Respuesta al señor Víctor Grimaldi.

Luego de la respuesta que ofreciera al señor Víctor Grimaldi, en mi artículo “El toto y la ficción de la pertenencia”, fechado el 1 de febrero del año en curso, se abrió un cauce de discusión que desbordó la lógica de la réplica inmediata y propició un intercambio más amplio y productivo. A partir de ese momento, el artículo “Ese toto ya no es suyo”, de la autoría del señor Víctor Grimaldi —publicado en Acento, este mismo medio, el 28 de enero— dejó de ser una intervención aislada para convertirse en parte de una conversación pública más rica y plural. En ese tránsito se produjo algo considerablemente saludable: el paso del monólogo crítico al diálogo de ideas, donde los argumentos comenzaron a contrastarse no como posiciones cerradas, sino como ejercicios de reflexión compartida con los lectores de este diario, a través de las redes sociales.

Varias personas se me acercaron y me escribieron; unas para expresar su acuerdo con mis planteamientos, otras para señalar que, a su juicio, yo había adoptado una perspectiva machista, reproduciendo una mirada donde la mujer aparecía como objeto y el hombre como sujeto. Esa reacción, lejos de incomodarme, me obliga a detenerme, a afinar el pensamiento y a aclarar con mayor profundidad el lugar desde el cual escribo.

Comienzo concediendo algo fundamental: la mujer tiene razón en desconfiar del discurso masculino. La historia le ha dado sobrados motivos. Durante siglos, el pensamiento filosófico, religioso, jurídico y cultural ha sido construido casi exclusivamente por hombres, y no pocas veces contra la mujer. Desde Aristóteles —que la pensaba como un varón incompleto— hasta Rousseau —que la confinaba a la educación sentimental—, la mujer ha sido sistemáticamente reducida, interpretada y administrada por una razón que no le pertenecía. Incluso cuando se la elogiaba, se hacía desde categorías que la subordinaban.

Por eso, cuando una mujer lee un texto escrito por un hombre y percibe en él el riesgo de cosificación, esa sospecha no es exagerada ni histérica: es histórica. Es una lectura entrenada por siglos de violencia simbólica. El error no está en esa reacción, sino en creer que toda representación crítica de esa violencia equivale a su justificación.

Mi intención —y aquí asumo la responsabilidad de explicitarla mejor— no ha sido nunca reducir a la mujer a un objeto, sino denunciar el proceso mediante el cual el patriarcado la convirtió en objeto, incluso allí donde se hablaba de amor, deseo o admiración. Mostrar esa lógica no es celebrarla, sino exponerla. Y, sin embargo, entiendo que en una cultura saturada de discursos masculinos, la mujer tenga el derecho de exigir algo más: no solo crítica, sino toma de partido.

La mujer no solo es sujeto de deseo: es sujeto de historia, de pensamiento, de trabajo, de creación y de sentido. No es un complemento del hombre ni una imagen reflejada en su mirada. Es un ser humano pleno, capaz de decidir, de negar, de romper, de fundar y de reinventar las formas mismas del vínculo. En el ámbito laboral, intelectual y afectivo, la mujer contemporánea no está “a la par” del hombre: muchas veces ha tenido que ser mejor, porque ha debido demostrar el doble para obtener la mitad del reconocimiento.

El deseo masculino ha sido históricamente problemático. No porque desear sea malo, sino porque el deseo del hombre, en una sociedad patriarcal y falocéntrica, ha sido educado para poseer. Ha confundido amor con apropiación, erotismo con dominio, protección con control. De ahí que tantas veces el cuerpo femenino haya sido tratado como territorio, mercancía o símbolo de estatus. Esa es una deuda que el hombre aún no ha saldado.

Por eso la mujer no necesita ser “defendida” por el hombre como quien protege algo débil. La mujer necesita que el hombre renuncie a sus privilegios simbólicos, que escuche, que revise sus categorías, que aprenda a amar sin administrar, a desear sin capturar. Proteger a la mujer hoy no es hablar por ella, sino desmontar las estructuras que históricamente la silenciaron.

Ahora bien, también es cierto que alguna deriva del feminismo contemporáneo corre el riesgo de caer en una simplificación inversa: convertir al hombre en una figura abstracta del mal, como si todos los hombres fueran idénticos, ahistóricos e irredimibles. Esa lectura, aunque comprensible como reacción, empobrece el análisis y clausura la posibilidad de transformación. El patriarcado no es el hombre en sí, sino un sistema simbólico que también ha producido hombres mutilados emocionalmente, educados en la dureza, en la represión afectiva y en la negación de su propia fragilidad.

Esto no es una excusa. Es una explicación. Y explicar no equivale a absolver.

La filosofía antigua ya mostraba estas contradicciones. Sócrates, a quien tanto veneramos como fundador del pensamiento crítico, sostenía ideas profundamente misóginas. Platón oscilaba entre la apertura y la exclusión. La mujer fue pensada como un ser que debía quedarse en casa, fuera del espacio público, mientras el hombre se arrogaba la palabra, la ley y el logos. Esa herencia no desapareció con la modernidad; solo cambió de forma.

La revolución industrial, los movimientos obreros, las luchas feministas y los procesos de democratización transformaron radicalmente el lugar de la mujer en la sociedad. Hoy, negar su capacidad productiva, intelectual y política no es solo machismo: es ignorancia. La mujer no solo participa en el mundo; lo sostiene. Y lo ha hecho muchas veces sin reconocimiento, sin salario justo y sin poder simbólico.

El verdadero problema no es que la mujer sea objeto de deseo, sino que haya sido reducida únicamente a eso. El deseo, cuando es libre, puede ser afirmación del otro; cuando es patriarcal, se convierte en apropiación. De ahí la necesidad de pensar un nuevo horizonte afectivo, donde el enamoramiento no esté atravesado por la jerarquía, sino por la reciprocidad; donde la mujer no sea mirada desde los valores dominantes, sino desde su propia autodeterminación.

Si algo debe prohibirse hoy no es el deseo ni la diferencia, sino la cosificación, la violencia simbólica y la naturalización de la desigualdad. Defender a la mujer no es una consigna: es una tarea ética, política y filosófica. Implica aceptar que ella ha tenido razón muchas veces cuando no se le escuchó; implica admitir que el hombre debe aprender a callar, a escuchar y a transformarse.

La mujer no es el futuro: es el presente que el patriarcado aún no ha terminado de comprender. Y todo pensamiento que aspire a la justicia debe partir de ahí.

Desde la antigüedad, mucho antes del cristianismo, la figura de la mujer estuvo ligada a la fecundidad, al misterio y a la potencia creadora. En Egipto, por ejemplo, Isis no era solo madre o esposa: era principio cósmico, fuerza generadora, saber oculto. La mujer era venerada no por su sumisión, sino por su capacidad de dar vida, sostener el orden y regenerar el mundo. Esa sacralidad no era moral, era ontológica.

Sin embargo, esa figura fue progresivamente derrocada. No de golpe, sino mediante un largo proceso de reinterpretación simbólica. Con el surgimiento de la filosofía griega clásica —y luego con la consolidación del pensamiento cristiano— la mujer dejó de ser principio para convertirse en problema. Ya no era misterio fecundo, sino cuerpo sospechoso. No era origen, sino tentación. No era saber, sino materia.

Los filósofos griegos jugaron un papel decisivo en esta transformación. Aristóteles pensó el Ser dejando a la mujer fuera de la mujer; Platón, aunque más ambivalente, no logró liberarla del todo del orden jerárquico; y en el imaginario socrático —tal como lo transmiten ciertas tradiciones— la mujer aparece frecuentemente como figura menor, confinada al espacio doméstico, excluida del logos y de la polis. No es casual que durante siglos la filosofía se haya narrado como una historia sin mujeres, escrita por hombres y para hombres.

Ese desplazamiento no fue solo social, sino epistemológico: se expulsó a la mujer del lugar del conocimiento. El saber pasó a ser masculino, abstracto, racional, mientras que lo femenino fue asociado a lo corporal, a lo emocional, a lo irracional. Ahí se funda una violencia simbólica profunda: la mujer ya no es sujeto que conoce, sino objeto que es conocido, descrito, interpretado.

Esa sospecha hacia la mujer —hacia su cuerpo, su palabra, su deseo— atraviesa toda la tradición occidental. Y esa lógica de la sospecha no desaparece con la modernidad. Al contrario, se refina. Filósofos contemporáneos como Heidegger heredaron, aunque transformada, esa estructura: la idea de que hay algo oculto, algo que se sustrae, algo que debe ser interpretado. Pero rara vez se preguntaron por quién había sido históricamente convertido en enigma.

La mujer fue, durante siglos, ese enigma impuesto. No porque lo fuera en sí misma, sino porque se le negó el derecho a decirse, a pensarse, a definirse. El hombre habló por ella, incluso cuando decía admirarla. La veneró, sí, pero como símbolo; la exaltó, pero como imagen; la protegió, pero como cosa frágil. Y ese “culto” —aparentemente reverente— fue otra forma de dominación.

De ahí que hoy resulte imprescindible desmontar tanto el desprecio como la idealización. Ambos nacen del mismo gesto: arrebatarle a la mujer su condición de sujeto. La verdadera revolución no consiste en volver a sacralizarla ni en enfrentarla al hombre como enemigo abstracto, sino en reconocerla como conciencia libre, como palabra propia, como pensamiento que no necesita mediación masculina.

Si la filosofía quiere ser justa consigo misma, debe reconocer esta deuda. Y si el hombre quiere liberarse del machismo que lo constituye, debe aceptar que la mujer no es ni diosa ni objeto, sino presencia viva que piensa, desea y transforma el mundo sin pedir permiso.

Por eso cuando hablo del toto no lo hago para reducir a la mujer a un órgano ni para regodearme en una mirada masculina degradante. Precisamente lo contrario: nombrar ese lugar es exponer la violencia simbólica que durante siglos ha recaído sobre él. El escándalo no está en la palabra, sino en la historia que la palabra arrastra.

El toto ha sido convertido por la cultura patriarcal en objeto: objeto de deseo, de intercambio simbólico, de apropiación, de control. Ha sido fetichizado, silenciado, venerado falsamente y, al mismo tiempo, castigado. En ese sentido, no es solo un órgano del cuerpo femenino: es una herida histórica, una herida cósmica, porque sobre él se han proyectado miedos, culpas, fantasías y estructuras de poder que atraviesan toda la civilización occidental.

Que incomode que se nombre dice mucho. Durante siglos se pudo usar, poseer, regular y castigar ese cuerpo sin decir su nombre. Nombrarlo hoy —en clave crítica— rompe el pacto de silencio que sostenía la dominación. El problema no es que el hombre haya deseado; el problema es que ese deseo se volvió ley, norma y destino para la mujer, negándole su condición de sujeto de decisión.

Cuando el patriarcado convirtió el cuerpo femenino en objeto, convirtió también al deseo en una relación desigual. Freud lo pensó desde categorías masculinas; Lacan lo llevó al plano del significante, donde la mujer volvió a aparecer más como lugar del deseo del Otro que como voz propia. Y así, de filosofía en filosofía, de cultura en cultura, la mujer fue pensada como lo deseado, pero rara vez como quien desea desde sí.

El toto no es aquí un objeto pornográfico ni una provocación banal. Es el punto donde se cruzan biología, mito, religión, filosofía y poder. Es el lugar donde la mujer fue convertida en cosa, incluso cuando se la veneró. Incluso cuando se la llamó sagrada. Incluso cuando se dijo protegerla.

Defender a la mujer hoy no es callar estas palabras, sino desactivar el sistema que las cargó de vergüenza y dominio. Es devolverle al cuerpo femenino su estatuto de territorio propio, no colonizado por la mirada masculina. Es afirmar que la mujer no es herida para el goce del hombre, sino sujeto pleno, autónomo, capaz de resignificar su cuerpo, su deseo y su historia.

Si este texto incomoda, no es porque degrade a la mujer, sino porque se niega a seguir encubriendo la herida. Y solo aquello que se nombra puede, alguna vez, comenzar a sanar.

Reducir el toto de una mujer a un simple órgano destinado al regodeo de la mirada masculina no es una grosería vulgar ni un exceso retórico: es la forma más desnuda en que el patriarcado ha organizado el deseo. Allí donde el hombre mira para gozar, la cultura ha aprendido a fragmentar el cuerpo femenino, a separarlo de la conciencia que lo habita y a presentarlo como objeto disponible, manipulable y significable desde afuera. No hay inocencia posible en ese gesto. Hay poder.

Freud fue uno de los primeros en sistematizar esta operación desde el interior mismo del pensamiento moderno. Al pensar la sexualidad femenina a partir de la falta —desde la envidia del pene, desde la carencia, desde la incompletud—, inscribió el cuerpo de la mujer en una lógica donde su deseo no se explica por sí mismo, sino en relación con lo que no tiene. El órgano femenino queda así atrapado en una economía simbólica masculina: no como centro, sino como ausencia; no como palabra, sino como síntoma. Freud no inventa el patriarcado, pero le da una gramática.

Lacan radicaliza ese gesto. Al desplazar la sexualidad al orden del significante, convierte el cuerpo femenino en lugar del deseo del Otro. La mujer aparece menos como sujeto que desea y más como aquello a través de lo cual el deseo circula. No es casual que, en su formulación más cruda, “La mujer no existe”: existe como función, como posición en el lenguaje, como objeto parcial del goce ajeno. El toto, en este marco, deja de ser cuerpo vivido y se vuelve significante de goce, punto de anclaje del fantasma masculino.

Nombrar el toto no es erotizarlo ni provocarlo; es desenmascarar el dispositivo que lo convirtió en fetiche. El problema no es el órgano, sino la mirada que lo aísla, lo recorta y lo consume simbólicamente. El problema no es el deseo, sino su forma patriarcal y falocéntrica: un deseo que no reconoce a la mujer como sujeto de decisión, sino como superficie donde el hombre inscribe su fantasía, su culpa y su dominio.

La mujer no puede seguir siendo pensada como fragmento, como objeto parcial, como herida útil para la economía del goce masculino. Mientras el hombre conserve el privilegio de nombrar ese cuerpo sin escuchar a quien lo habita, toda teoría del deseo seguirá siendo una teoría de la desigualdad. Freud y Lacan ayudan a entender la maquinaria; no bastan para desmontarla.

Pensar el toto como herida cósmica no es una metáfora exagerada: es reconocer que en ese punto íntimo se condensan siglos de regulación, de vergüenza impuesta, de sacralización hipócrita y de violencia simbólica. La herida no está en la mujer; está en la cultura que la redujo a objeto incluso cuando decía amarla.

Devolverle ese cuerpo a la mujer como territorio propio —no interpretado, no administrado, no capturado por el lenguaje del Otro— es una exigencia ética y política. Todo lo demás, incluso la teoría más sofisticada, corre el riesgo de seguir hablando sobre la mujer sin dejarla, por fin, hablar desde sí.

TOTO (Mi más jugoso poema)

(*Francisco Nolasco Cordero)

¡Toto grande ande o no ande!
…El obtuso es un tirano.
El ancho una democracia.
El grande “es”, ande o no ande.
El pequeño carece de entrecejo.
El grande es un cuervo con las alas abiertas.
El pequeño es un pájaro sombrío.
Las industrias de gomas se han partido en el fracaso que rinde crear membranas de la cualidad del toto.
Los andes, el Everest, los Urales…
…Todo eso, hasta la luna se duerme a los pies al contacto de su vida.
El toto grande “es”, ande o no ande.
Toto es la vida al medio.
Cuando sale en los alumbros.
Es la noche de los muertos.
Es la lumbre de los vivos.
La eternidad dormida a medio cuerpo.
Cárcel de los valientes.
Letanía de movimientos.
Criminal torturador de los deseos.
Vértice del mundo.
Horas de los infiernos.
Carruaje de elevaciones.
Vacilación de sueños cuna de sus caídas.
Revolución encarcelada.
Herida ciega, coño, fuache, pipo, culo
Nalga, vaina, rabo, cuca, sieso…
…!El coso de la vieja!
¡El joyo de la viuda!
¡Cresta de la montaña peluda…

No cabe más tiniebla apresada entre dos piernas
Ni más mundo ni más flores ni más ansias
Ni más hombres ni más santos ni más lenguas ni más dientes.

El pequeño, el grande, todo es un derrame.
Gusto del pequeño placer en el grande.
¡Que viva el fondillo estrecho!
¡Que viva el ande o no ande!

*Francisco Nolasco Cordero (21-5-63)

Escritor y poeta dominicano, nacido en San Francisco de Macoris,

1937-2007, autor, entre otros libros, “Caricias de lumbre” (1961), “Papaján” (1973), “Tusombra³” (1982), novela ganadora del Premio Nacional Siboney de Literatura, en ese mismo año.

Plinio Chahín

Escritor

Poeta, crítico y ensayista dominicano. Profesor universitario. Ha publicado los siguientes libros: Pensar las formas; Fantasmas de otros; Sin remedio; Narración de un cuerpo; Ragazza incógnita;Ojos de penitente; Pasión en el oficio de escribir; Cabaret místico; ¿Literatura sin lenguaje? Escritos sobre el silencio y otros textos, Premio Nacional de Ensayo 2005; Hechizos de la hybris, Premio de Poesía Casa de Teatro del año 1998; Oficios de un celebrante; Solemnidades de la muerte; Consumación de la carne; Salvo el insomnio; Canción del olvido; entre otros.

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