En el día de ayer, el escritor Víctor Grimaldi publicó en este diario un artículo titulado “Ese toto ya no es suyo”. El texto, escrito con gracia y una evidente conciencia de sí mismo, se articula como una reflexión personal en torno a la pérdida de un objeto cotidiano y al desliz emocional que esa pérdida provoca. Grimaldi no exagera el drama ni lo reduce a la simple anécdota: entiende, con razón, que la desaparición de un objeto íntimo no es un hecho neutro, sino una experiencia cargada de resonancias simbólicas.

Sin embargo, precisamente porque el artículo abre una puerta interesante, conviene atravesarla del todo.

El toto del que habla Grimaldi —esa bolsa humilde, práctica, sin pretensiones de nobleza— es presentado como una extensión del yo: algo que acompañaba, que guardaba, que organizaba una parte de la vida diaria. Al perderse, deja una sensación de vacío que no se explica únicamente por la pérdida material, sino por la ruptura de un vínculo. Hasta ahí, el diagnóstico es certero.

Pero el problema comienza cuando ese vínculo se piensa todavía desde la lógica de la propiedad herida.

Decir “ese toto ya no es mío” parece, a primera vista, una constatación resignada. Sin embargo, encierra una nostalgia más profunda: la añoranza de un orden en el que las cosas permanecen donde uno las coloca, en el que lo propio conserva su estabilidad, en el que el mundo responde dócilmente a nuestras expectativas. Y ese orden, conviene decirlo sin rodeos, nunca ha existido del todo.

El toto no es una excepción: es un síntoma.

Vivimos en una cultura que ha convertido la posesión en un eje identitario. No solo tenemos cosas; somos, en buena medida, a través de ellas. Los objetos cotidianos —los más simples, los menos ostentosos— son los que más intensamente participan de esta ilusión. No los exhibimos, no los defendemos, no los pensamos: simplemente están. Hasta que dejan de estar.

Mientras el toto cumple su función, permanece invisible. Es útil, pero no significativo. Funciona como un órgano externo: no lo celebramos, no lo analizamos, no lo nombramos. Su existencia es puramente instrumental. Solo cuando se pierde ocurre la revelación: de pronto, ese objeto anodino adquiere densidad, memoria, incluso carácter.

Ahí sucede algo decisivo: el toto deja de ser cosa y empieza a ser signo.

El artículo de Grimaldi se mueve con soltura en ese umbral, pero no termina de cruzarlo. Permanece todavía demasiado cerca del yo que pierde, del sujeto que lamenta, del propietario que constata una falta. Y es comprensible: escribir desde la pérdida inmediata tiende a fijar la mirada en lo que ya no está. Pero una reflexión más radical exige desplazar la pregunta: no tanto qué perdí, sino qué se revela cuando algo deja de pertenecerme.

Porque la pérdida no solo nos quita; también nos muestra.

El toto, al extraviarse, abandona el régimen de la utilidad y entra en el de la circulación. Ya no responde a la voluntad de su dueño; se somete al azar, al encuentro fortuito, a la posible apropiación por otro o a la desaparición definitiva. En ese tránsito pierde identidad privada y gana una biografía abierta. Ya no es “mi toto”, sino “un toto”. Y esa transformación es irreductible.

Aquí es donde la noción de propiedad muestra su carácter ficticio. Mientras el objeto está bajo nuestro control, creemos que nos pertenece de manera estable, casi natural. Pero basta un descuido, un olvido, un movimiento mínimo del mundo, para que esa seguridad se disuelva. La propiedad, entonces, se revela como lo que siempre fue: un acuerdo precario entre el uso, la costumbre y la memoria.

No poseemos las cosas; convivimos con ellas durante un tiempo.

Desde esta perspectiva, la frase “ya no es mío” no debería leerse como una pérdida absoluta, sino como una verdad que siempre estuvo latente. El toto nunca fue del todo “mío”. Fue, a lo sumo, un compañero temporal. Y al perderse, no traiciona su función: la cumple hasta el final, obligándonos a pensar aquello que el uso había anestesiado.

El gesto de escribir sobre el toto perdido —tanto en el texto de Victor Grimaldi como en esta respuesta— confirma algo importante: el objeto alcanza su mayor intensidad simbólica cuando deja de servir. Mientras cargaba cosas, era un medio. Ahora que no está, se convierte en un motivo de reflexión. Paradójicamente, el toto pesa más ausente que presente.

Hay, además, un aspecto que merece ser subrayado. Al publicar su artículo, Víctor Grimaldi ya realiza una operación decisiva: saca el toto del ámbito privado y lo coloca en el espacio público. Lo que era una pérdida íntima se convierte en relato compartido. El objeto se colectiviza simbólicamente. Ya no pertenece solo al que lo perdió, sino a quienes lo leen, lo piensan, lo reinterpretan.

Ese desplazamiento es irreversible.

En ese sentido, el verdadero extravío no es el del toto, sino el de la idea de posesión absoluta. Lo que se pierde no es solo una bolsa, sino la comodidad de creer que el mundo nos debe permanencia. El toto, con su desaparición discreta, introduce una fisura en esa creencia y nos recuerda algo elemental: todo lo que usamos está, desde el principio, en tránsito.

Por eso, más que lamentar que “ya no es mío”, habría que aceptar que nunca lo fue del todo. Que la relación con los objetos —como con tantas otras cosas— está hecha de provisionalidad, de uso, de despedida. Y que en esa precariedad hay una enseñanza que conviene no desaprovechar.

El toto perdido no exige duelo ni restitución. Exige pensamiento.

Y quizás ahí radique su valor final: al dejar de servir, empieza a decir.

Plinio Chahín

Escritor

Poeta, crítico y ensayista dominicano. Profesor universitario. Ha publicado los siguientes libros: Pensar las formas; Fantasmas de otros; Sin remedio; Narración de un cuerpo; Ragazza incógnita;Ojos de penitente; Pasión en el oficio de escribir; Cabaret místico; ¿Literatura sin lenguaje? Escritos sobre el silencio y otros textos, Premio Nacional de Ensayo 2005; Hechizos de la hybris, Premio de Poesía Casa de Teatro del año 1998; Oficios de un celebrante; Solemnidades de la muerte; Consumación de la carne; Salvo el insomnio; Canción del olvido; entre otros.

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