Anexión, Restauración, crisis de gobernabilidad y ocupación estadounidense (1861–1924)

La historia de las Fuerzas Armadas Dominicanas no responde a una evolución lineal ni homogénea, sino a una trayectoria compleja marcada por continuidades institucionales, rupturas políticas abruptas y sucesivos procesos de reinvención operativa. Dichos procesos estuvieron determinados tanto por la necesidad de supervivencia del Estado dominicano como por las tensiones geopolíticas propias del Caribe insular y del sistema internacional del siglo XIX y principios del XX (Cassá, 2003; Moya Pons, 2010).

Entre 1861 y 1924 se produjeron transformaciones decisivas asociadas a dos interrupciones formales de la soberanía nacional que alteraron de manera estructural la organización militar del país. La primera fue la Anexión a España (1861–1865) y la subsecuente Guerra de la Restauración (1863–1865), que restituyó la independencia y dio lugar a una identidad militar de carácter nacional, popular y patriótico (Rodríguez Demorizi, 1957; Vega, 2013). La segunda fue la Ocupación Militar de los Estados Unidos (1916–1924), que introdujo un modelo doctrinal orientado al control territorial, la centralización del mando, la profesionalización y la subordinación del aparato militar a un esquema institucional de inspiración extranjera (Bosch, 2009; Moya Pons, 2010).

Ambos procesos dejaron una huella estructural profunda, configurando el ADN institucional de las actuales Fuerzas Armadas Dominicanas y definiendo su identidad histórica, su relación con el poder político y su concepción operativa fundamental (Cassá, 2003; Vega, 2013).

  1. La organización militar dominicana antes de la Restauración (1844–1861)

Tras la proclamación de la independencia en 1844, la República Dominicana surgió sin una estructura militar profesional sólida y estable. Aunque el Decreto No. 23 del 29 de noviembre de 1844, emitido durante el primer gobierno de Pedro Santana, dispuso la organización de la fuerza armada nacional y convocó a los ciudadanos a la formación de un ejército permanente, dicha medida no logró superar la fragilidad institucional del naciente Estado. La escasez de recursos materiales, la ausencia de una administración pública consolidada y la persistencia de luchas caudillistas impidieron la institucionalización de una fuerza armada cohesionada, profesional y verdaderamente nacional, manteniendo al estamento militar subordinado a lealtades personales y regionales más que a una autoridad estatal centralizada (Cassá, 2004; Moya Pons, 2010; Vega, 2001).

Durante este período, las fuerzas militares dominicanas se caracterizaron por su fragmentación, su débil disciplina y su subordinación a liderazgos regionales, lo que limitó severamente la capacidad del Estado para ejercer un monopolio efectivo de la fuerza. La defensa nacional dependía más de lealtades personales que de una institucionalidad militar propiamente dicha.

En este contexto, Pedro Santana, convencido de que la supervivencia del Estado dominicano requería la protección de una potencia europea, promovió la Anexión a España en 1861. Esta decisión supuso la disolución de las instituciones militares dominicanas y la subordinación de la defensa territorial al Ejército español, con una estructura centralizada, rígida y dirigida por oficiales peninsulares, profundamente ajena a la tradición militar local (Moya Pons, 2013).

  1. La Guerra de la Restauración (1863–1865): refundación militar y soberanía nacional

La resistencia armada contra la dominación española constituyó uno de los episodios más trascendentales de la historia política y militar dominicana del siglo XIX. El Grito de Capotillo, proclamado el 16 de agosto de 1863 bajo el liderazgo de Santiago Rodríguez, marcó el inicio formal de la Guerra de la Restauración y desencadenó un movimiento insurgente de alcance nacional (Rodríguez Demorizi, 1957; Vega, 2013).

La guerra se desarrolló fundamentalmente mediante tácticas de guerra irregular y resistencia popular, basadas en el conocimiento del terreno, la movilidad de las tropas, la destrucción de líneas de suministro y el apoyo activo de la población civil. Este tipo de guerra permitió contrarrestar parcialmente la superioridad numérica y tecnológica del Ejército español (Franco, 2002).

Durante este proceso emergió un nuevo liderazgo militar —Santiago Rodríguez, Gaspar Polanco, Benito Monción, Gregorio Luperón y José Antonio Salcedo— caracterizado por su legitimidad social y su vinculación directa con la causa nacional, diferenciándose del caudillismo tradicional.

Más que una simple insurrección, la Restauración representó una refundación del Estado dominicano, en la que el ejército se concibió nuevamente como garante de la soberanía y expresión armada de la nación (Rodríguez Demorizi, 1971). Sin embargo, aunque heroico y profundamente patriótico, el ejército restaurador no logró consolidarse plenamente como institución profesional, manteniendo estructuras regionales y lealtades personales.

  1. Posrestauración y militarización política (1865–1916)

Tras la salida de España, el Estado dominicano enfrentó enormes dificultades para institucionalizar una fuerza armada profesional. Durante las últimas décadas del siglo XIX, las Fuerzas Armadas fueron utilizadas sistemáticamente como instrumentos de poder político.

Cada líder controlaba su propio cuerpo armado, lo que debilitó la autoridad central y generó un ciclo recurrente de revoluciones, golpes de Estado y guerras civiles (Vega, 2001). Figuras como Buenaventura Báez, Ulises Espaillat y especialmente Ulises Heureaux (Lilís) utilizaron el aparato militar para sostener regímenes personalistas.

Aunque Heureaux introdujo ciertos elementos de modernización —adquisición de armamento y reorganización parcial—, también consolidó el uso represivo de las fuerzas armadas, profundizando su politización (De la Cruz, 1998; Moya Pons, 2013). Su asesinato en 1899 provocó un nuevo colapso institucional.

  1. La Ocupación Militar de Estados Unidos (1916–1924): profesionalización y control

La combinación de inestabilidad política, debilidad institucional y endeudamiento externo condujo a la ocupación estadounidense en 1916. Este proceso fue decisivo para la formación moderna de las Fuerzas Armadas Dominicanas.

Los ocupantes desmantelaron las fuerzas existentes y crearon en 1917 la Guardia Nacional Dominicana -una especie de fuerza contabularia- entrenada y dirigida por oficiales del Cuerpo de Marines. Por primera vez desde 1844 se estableció una fuerza militar centralizada, disciplinada y profesional (Moya Pons, 2013).

Se introdujeron reglamentos modernos, entrenamiento estandarizado, jerarquías claras y una estructura híbrida policial-militar, cuyo objetivo principal no era la defensa de la soberanía, sino el control interno y la protección de los intereses estadounidenses (Cassá, 2004).

  1. De la Guardia Nacional al Ejército Nacional (1924–1928)

Tras el fin de la ocupación en 1924, la Guardia Nacional se consolidó como base orgánica del futuro Ejército Nacional. En este contexto, Rafael Leónidas Trujillo Molina fue designado en 1928 como primer Jefe de Estado Mayor del Ejército Nacional, culminando el proceso de institucionalización iniciado bajo la intervención extranjera (Franco Pichardo, 2006; Vega, 1998).

Este período produjo una síntesis singular entre disciplina heredada, liderazgo dominicano emergente y persistencia del rol político de las Fuerzas Armadas.

Conclusión

Entre 1861 y 1928, las Fuerzas Armadas Dominicanas atravesaron tres momentos estructurantes:

  1. La ruptura colonial, con la Restauración como acto fundacional.
  2. La continuidad caudillista, marcada por la fragmentación y el uso político de la fuerza.
  3. La reinvención institucional, impulsada por la ocupación estadounidense.

Como afirma Moya Pons (2013), la historia militar dominicana refleja, con particular claridad, la lucha por construir un Estado soberano en un espacio geopolítico intensamente disputado.

Justo Del Orbe

General retirado

Justo Del Orbe Piña, Gral. ®, Ejercito de República Dominicana, Historiador Militar. Geo-politólogo.

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