“Pobres son los que quieren más, los que no les alcanza nada.
Esos son pobres, porque se meten en una carrera infinita.
Entonces no les va a dar el tiempo de la vida”.

-José “Pepe” Mujica.

Hace unos días participé, junto a tres colegas de distintas parcelas políticas, en el programa de televisión de mi querido y admirado amigo Miguel Guerrero. El eje de la conversación fue el panorama electoral cuando faltan dos años y medio para las elecciones en nuestro país y, de manera inevitable, entre los temas abordados se coló la reelección.

He de confesar que salí del estudio con más preguntas que respuestas, porque vi en blanco y negro que en nuestro país la reelección se analiza con un doble rasero difícil de justificar: se acepta sin mayor escándalo que congresistas, funcionarios, jueces o líderes empresariales se perpetúen en sus cargos, pero se condena, casi de manera exclusiva, la reelección presidencial.

En esta contradicción descubrí que el debate no siempre es institucional, sino más bien emocional, selectivo y funcional al poder.

El desasosiego me llevó a reflexionar y aquí les comparto algunos de los aspectos que visualicé, junto al contexto histórico, que ayudarán a comprender por qué la reelección no debe ser vista como un asunto menor ni una simple ambición personal.

Gobernar hasta morir

América Latina ha producido una larga galería de líderes y caudillos que apostaron a quedarse en el poder hasta el final de sus días: Getulio Vargas se suicidó en Brasil. Juan Domingo Perón murió durante su tercera presidencia en Argentina. Salvador Allende murió en el marco del golpe militar chileno. Néstor Kirchner falleció conduciendo el primer mandato de su esposa, Cristina Fernández. Hugo Chávez murió ejerciendo el poder en Venezuela. Fidel Castro murió gobernando Cuba a través de su hermano Raúl.

Juan Vicente Gómez, dictador de Venezuela entre 1908 y 1935, murió por causas naturales. No fue asesinado ni derrocado: murió en el poder, tras 27 años de dictadura y en República Dominicana, Antonio Guzmán Fernández se suicidó poco antes de concluir su mandato.

Todos, de una u otra manera, buscaron permanecer o sintieron aquello que Vargas expresó en su célebre carta testamentaria: salir de la vida para entrar en la historia.

No se trata de destinos individuales ni de tragedias personales. Se trata de una cultura política que confunde permanencia con trascendencia y duración con legitimidad.

La reelección no siempre nace de la fortaleza del liderazgo, sino de su incapacidad para aceptar el final y esa pulsión por extender el mandato no es nueva. Simón Bolívar fue presidente de Venezuela, presidente de Colombia, presidente de Bolivia y se autoproclamó dictador del Perú.

Desde entonces, muchos dirigentes han asumido la reelección como una herencia histórica, casi como un ADN político que se activa frente a las mieles del poder y se entroniza como droga dura.
Y aunque la historia ofrece suficientes advertencias, los liderazgos rara vez aprenden. A Marco Tulio Cicerón se le atribuye la idea recurrente en la teoría política de que la historia es maestra de la vida y que quien la ignora está condenado a repetirla.

Leyendo la historiografía latinoamericana descubrimos que la región parece empeñada en comprobar esa hipótesis.

Cuando quien gobierna necesita quedarse para que todo funcione, el problema no es el relevo: es la fragilidad de las instituciones.

El debate contemporáneo sobre la reelección suele justificarse en términos pragmáticos: éxito económico, popularidad presidencial, control del partido, mayoría legislativa y las ventajas propias del presidente en ejercicio.

Como señala Serrafero, el incumbente parte siempre con un plus que inclina la balanza electoral a su favor y Giovanni Sartori advertía que el problema de la reelección debe juzgarse por sus propios méritos, y que el principal argumento en contra de la ampliación de los mandatos es el riesgo de facilitar la deriva autoritaria.
La reelección no es solo una cuestión de liderazgo; es, sobre todo, una prueba de la solidez del sistema democrático.

La nostalgia es una emoción poderosa: convierte el pasado en promesa cuando el presente decepciona.

El apoyo ciudadano a la reelección no puede explicarse solo desde la institucionalidad, pues los votantes no son únicamente electores racionales: son personas atravesadas por emociones y en contextos de incertidumbre, la nostalgia funciona como refugio. Idealiza el pasado, promete seguridad y suaviza el desencanto del presente.
Cuando la gobernanza falla, la ciudadanía mira hacia atrás, y no siempre por convicción, sino por arrepentimiento. No porque el pasado haya sido mejor, sino porque el presente duele.

Existen países donde la presidencia solo puede ejercerse una vez en la vida, como México y la no reelección obliga a gobernar mejor, porque no existe una segunda oportunidad para corregir errores. Pero también reduce las concesiones indebidas, los pactos opacos y el uso del poder como plataforma de supervivencia política.
Se suele argumentar que un solo mandato no alcanza para desarrollar un buen programa de gobierno, pero esa afirmación suele ocultar una verdad incómoda: no todos los proyectos están pensados para trascender a quien los encabeza.

Aceptar el relevo no es una derrota. Es, sin quizás, el último acto de responsabilidad política.

Estamos viviendo un cambio de época. Todo se mueve muy rápido, todo cambia de manera acelerada y, sin embargo, nos resistimos a aceptar lo más elemental, que todo termina: las relaciones, los proyectos, los gobiernos, los liderazgos y las eras también tienen fecha de vencimiento.
Zygmunt Bauman describió este tiempo como una modernidad líquida, marcada por la fragilidad de los vínculos y la inestabilidad permanente. Gobernar es conducir un barco que zarpó antes del capitán y seguirá navegando después de que entregue el timón.

Porque cuando el poder le tiene miedo al adiós, no es el líder quien está en riesgo. Es la democracia.

Janet Camilo

Ministra de la Mujer

Se define desde siempre como una defensora de los derechos de la mujer, una feminista a carta cabal que nació en Salcedo, provincia Hermanas Mirabal y aprendió de su bisabuela las primeras ideas libertarias, con ella forjó su carácter abierto y con ella también cultivó la transparencia en las relaciones interpersonales. La actual Ministra de la Mujer, Vicepresidenta de la Internacional Socialista de Mujeres y Presidenta del Instituto Latinoamericano Mujer y Política, desde niña se vinculó a las artes, el deporte, la literatura y a los 13 años se integró al servicio comunitario de la iglesia católica, grupo con el que se fue a localidades rurales a alfabetizar y contribuir a la educación formal, aunque en ese momento su sueño era el cine. La influencia de la bisabuela fue tal, que cuando Janet le pidió que le enseñara a cocinar, ésta le dijo que no la quería ver toda la vida detrás de fogones, que estudiara, pero entre una cosa y otra, entre un tema y otro, Janet aprendió a cocinar y a amar la política. El Padre de Janet, Antonio Manuel Camilo era funcionario gubernamental del Partido Reformista Social Cristiano, pero a los 15 años la niña hacía pininos en la política con el diputado del Partido de la Liberación Dominicana Jaime David Fernández Mirabal. Al concluir el bachillerato se mudó a Santo Domingo e inició la carrera de arquitectura en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña. Analizó la situación de las arquitectas que ejercían, descubrió que pocas lo hacían y con determinación cambió para estudiar Derecho y en esta profesión se licenció. En las aulas entabló muchas relaciones, entre ellas con hijos e hijas de dirigentes políticos y es así como coincidió con la hija del entonces Síndico del Distrito y dirigente del Partido Revolucionario Dominicano, Rafael Suberví Bonilla, quien rápido detectó sus cualidades y condiciones para el ejercicio de la política. Corría el año 1991 y en un almuerzo al que fue invitada, en el que participó el ahora fenecido líder del PRD, José Francisco Peña Gómez, nació la carrera política Janet Camilo, hoy Vice Presidenta Nacional, Secretaria de Asuntos Electorales de esa organización política y Ministra de la Mujer. Allí mismo se convenció de que quería ser política. Se integró al movimiento Compromiso Nacional en apoyo a Peña Gómez y luego se juramentó en el PRD y al terminar los estudios de Derecho, cursó una maestría en Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

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