Durante tres días, del 14 al 16 de septiembre, la residencia oficial del presidente de la República fue trasladada temporalmente de Santo Domingo a Santiago de los Caballeros. Los ministerios siguieron funcionando normalmente en sus sedes y los asuntos administrativos continuaron tramitándose por las vías ordinarias. Lo que cambió, por unos días, fue el lugar desde donde el presidente desarrolló su agenda de trabajo.

Podría verse como una simple curiosidad institucional.

Prefiero verlo como una ocasión para ejercitar la memoria.

Los dominicanos tenemos la tendencia, comprensible en un país tan centralizado, a mirar nuestra historia desde Santo Domingo y hacia Santo Domingo. Pero la nación que finalmente organizamos como República en 1844 llevaba siglos formándose en ciudades, villas, puertos, valles, montañas y regiones que aprendieron a producir, comerciar, defenderse y relacionarse mucho antes de que existiera el Estado nacional que hoy conocemos.

Esa es una de las utilidades de la memoria larga: recordarnos que el presente no comenzó ayer.

Santiago ofrece un ejemplo particularmente elocuente.

La Constitución de Moca de 1858 llegó a establecer a Santiago de los Caballeros como capital de la República y asiento del Gobierno. No fue una extravagancia geográfica. Respondía a una coyuntura política en la cual el Cibao se había convertido en uno de los centros desde donde se reclamaban libertades públicas, límites al poder y una organización institucional distinta.

Cinco años después, la historia obligaría nuevamente a mirar hacia el interior.

Cuando hubo que restaurar la soberanía perdida con la Anexión a España, Santiago se convirtió en centro político y militar de la República Restauradora. Allí fue firmada, el 14 de septiembre de 1863, el Acta de Independencia del Gobierno Restaurador, que expuso las razones para restablecer la República y recuperar su libertad.

No fue, desde luego, una guerra exclusivamente santiaguera ni cibaeña. La Restauración se extendió por el territorio hasta convertirse nuevamente en una empresa nacional. Y, restablecida la soberanía, Santo Domingo recuperó plenamente la primacía que correspondía a la capital de una República reunificada.

Pero quedó una enseñanza.

La soberanía dominicana no se defendió solamente desde la capital. En momentos decisivos hubo que pelearla, organizarla y reconstruirla desde el interior.

Recordarlo no disminuye a Santo Domingo. Al contrario: ayuda a comprender mejor por qué pudo volver a ser capital de una nación cuya existencia había sido reafirmada desde muchas partes del territorio.

Siglo y medio después, la geografía vuelve a plantearnos preguntas, aunque esta vez no las hagan los ejércitos sino la infraestructura, la producción y la conectividad.

Durante buena parte del siglo XX, una región dominicana que quisiera relacionarse con el exterior dependía en gran medida de unos pocos puntos de entrada y salida. Esa realidad ha cambiado.

Los aeropuertos internacionales de Santiago, Puerto Plata, La Romana y Samaná complementan hoy a Punta Cana y Las Américas. Diferentes zonas del país disponen ya de accesos propios hacia mercados, visitantes y conexiones exteriores.

Algo semejante comienza a ocurrir por mar.

Manzanillo está siendo transformado en una pieza logística y energética de la Línea Noroeste. Cabo Rojo abre una nueva puerta turística en Pedernales. La Romana amplía su capacidad y Samaná incorpora nuevas instalaciones portuarias. Son proyectos que relacionan puertos, exportaciones, importaciones, turismo y la aspiración dominicana de consolidarse como centro logístico del Caribe y Centroamérica.

Me gusta pensar en esos puertos y aeropuertos como nuestras nuevas autopistas transcontinentales.

No tienen necesariamente asfalto ni atraviesan físicamente un continente, pero cumplen una función parecida: permiten salir desde una región dominicana y aparecer, pocas horas después, en otra parte del mundo; o colocar una producción regional en una cadena logística que termina a miles de kilómetros.

Eso modifica silenciosamente la relación entre territorio y desarrollo.

El Noroeste ya no tiene que pensarse únicamente por su distancia de Santo Domingo, sino por su proximidad a Manzanillo. Pedernales deja de medirse solamente por cuánto tarda un automóvil en llegar desde la capital y comienza a hacerlo también por su conexión marítima con visitantes y mercados. Santiago puede relacionarse directamente con grandes comunidades dominicanas y centros económicos del exterior. Puerto Plata, Samaná y La Romana poseen sus propias puertas internacionales.

Las regiones empiezan nuevamente a mirar directamente hacia afuera.

Y quizás a esa nueva geografía económica le falte todavía un complemento político y administrativo: que, periódicamente, el Gobierno también aprenda a mirar al país desde ellas.

No estoy proponiendo trasladar ministerios cada pocos meses ni multiplicar burocracias regionales. Tampoco convertir cada Consejo de Ministros celebrado fuera de Santo Domingo en una subasta de carreteras, acueductos y promesas solicitadas por la provincia anfitriona.

Eso sería confundir regionalización con dispersión.

La posibilidad es mucho más interesante.

Gobernar desde Santiago durante unos días no debería significar pensar solamente en Santiago. Puede significar mirar desde allí la agroindustria, las exportaciones, la movilidad, las universidades, la salud regional, los sistemas urbanos del Cibao y su conexión con el Noroeste y la costa atlántica.

Gobernar desde Barahona podría permitir mirar conjuntamente las posibilidades del Sur, el agua, la agricultura, el turismo, la minería, la frontera y la conexión entre provincias que individualmente tienen menos capacidad para transformar su entorno.

Desde San Juan podría mirarse el valle y su potencial productivo. Desde Puerto Plata, la costa Norte. Desde una ciudad del Este, las oportunidades y tensiones creadas por uno de los desarrollos turísticos más dinámicos del continente.

Gobernar desde una región no significa gobernar solamente para esa región. Significa permitir que esa región participe en la perspectiva desde la cual se piensa toda la nación.

La práctica, además, no comienza ahora.

El primer Consejo del Gobierno del presidente Luis Abinader fuera del Palacio Nacional se celebró en Santiago en septiembre de 2020. En 2021 hubo consejos en distintas provincias, incluido uno en Barahona dedicado expresamente a discutir los lineamientos de desarrollo de toda la Región Enriquillo. En junio pasado volvió a celebrarse en Santiago un Consejo de Ministros, identificado oficialmente como el segundo realizado allí durante esta administración.

El traslado temporal de la residencia presidencial de esta semana lleva esa práctica un poco más lejos.

Y no somos los únicos que estamos experimentando con esa manera de ejercer simbólicamente la presencia del Estado.

En Colombia, el presidente Abelardo De La Espriella, que asumió en agosto, ha llevado actividades presidenciales y encuentros de alto nivel a distintas regiones y ha planteado explícitamente fortalecer la descentralización y la cooperación del Gobierno nacional con departamentos y municipios. Hace pocos días, desde Barranquilla, resumió esa orientación con una idea sencilla: Colombia no se gobierna únicamente desde Bogotá, sino desde sus regiones.

No se trata de copiar a Colombia ni de convertir una coincidencia reciente en una moda continental. Pero quizá estemos observando algo que merece atención: Estados muy concentrados en sus capitales comienzan a redescubrir que presencia territorial y unidad nacional no son conceptos opuestos.

Pueden reforzarse mutuamente.

Durante siglos, nuestras regiones ayudaron a gestar la nación. Después, la centralización contribuyó a organizar y consolidar el Estado. Ambas etapas forman parte de nuestra experiencia y sería poco inteligente convertirlas ahora en adversarias.

El reto del siglo XXI puede consistir precisamente en reconciliarlas.

Necesitamos una capital fuerte, capaz de representar a la República y coordinar un Estado moderno. Pero necesitamos también regiones suficientemente integradas para que la distancia de Santo Domingo no determine la distancia de un ciudadano respecto a las oportunidades, las decisiones y el futuro.

Los puertos, aeropuertos, carreteras, telecomunicaciones y nuevas inversiones están comenzando a modificar esa geografía.

La política puede acompañarla.

No necesariamente transfiriendo de inmediato grandes cuotas de poder, sino haciendo algo mucho más sencillo: acostumbrándose a escuchar, deliberar y decidir periódicamente desde lugares diferentes del territorio.

La memoria de cinco siglos no sirve para vivir mirando hacia atrás.

Sirve para recordar de dónde venimos cuando decidimos hacia dónde queremos ir.

Santiago fue capital en una República convulsa, y volvió a ser centro de Gobierno cuando hubo que restaurar una soberanía perdida. Hoy no necesita disputarle a Santo Domingo ninguna primacía.

Su historia, como la de tantas otras regiones dominicanas, puede cumplir una función más útil: recordarnos que antes de que aprendiéramos a gobernarnos desde una capital, tuvimos que aprender durante siglos a reconocernos como nación desde muchas partes.

Quizás por eso gobernar ocasionalmente desde las regiones no sea alejarnos del centro.

Puede ser una manera de volver, por unos días, a donde nació la nación.

Alfredo Vargas Caba

Linguista, traductor, emprendedor

Alfredo Vargas Caba es ensayista dominicano. Nació en la República Dominicana, donde cursó su formación escolar hasta el bachillerato, que completó en los Estados Unidos. Realizó estudios universitarios en Francia y residió durante alrededor de tres décadas entre Francia, Suiza y Alemania, antes de establecerse en Texas, donde reside desde hace aproximadamente veinticinco años. Su trayectoria transatlántica informa su interés por la historia comparada, las fronteras imperiales, la cultura política y la ubicación hemisférica de la República Dominicana.

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