"Nada es más peligroso que la ignorancia activa". Johann Wolfgang Von Goethe

Existen figuras cimeras en el devenir republicano que la historiografía oficial, timorata y de corte academicista, ha pretendido relegar a las penumbras del olvido, acaso porque sus perfiles de rústica grandeza perturban la comodidad de los intelectuales de salón. Gaspar Polanco Borbón es, sin duda, el arquetipo de esa estirpe de titanes olvidados: mulato de recia estampa, hatero indómito del Cibao, analfabeto criador de cerdos y carente del don de la lectura y escritura, pero ungido por la providencia con una de las mentes militares más preclaras y deslumbrantes que han florecido en la cuenca del Caribe, llegando a erigirse en el único magistrado de nuestra historia que rigió los destinos de la patria en armas guiado únicamente por la luz de su intuición civil y su genio estratégico.

DE LA ESTIRPE PATRICIA Y LOS LAZOS DE LA SANGRE

Vio la luz por primera vez  este coloso en los campos feraces de Corral Viejo, paraje de Guayubín, el 8 de agosto de 1816, si bien la precariedad de los registros parroquiales de aquella edad de brumas hace que algunos cronistas sitúen el acontecimiento en Jicomé o en el año de 1818. Fue vástago legítimo de don Valentín Polanco, acaudalado terrateniente y tabaquero cuyos intereses abrazaban las tierras de Santiago y Montecristi, y de doña Martina Borbón, dama de esclarecido relieve en la sociedad lugareña.

Lejos de ser un paria desvinculado del tejido social, su linaje se entrelazó con los hilos más finos del poder cibaeño:

  •         Hermano de sangre del adalid restaurador, el general Juan Antonio Polanco, baluarte político de la comarca.
  •         Hermano de doña Rita Polanco Borbón, quien unió su destino al del prócer y posterior mandatario Federico de Jesús García.
  •         Tío de doña Ana Polanco, consorte del adalid y gobernante Pedro Antonio Pimentel.

A la luz de estas alianzas familiares, que conectaban a los Polanco-Borbón con tres magistrados de la República, se desploma por su propio peso el mito de su absoluta marginación social; su entronque con la aristocracia rural del Norte era innegable y poderoso.

EL SOLAR FAMILIAR Y LA CONTINUIDAD DEL LINAJE

Abrazó el sagrado vínculo del matrimonio con doña María Ortega en la hidalga ciudad de Santiago de los Caballeros, fijando luego su residencia en Cañeo, Esperanza, en los predios de la hoy provincia Valverde. Allí, al amparo del trabajo fecundo, crecieron sus cuatro vástagos varones: Tomás, Francisco, Manuel y José Mauricio Polanco, quienes continuaron la tradición paterna de la ganadería y el cultivo del tabaco en las llanuras boreales de Valverde y Navarrete.

Hoy en día, la antorcha de su memoria es custodiada por su tataranieto, el riguroso historiador y genealogista José Gabriel Peguero Polanco, el cual, mediante una encomiable labor de investigación archivística y ciencia genética, ha rescatado del polvo del tiempo las glorias y la legitimidad histórica de este linaje de guerreros.

LA PARADOJA DEL GENIO MILITAR FRENTE A LA LETRA ESCRITA

El general Polanco nunca holló las aulas de la escuela formal ni descifró los arcanos del alfabeto. Estampaba su rúbrica con trazo mecánico y delegaba la redacción de sus altivas comunicaciones en amanuenses de fina pluma, como el capitán Juan Pablo Pina, su fiel lugarteniente en la jornada de Sabana Esperanza.

No obstante, historiadores de la talla monumental de Alcides García Lluberes y el insigne pensador don Juan Bosch coinciden en señalarlo, sin ambages, como “la primera espada de la Guerra de la Restauración”, el estratega cenital y el verdadero conductor de masas de aquella epopeya, cuya capacidad táctica y dominio del terreno superaron las dotes de figuras de mayor nombradía popular, como el propio Gregorio Luperón. Ello nos lega una verdad inconmovible: en una nación lacerada por profundas asimetrías, el valor indómito, el carácter granítico y el conocimiento telúrico de la patria pesaron más en la balanza del destino que los diplomas académicos y las firmas aristocráticas.

DE LAS JORNADAS DE LA INDEPENDENCIA A LA EPOPEYA RESTAURADORA

Desde los días aurorales de 1844, el joven Polanco consagró su brazo a la defensa de la soberanía contra las huestes haitianas, alcanzando los galones de coronel del regimiento “Entre los Ríos” en la Línea Noroeste. Su silueta guerrera se recortó en los campos de batalla de Talanquera, el 30 de marzo, Sabana Larga y Jácuba, comandando siempre con audacia las cargas de caballería. Tras el doloroso eclipse de la Anexión a España en 1861, aceptó el rango de general de caballería de las armas imperiales; circunstancia que, si bien despertó suspicacias entre sus coetáneos, le permitió auscultar desde dentro los mecanismos y debilidades del ejército metropolitano al que más tarde habría de combatir.

Al estallar el Grito inmortal de Capotillo el 16 de agosto de 1863, el antiguo general español depuso toda prebenda extranjera para convertirse en el cerebro militar de la Restauración:

  •         Planificó las fulminantes operaciones de Guayacanes.
  •         Dirigió el asedio y la quema de Santiago, jornada que minó el espíritu de las tropas españolas.
  •         Condujo la implacable persecución del brigadier Manuel Buceta hacia Puerto Plata, batiéndose allí durante dieciocho meses con una fortuna militar casi ininterrumpida.

Su correspondencia militar con el brigadier Buceta es un monumento al pragmatismo y la nobleza de alma. En ella, mientras exige con firmeza la capitulación, la entrega de las armas y la restitución del papel moneda dominicano para proteger la economía nativa, muestra un desvelo profundamente cristiano por los heridos y las familias desplazadas, garantizándoles un salvoconducto hacia Montecristi. Aquel hombre que dictaba sus órdenes a través de secretarios demostraba poseer una visión que amalgamaba el humanismo evangélico con el más agudo cálculo político y financiero.

TRES MESES DE GLORIA Y TEMPESTAD EN EL SOLIO PRESIDENCIAL

El gobierno restaurador de don José Antonio "Pepillo" Salcedo comenzó a ser percibido por la oficialidad en armas como un régimen vacilante, preñado de peligrosas simpatías hacia el anexionismo. Influido por su hermano Juan Antonio y el sentir general del Cibao, Polanco acaudilló el pronunciamiento militar que depuso a Salcedo el 10 de octubre de 1864, asumiendo la presidencia de la "República en armas" hasta el 24 de enero de 1865.

Para dar lustre civilista a su administración, se rodeó de la flor y nata del pensamiento liberal dominicano, llevando como vicepresidente al íntegro don Ulises Espaillat, e integrando en su entorno a poetas y estadistas como Manuel Rodríguez Objío, Silverio Delmonte y Máximo Grullón. Desde el solio presidencial, impulsó reformas de hondo calado en las finanzas públicas, la protección del cultivo del tabaco y la instrucción elemental, intentando insuflar orden en una economía devorada por la guerra.

No obstante, las sombras de la tragedia no tardaron en empañar su ejecutoria:

El fusilamiento de Pepillo Salcedo: Tras decretar inicialmente su exilio hacia Haití y ante la negativa de las autoridades del vecino país de recibirlo, el temor fundado de que Salcedo encabezara una contrarrevolución en favor de Buenaventura Báez precipitó la orden de su trágica ejecución en las playas de Maimón, el 5 de noviembre de 1864.

Las acusaciones de autoritarismo: Los recelos de ciertos jefes militares que lo acusaron de intentar monopolizar el comercio del tabaco junto a sus allegados provocaron el levantamiento de los generales Benito Monción, Pedro Antonio Pimentel y Federico de Jesús García, quienes lo despojaron del poder en los albores de 1865.

Mons. Jesús Castro Marte

Sacerdote

Monseñor Jesús Castro Marte. Labores Pastorales: Obispo de La Diócesis Nuestra Señora de La Altagracia, Presidente de la Fundación del Museo de La Altagracia, Gran Canciller de la Universidad Católica del Este (UCADE), Vicepresidente de la Conferencia Episcopal Dominicano, Presidente del Pensamiento Altagraciano. Maestrías: Magíster Tecnología Educativa, en la PUCMM, 2009; Magíster en Historia Aplicada a la Educación, en la PUCMM, 2012; Máster en Gestión internacional de Universidades, en la Universidad Alcalá de Henares, España, 2014; Máster Internacional en Bioética, Fundación Jérôme Lejeune.

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