Soy etnógrafa y el trabajo me ha llevado por múltiples caminos que conducen a comunidades localizadas en altas montañas. Algunas de ellas, jamás los chicos de la Oficina Nacional de Estadística han pasado a censar. Eso no me sorprende, porque esos caminos de herraduras son incómodos y muy alejados de la ciudad. Imposible llegar a esos no lugares en vehículo, pues carecen de carreteras y si la tienen se han deteriorado con el paso de la lluvia y la imposibilidad de los comunitarios de laborar para mejorar esos caminos.

Están bordeadas de bosques de galería, algunos de ellos han sido tumbados por el tráfico de madera para venderla en las ciudades más cercanas. El transporte se hace a mulo hasta encontrar los senderos por donde cruzan los demandantes de madera.

No obstante, esos caminos se han cebado con muchas vísceras de mulos, caballos y burros que no han podido con el peso de la carga de habichuela o madera, porque esos suelos ceden con la lluvia y las incontables escorrentías que son como venas de agua que se implantan como embrión en el vientre de la tierra.

Los paisajes son los rostros de las montañas que están llenas de alimentos de bosque. La vegetación declara la clorofila como la industria limpia que abraza la vida. La piel, los rostros y la inteligencia de la naturaleza se muestra en esos lugares prístinos con una belleza sin labial.

Los árboles forman nidos de vegetación oscura por donde la luz trata de seducir para entrar en los pequeños espacios y poder gestionar la continuidad de la vida. Yo extraño esos logos de bosques que encontré en el Parque Nacional La Neblina y en los distintos senderos que se convirtieron en los caminos de la habichuela entre San Juan y Constanza. Ni que decir de los senderos que recorrí buscando la madre de las aguas.

Los precipicios y barrancos no impidieron el poder de los que pagan por la tala de las montañas y de todos los macizos y lomas que conforman la orografía del territorio insular.  Ni las leyes medioambientales han podido detener la deforestación, porque siempre se apresó al campesino y no al capitalista que tiene su domicilio en las ciudades.

Los bosques de montañas desaparecen por la cartera de los truhanes que sirven en el servicio público o de aquellos que forman parte de la rancia burguesía isleña. El bosque está marcado por el poder de clase y la biopolítica de su cuerpo vegetal ha sido desmembrado por el fracaso del modelo de Estado/nación.

Los paisajes montañosos se desmantelan por la política que se monta sobre los cuerpos boscosos. Las ciudades empujan las montañas y las convierten en zonas sin historias y vacías de memorias visuales. No conozco quien está abrigando esos paisajes, ni quiénes se interesan por visibilizar, no solo como estructura biológica que es importante, sino también como arte que encabeza belleza, ternura, colores, olores y tapices de hierbas que florecen siguiendo un curso natural.

Estoy en pánico escénico, soy vulnerable al deseo de ver agua, cielos despejados, olores a tierra y bosque y poder soñar con las florecientes formas que escriben los bosques.  Eso que hoy llamamos paisaje por atravesarlo de humanidad.

Yo quiero saber quién le va a devolver a este pueblo la vista de manantiales y ríos limpios con sus meandros y bosques de galería. Quién me dará las imágenes de vegetaciones diversas que muestran los diferentes ecosistemas que derraman sensibilidad, serenidad y belleza.

Yo reclamo el derecho a tener miradas de horizontes de montañas libre de veraneaderos y sin la presión de lo urbano en el territorio vegetal.  Yo le pregunto al Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales quiénes son los que están defendiendo el paisaje e historizan el derecho de la naturaleza de crear poesía con los acordes de las montañas y los trazos de luz que sorprenden los amaneceres y muestran los puentes anónimos de la naturaleza.

Los rostros de los paisajes de montaña no son reconocidos en las estafetas jurídicas del ministerio. La pantalla de los móviles retoca los cuerpos de la naturaleza para hacerla viajar por el ciberespacio como falsa verdad, mientras veo ruinas y grietas en las memorias que no visibilizan  los paisajes de montaña.

Reconozco que son muchos los que se unen a los correlatos que pululan en el internet por el  fracaso de los dispositivos ambientalistas, pero hay pocas acciones para detener el biofacismo imperial del capitalismo. Necesito abrazar los territorios y paisajes que mantienen la existencia de la poesía y de los pulmones de la tierra.

Fátima Portorreal

Antropóloga

Antropóloga. Activista por los derechos civiles. Defensora de las mujeres y los hombres que trabajan la tierra. Instagram: fatimaportlir

Ver más