Las ciencias de la salud tienen detrás una enorme historia de descubrimientos, fracasos y cambios de conceptos basados en nuevas evidencias. Entender esa evolución y asimilar críticamente las nuevas publicaciones permite al médico ajustar sus recomendaciones a medida que avanza el conocimiento.
Por eso la formación médica requiere años de ciencias básicas y clínicas, seguidos de educación continua. No basta con leer un estudio: hay que saber interpretarlo, conocer sus limitaciones y entender cómo encaja dentro del conocimiento acumulado. Incluso las guidelines cambian cuando aparecen mejores evidencias.
Ante esta realidad, preocupa el descontrol de información sobre salud en las redes sociales. Personas** ** sin la formación necesaria para interpretar adecuadamente la evidencia científica, pueden convertirse rápidamente en líderes de opinión médica y hacer recomendaciones a miles de seguidores.
El problema es que una información puede ser cierta y la conclusión ser equivocada. Un estudio aislado, un mecanismo biológico razonable o una experiencia personal no bastan para demostrar que algo sea beneficioso o seguro.
Las redes sociales premian los mensajes simples y contundentes. La medicina, en cambio, está llena de probabilidades, riesgos, beneficios y excepciones.
Las redes pueden ser una extraordinaria herramienta de educación, pero debemos utilizarlas con responsabilidad. El alarmismo, el fanatismo y la medicina no son compatibles.
La popularidad no sustituye al conocimiento, y el número de seguidores no determina la calidad de la evidencia.
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