Hurgo en mis neuronas y presiento que la siguiente estrofa pudo haber sido escrita por Schopenhauer, Osho o Dale Carnegie o Marileidy Paulino:

“El tiempo y el destino me han golpeado sin cesar

Mas yo sigo adelante, sin dejarme doblegar

Pues no vale llorar, tampoco suplicar,

Hay que pensar que todo pasará”

Pero no. Es Sandro de América.

Pero sí: al final la vida sigue igual.

Quien se sorprenda por los acontecimientos en “Cultura” necesitará un 911 al ver cualquier muñequito de Popeye. Quien considere como extrañeza lo acontecido por esos predios, se retorcerá al ver entrando una mosca o pasar un ratón.

Escribo “Cultura” para no decir Ministerio de Cultura del país dominicano. La otro, la cultura, ya sin mayúscula, será eso que todos de una manera u otra hacemos, desde pelar un guineo hasta enfrentarnos con los arcanos de la IA. Pues bien: la “cultura”, así en chiquito y entre comillas, es todo lo que hacemos, lo que vemos, lo que nos rodea por los lados del espejo

El Ministerio de Cultura surgió con el chip del virus. Tratando de emular los predios de Armando Hart en Cuba y de Ernesto Cardenal en Nicaragua, los “culturosos” siempre se han manejado con extrañeza, desde cuando era Comisión hasta Don Roberto Ángeles, ángeles ahora envuelto entre pastos y pastores, by the way.

Pues sí: desde la famosa Comisión de Cultura, preámbulo del Ministerio, se dejó crecer tanto el pasto que surgió una serie de monstruos y monstricos que el proyecto original se les fue de las manos. Al final de aquel período inicial acabaría Cayo Claudio administrando el negocio, francomarizando y cibaeñizando hasta las alcantarillas de los alrededores del Ministerio en el malecón.

La gestión de Tony Raful fue como una de esas fiestas de barrio, que acaban mal, porque el tigueraje sacará sus garras. Recuerdo su punto más débil: el caso de la Casa de Bastidas, cuando aquel hermosísimo bosque en el que tiramos tantos sueños se vio devastado por unos chelitos que aparecieron en Costa Rica y entonces se tuvo que hacer el Museo Trampolín. El viceministro de entonces, Andrés L. Mateo, se quejó de nuestra queja y lucha, “que por qué nos peleábamos tanto por tres matas que tenían que tumbarse”. Pues sí: las tres y veinte matas de caucho se tumbaron y luego el desierto siguió avanzando.

Con José Rafael Lantigua vino un tiempo de sosiego. Para entonces los intelectuales se sintieron en sus aguas. Conciliador, experto en relaciones públicas, tuvimos un mocano que no desmocanizó el ambiente, pero que igual amplió bastante el ámbito de sus empeños, institucionalizando la niña linda de aquella institución: la Feria del Libro, internacionalizándola.

Con José Antonio la “Cultura” se relajó bastante, tal vez más de la cuenta, porque aquellos que en tiempo de Vitico fueron hormiguitas, con Raful devenidos en arañas, entonces llegaron a la categoría de monstruos. Tal vez José Antonio estaba muy freddy-ginebrizado, y cualquier goma se pincha por esas calles tropicales.

Y aquí hago una pausa: una de esas cosas al parecer risibles pero que sí mueven la mismísima historia es el tema de la rabiaca. Rabiaca: quille, explosión, más no poder, yeyo, eso fue lo que le pasó al presidente Danilo Medina el día de su segunda toma de posesión cuando el nuevo diputado Fidelio Despradel armó un corre-corre y una tardanza inexcusable, la ostia, tío, ¡acabando con la misma hermana del Presidente, entonces Diputada y jefa de ahora no recuerdo qué, pero jefa! En cuestión de segundos, con el rey de España a su lado y sudando por la espera de los diputados, a Danilo se le fue la sangre a la cabeza y dejó a José Antonio con su traje blanco puesto, y nombró a Pedro Vergés como se hurga uno en la nariz en el momento más inesperado.

Destutanado José Antonio, consolado con un puesto en la UNESCO, Danilo Medina demostraría con eso que se pondrá y dispondrá lo que se le salga a uno de los…

Pedro Vergés, con un solo día en Washington, donde estaba haciendo un asado con hot dogs, recibiría aquella llamada del mismísimo encargado de Protocolo anunciándole que se realizaría su viejo sueño: ser ministro de Cultura.

Pero el autor de “Sólo cenizas hallarás” sólo produjo cenizas durante su gestión. Dos de sus primeras medidas fueron cerrar la librería de Cultura en la Atarazana y empaquetar todos los libros que estaban en los almacenes y olieran a gestiones de Lantigua, Rodríguez… Años después, frente al pelotón de fusilamiento, el autor de estas líneas acompañaría a Rey Andújar a desempaquetar esas cajas ya llenas de moho, tratando de recuperar poemarios de Martha Rivera-Garrido, novelas de fulanito, ¡hasta mis tomos de las obras completas de Pedro Henríquez Ureña!

Vergés no daría la talla. Ya lo sabíamos. En lo particular, mi relación con él fue desastrosa durante sus gestiones como embajador en Alemania, porque los dos meses del año que se pasaba en Berlín, hacia lo indecible para no dirigirme la palabra. De hecho: nunca asistió a ninguna de las actividades culturales que durante esos cuatro años realicé en la capital alemana.

Tras el ahora Premio Nacional de Literatura llegó Eduardo Selman. ¡Ay! El empresario Selman no sabiendo cómo manejar joyas, gente buenísima. Y en esto espero que no me condenen por decir verdades y rememorar hechos dolorosos -para su gestión. Recuerdo lo más insensato que pudo hacer: oponerse a las gestiones del embajador Olivo Rodríguez Huertas, con la dedicatoria a la República Dominicana de la mismísima Feria del Libro de Madrid, el punto hasta ahora culminante de cualquier gestión en la historia cultural moderna dominicana. Con un equipo mínimo, con un trabajo férreo y sobre todo, con un amor e inteligencia superba, Rodríguez Huertas logró lo inimaginable y por cuenta propia: armar un avión repleto de Air Europa y hacernos participar de una manera impecable, con Vargas Llosa incluido, en el gran evento de la cultura madrileña.

Entonces llegó Luis Abinader y el comandante mandó a parar. Sacó de la jubilación o de la nevera a Carmen Heredia, y de paso, le coló algo así como un chip que ha sido puro corre-corre y despelote. Hablo de Pastor de Moya, a quien se le encargó todo un Vice Ministerio, pero mejor corramos y sigamos con su siguiente apuesta, la megadiva Milagros Germán. Lamento tanto que un creador único sólo haya tenido imaginación durante estos seis años de gestión que en pensar cuál alfombra ponerse sobre los hombros, si no es una de esas corbatas o corbaticas que siempre desentonará con las otras alfombras del fondo.

La arquitecta y presentadora de televisión, la de Chevere Nights, trató de poner en orden la casa. Hábil en el área de la comunicación, supo que tenía que oír, pensar y hablar. Si al principio muchas cosas se le fueron de la mano, logró sin embargo remachar algunas fallas. ¡Logró despachar para Belén al famoso Pastor, porque o él o yo, se le oyó decirle al mismísimo Presidente Abinader, que como sabremos, será más santiagocrático que el mismo Huchi Lora!

Harta de tanto desasosiego, Milagros decidió volver al lugar donde realmente era feliz y capaz, a los camerinos, a las cámaras, a “para eso estamos en las noches”.

Entonces llegó Roberto Ángeles Salcedo, como un as sacado de la manga. El hijo de Roberto Salcedo, o cariñosamente “Robertico” -aunque prefiere que lo llamen Robert-, lo tenía todo para convencernos: juventud, barbilla a medio afeitar, síntoma de que siempre tendría que verse en el espejo a la mañana siguiente. Pero no contábamos con su astucia. A Salcedo el puesto le ha quedado muy, pero muy grande. Como si enchufásemos “El túnel del tiempo”, volvimos al túnel de “Las cosas de Robertico”.

Nunca antes un ministro de Cultura había tropezado tanto con la misma piedra de la ignorancia, el nunca reconocer falla alguna. Aquí algunos de sus logros en el arte de meter la pata y con ello, arropar a tantos funcionarios e intelectuales buenos que quedarán por ahí pero que por ahora deben asumir sus lenguas de trapo:

1 Desconocer lo que es una Bienal de Artes Plásticas y borrar la determinación de su jurado, de otorgarle el premio a la Palma de Karmadavis. ¿Se ha visto a un Ministro que desautorice a un jurado? Bueno, pues sí: cuando caso de la de Educación, que le quitó su premio al novelista aquel que acababa con Balaguer…

2 Desnaturalizar el Premio Internacional Pedro Henríquez Ureña, concediéndolo cada dos años, sacándolo del contexto de la Feria del Libro, eliminando la conferencia internacional que se celebraba en torno a la obra del Maestro.

3 ¡Otorgar el Premio Internacional PHU a José Enrique García! (Pero no comento este tema, que ya una vez me censuraron la crítica que entonces escribí, y no quiero que acontezca lo mismo con este artículo, aunque muy simpáticamente en la recepción de ese premio, uno d ellos jurados, Rafael Peralta Romero, soltara una perla inolvidable, que esperaba que con ese premio el poeta García pagara sus deudas…).

4 Plantear que el ga-gá no es dominicano, y por extensión, los guloyas, el bambulá, el pri-pri, y todo aquello que huela 80 por ciento a africano, porque fácilmente que eso será haitiano y lo peor, hasta diabólico, ¡oh Cristo Viene!

5 Desmantelar las ferias del libro del Cibao y ahora de Nueva York, añadiéndole lo de “Del Libro y la Cultura”, como si ambos fuesen excluyentes.

6 Confirmar el cierre del apoyo a editoriales.

7 Confirmar que no se podía abrir la Librería de Cultura.

7 Promover, si no la muerte del libro, con Kindle y todo, y en la Feria del Libro de Madrid, y delante de libreros y editores, que sería como sacarle la misma cruz al Diablo, pero sí luego decir que el libro en papel sería sólo un 50 por ciento, y que lo más importante, dicho bien cantinflescamente, era la “lectura”, entiéndase, los audiolibros, etc.  (ver https://www.youtube.com/watch?v=CAIFrAtdLL8)

De un momento a otro comprobamos que tenemos un ministro excluyente, sin idea de la sociedad multicultural que somos, desmantelando la idea del libro como bien, poniéndole un zipper en la boca a toda una legión de antiguos críticos culturales que ahora lo acompañan como guardia pretoriana, y de paso, como postre, haciéndonos pasar de ridículos en Madrid, los dominicanos, siempre metiendo la pata, como la mosca en el sancocho.

Y junto al flamante ministro, también tendremos a empresarios y bachilleres a su lado, competentes, incompetentes, pronto jubilados, cansados, pacientes, confucianos, veganos, vegetarianos, carniceros, evangélicos, ateos, exmaoístas, pero relucientes, porque en Presidencia se deben pagar favores como yo debo pagar la luz.

La Cultura seguirá siendo el show y a la garata con puño.

Ya lo dijeron Theodor Adorno y Max Horkheimer al hablar de las “industrias culturales”. Frente a la ternura del papel, el hecho de tener algo en las manos, integrando todos los sentidos y por lo tanto, potenciando el aprendizaje o la comprensión, ahora el ministro pone en la mismísima balanza, a un 50 por ciento de importante, los audífonos, micrófonos, seguramente las Alexas y las Siris por venir. ¿Y las librerías? ¿Y los editores? ¿Y los escritores? No basta con que todo esté en Google y no tengamos ya el esfuerzo de memorizar la capital de Botsuana o los kilómetros que nos definen como país. Pero sí al menos es loable el esfuerzo de reconocer el mapamundi donde estamos.

No, no, Roberto Ángeles o Robertico o Robert, como lo llama su mujer, así no fue que hablamos.

Por suerte que también habrá su gente buena, muy buena, que insistirá en que el libro siga saliendo a flote. Esperemos, por ejemplo, que la próxima Feria del Libro sea un ejemplo de ilusión, de burbuja, de momento en que al menos nos vayamos a la casa con buenos libros, y sobre todo, que no haya 800 actividades y millones de pesos consumidos en picapollos o camarones en el italiano del frente de la Feria. Esperemos y no esperemos, porque al final, ¿sabes?, la vida sigue igual, como diría el gran filósofo argentino, Sandro de América. “Al final, la vida sigue igual”

Miguel D. Mena

Urbanista

Editor, docente universitario y urbanista

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