Eminentísimo Señor Cardenal Angelo Acerbi:
Han pasado cuarenta y seis años desde aquellos días que compartimos en la Embajada Dominicana en Bogotá. Cuarenta y seis años desde aquella tarde del 27 de febrero de 1980 en que, de manera inesperada y violenta, nuestras vidas quedaron unidas por una circunstancia que ninguno de nosotros había elegido.
Soy Rafael Augusto Sánchez , quien entonces se desempeñaba como Primer Secretario y Cónsul General de la República Dominicana en Colombia.
Durante aquellos sesenta días estuvimos juntos, encerrados detrás de las mismas paredes, rodeados de incertidumbre, de armas y de hombres que podían decidir sobre nuestras vidas. Vivimos horas de angustia, pero también momentos de conversación, de solidaridad, de humor y, sobre todo, de esperanza.
Hoy, al recordar aquellos días, hay una imagen suya que permanece especialmente viva en mi memoria: usted celebrando la Santa Misa dentro de la Embajada.
En medio de aquel cautiverio, cuando el miedo podía apoderarse de nosotros y el futuro parecía completamente incierto, la misa nos permitía detener por unos instantes el ruido de las armas y volver la mirada hacia algo que estaba por encima de nosotros. Allí, entre aquellas paredes convertidas en prisión, la fe adquiría una dimensión distinta. Era como si por unos momentos las puertas de la Embajada dejaran de existir.
Y recuerdo también aquel momento extraordinario en que el Santo Padre, el Papa Juan Pablo II, llamó por teléfono a la Embajada y habló con usted. Aquella llamada produjo entre nosotros una emoción profunda. Saber que, desde tan lejos, el Papa conocía nuestra situación, que estaba pendiente de nuestro sufrimiento y que había querido comunicarse personalmente con usted, nos hizo sentir que no estábamos solos. En medio de aquel encierro, aquella voz que llegaba desde Roma parecía atravesar las paredes de la Embajada y acercarnos, aunque fuera por unos instantes, al mundo exterior y a la esperanza de nuestra libertad. Quizás por eso, cuando hoy vuelvo la mirada hacia aquellos sesenta días, no recuerdo únicamente el miedo. Recuerdo también la fe.
Recuerdo a los hombres y mujeres que estuvieron allí. Recuerdo las conversaciones, las esperas interminables, las noticias que llegaban desde el exterior, las negociaciones y aquellos pequeños momentos en que intentábamos vivir como seres humanos normales dentro de una situación completamente anormal.
Y entre todos esos recuerdos, está usted.
Por eso me ha producido una inmensa alegría saber que continúa entre nosotros y que el Papa Francisco lo elevó al Colegio Cardenalicio en diciembre de 2024. Después de todo lo que vivimos, me conmueve profundamente verlo recibir ese reconocimiento de la Iglesia.
Yo también he querido dejar constancia de aquellos acontecimientos.
Acabo de terminar un libro titulado 60 Días en la Soledad, en el que relato, desde mi propia memoria y desde el diario que escribí durante el cautiverio, aquella experiencia que marcó para siempre nuestras vidas.
Al escribir sus páginas, usted volvió muchas veces a mi memoria.
Y pensé que sería hermoso poder hacerle llegar un ejemplar.
No se lo envío solamente como un libro sobre un acontecimiento histórico. Se lo envío como un pedazo de nuestra memoria compartida. Como el testimonio de uno de aquellos hombres que estuvo allí con usted, detrás de aquellas mismas paredes, esperando cada día que llegara la libertad.
Después de tantos años, me gustaría poder estrechar nuevamente su mano.
No sé si la vida nos concederá ese encuentro. Pero si fuera posible, aunque solamente fuera mediante una breve conversación, para mí tendría un significado muy especial.
Porque hay personas que uno conoce durante unos días y olvida con el paso del tiempo.
Y hay otras con las que la vida comparte una experiencia tan profunda que quedan para siempre unidas a nuestra memoria.
Usted es una de esas personas.
Que Dios le conceda muchos años más de vida y que le permita continuar siendo instrumento de paz, de fe y de esperanza para quienes tienen la dicha de acercarse a usted.
Reciba, Eminentísimo Señor Cardenal, mi afecto, mi respeto y mi gratitud.
Después de cuarenta y seis años, le envío desde la República Dominicana un abrazo fraterno de aquel compañero de cautiverio que nunca olvidó aquellos días ni a quienes los compartieron con él.
Con profundo afecto y gratitud,
Rafael Augusto Sánchez
República Dominicana
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