otro. Se reducía al Centro de Recreo, cuando celebraba sus bailes de disfraces y sus fiestas de carnaval. Aquello era fastuoso. Me llevaban disfrazado, junto con mis hermanas, a esos bailes maravillosos. Viendo las fotos, aquellas eran fiestas espectaculares; no creo que en el país se dieran otras iguales. Mi madre se pasaba meses preparándonos los disfraces. Había una señora que traía disfraces de la ciudad de Nueva York y, tan pronto llegaba, mi madre arrancaba con nosotros a comprarnos aquellos artificios. Los disfraces de “lechón” me los confeccionaba la señora Yuya Cordero; eran verdaderas piezas de alta costura.
Recuerdo de esa época dos disfraces en particular: uno de puma, que fue fatídico, y otro precioso de torero. El de puma —algo único en terciopelo marrón— fue una mala idea de mi madre, pues, a pesar de ser espectacular, tenía un problema grave para un niño: una larga cola. Tan pronto llegué al Centro, a eso de las 4:30 de la tarde, los otros niños empezaron a jalármela. A las 7:00 de la noche yo estaba sentado con mi familia, con la cola en la mano —me la habían arrancado-, lleno de arañazos y moretones, y el disfraz hecho tiras de tantas patadas y trompadas que yo había dado y de las que me habían propinado por aquel disfraz de puma.
El disfraz de torero, que era una joya, no tuve oportunidad de usarlo. Ya lo habían comprado y mi padre me animó a practicar el toreo con un chivo que teníamos en el patio. Le colgué un trapo rojo a un palo y me la pasaba practicando como un profesional. Cuando llegó la hora de irnos para Santiago, al baile del Centro de Recreo, nadie pudo convencerme de que el chivo no iba. Me negaba a subirme al carro sin el animal. Decidieron dejarme en la casa, disfrazado y agarrado a mi chivo.
Pero el carnaval ejerce una extraña influencia en las personas. Tengo un amigo, ingeniero famoso y preparado, a quien el carnaval le provoca una especie de locura. Quien visita su casa puede ver las paredes llenas de fotos suyas disfrazado de “lechón”. Se sabe que es él porque es su casa, ya que las fotos muestran un lechón en plena actividad, pero siempre con la careta puesta. La casa está tapizada de estas fotos y de caretas preciosas que ha usado en diferentes desfiles.
Un día, con esa fiebre encima, se le ocurrió ir con un compañero al carnaval de Santo Domingo Oeste. Tan pronto llegó al desfile con su precioso disfraz de lechón —se gastaba una fortuna en su confección— se animó a dar unos vejigazos. En vez de arrancar con el consabido abuso de golpear a niños y mujeres, el primer vejigazo se lo pegó a un señor que estaba de espaldas viendo el desfile. Al poco tiempo se supo que era un coronel del Ejército. Tras el golpe, mi amigo se retiró dando brincos desafiantes, como hacen los lechones. El hombre lo persiguió.
Yo no estaba, pero me contaron que el coronel lo agarró por los chifles y le abrió en dos la costosa careta. Descubierto el rostro —el de una persona entrada en años—, procedió a tirarle un trompón que, gracias a Dios, el ingeniero pudo evadir en parte. Digo en parte porque el poco que impactó en su cara causó un daño de cinco puntos de sutura. Una vez salido de la emergencia, me cuentan (yo no estaba), el ingeniero le dijo en voz alta a su compañero:
—Tú eres como yo; vamos a matarnos para allá.
—Vamos —respondió el compañero.
Cuando llegaron, el grupo que le había arrancado de las manos al coronel al ingeniero se sorprendió al verlo.
—¿Y ustedes están aquí? —voció alguien, incrédulo.
—¡Dios mío, por favor váyanse!
—¿Dónde está? —gritó el ingeniero, dispuesto a todo.
—Él se fue a buscar la pistola para matarlos a los dos.
Al oír por dónde iba la cosa, el ingeniero y su compañero se miraron, y nadie tuvo que decirles nada. Estaban peleando fuera de su patio; había sido un error aquel primer vejigazo. Partieron prestos hacia su Santiago, pero vivieron para contarlo.
A principios de los sesenta, el jovencito Carlos había logrado su sueño: su madre le había comprado el disfraz de lechón que tanto anhelaba, con todo y vejiga. El retardo no era por motivos económicos; simplemente se habían descuidado con el tema del disfraz. Su familia vivía en el mismo centro de la ciudad, donde el carnaval se sudaba y se corría. “Lechón cuajao amarillo y colorado”, “que no le llamen cinturita, que tiene el luto de chapita”, gritaban los niños a los lechones; todo era fiesta y algarabía.
Carlos no pasaba de los diez años cuando su madre le dio un leve empujón en la galería.
—Vete, niño, a jugar a los lechones —le dijo.
En la calle, el pequeño sintió los rigores del disfraz: la enorme careta se le iba de lado y casi no podía ver; tampoco respiraba bien con aquel traje apretado y la careta de cartón que casi lo asfixiaba. Era mediodía y no había nadie a quien asustar. Iba a la esquina y volvía sin ver a nadie a quien corretear.
En una de esas vueltas alcanzó a ver a una señora. Era bastante gruesa, llevaba un vestido entero por las rodillas y se protegía del sol con una pequeña sombrilla. “Un regalo de Dios”, pensó. Cuando estuvo cerca, el pequeño lechón le soltó un vejigazo con todas sus fuerzas que fue a parar al vientre de la dama. Ella lanzó un grito; el susto fue mucho mayor que el dolor. El niño no intentó escapar. La mujer, a lo primero que echó mano, fue a la careta, que arrancó como si fuera una gorra. No le importó que quedara al descubierto un niño de diez años. Empezó a golpearlo con todas sus fuerzas; luego lo tiró al suelo y le apretó la cara contra el pavimento. Mientras recibía aquel castigo, cuenta hoy el señor Carlos que solo atinaba a pensar: “¿Y este es el juego de los lechones? ¿En qué gancho es que yo he caído?”.
Un milagro hizo que uno de los vecinos fuera a buscar algo a su vehículo y, con mucho trabajo, pudo arrebatarle el niño a la enfurecida señora.
Ya adolescente, seguí disfrutando del carnaval. Pero no era el carnaval de clubes que acabo de narrar. Mi padre había muerto cuando yo todavía era un niño y ese mundo seguro y confortable había desaparecido para siempre. A los trece y catorce años yo era un verdadero azote. Mi disfraz consistía en un pantalón corto, “ripiao”, una camisa sin mangas, algo en la cabeza —una gorra o una venda— y una media muy usada con cartones comprimidos, a la que llamaban “cayayo”. Podía considerarse un arma no convencional: a quien le pegaban con un cayayo se le salían las lágrimas.
Un día, estando cerca de mi casa, en la Independencia, se me ocurrió pegarle a una señora con el cayayo, en las nalgas. Grave error. Hecha una fiera, empezó a tirarme todo lo que tenía en la cartera: espejos, rímel, llaves, cepillos y una crema Pond’s que casi me parte la cabeza y se desbarató en el contén. Luego, fuera de sí, se lanzó a perseguirme. Era tan rápida como yo y tuve que emplear todas mis fuerzas para escapar.
Ahí no quedó la cosa. Averiguó dónde yo vivía y se pasó casi un mes merodeando la casa. Para ir al colegio debía mirar hasta para el cielo. Esto apagó bastante mi entusiasmo por el carnaval. Pero, como el ingeniero y el señor Carlos, viví para contarlo.
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