Hay personas que entran en la vida de uno sin anunciarse como personajes históricos.
Llegan simplemente como maestros.
Nada más.
Un aula.
Una voz.
Un puñado de jóvenes.
Un tema que entonces parece apenas una materia académica y que décadas después uno descubre que era algo mucho mayor.
Así recuerdo al padre José Luis Sáez.
Lo conocí en 1968, en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, cuando fue mi primer maestro de cinematografía.
Han pasado casi seis décadas desde entonces.
Y, sin embargo, hay figuras cuya primera impresión no se borra nunca.
Era un tiempo convulso.
La República Dominicana todavía respiraba entre las heridas abiertas de la Revolución de Abril de 1965 y la intervención norteamericana. El mundo parecía haberse vuelto loco: Vietnam, París, Praga, las guerrillas latinoamericanas, los asesinatos políticos que marcaron aquella generación.
Y en medio de ese ruido histórico, un sacerdote jesuita enseñaba cine.
No era poca cosa.
Hoy quizá resulte difícil explicar lo que significaba entonces la cinematografía para una generación inquieta.
No era entretenimiento.
Era lenguaje.
Era pensamiento.
Era política.
Era cultura.
Era aprender a mirar.
Porque el cine enseña precisamente eso: mirar.
Mirar detalles.
Entender silencios.
Descubrir que una imagen puede decir más que un discurso.
Y quizá allí, sin que yo lo supiera entonces, comenzó también una parte de mi propia sensibilidad narrativa.
Porque el buen cine y la buena historia comparten una misma obsesión:
cómo contar la verdad sin mutilarla.
José Luis Sáez pertenecía a esa rara tradición jesuita que une disciplina intelectual y vocación espiritual.
No era un improvisador.
No era un sacerdote ornamental.
Era un hombre serio.
Formado.
Metódico.
De esos que entienden que pensar también es una forma de servir a Dios.
Con el tiempo, la vida me llevó por otros caminos.
Periodismo.
Investigación.
Escritura.
Diplomacia.
Roma.
El Vaticano.
Once años como embajador de la República Dominicana ante la Santa Sede.
Libros.
Archivos.
Historia.
Y mientras tanto, el padre José Luis continuó su propia misión silenciosa: investigar, escribir, preservar la memoria de la Iglesia dominicana.
Se convirtió en un referente intelectual.
En historiador serio.
En custodio documental.
En sacerdote respetado.
Pero para mí seguía siendo también aquel primer maestro.
Por eso la vida me regaló una de esas coincidencias que parecen pequeñas pero en realidad son profundamente humanas.
En enero de 2023, el padre José Luis estuvo presente en la puesta en circulación de mi libro Trujillo y el Papa: Diplomacia en Santa Sede y más allá.
Lo vi allí.
Ya no en el aula.
Ya no como profesor frente a un estudiante.
Sino como testigo de un largo trayecto humano.
Y pensé, aunque quizá no lo dije entonces, que pocas cosas resultan tan conmovedoras como reencontrarse con un maestro después de más de medio siglo.
Porque en ese instante uno comprende algo esencial:
el tiempo pasa, pero ciertos vínculos permanecen intactos.
Él había estado al principio.
Ahora estaba también cerca del final de ese círculo.
Eso tiene algo profundamente bello.
El hombre que enseñó a mirar imágenes asistía a la presentación de un libro construido precisamente sobre memoria, historia, poder y representación.
No creo en casualidades mecánicas.
Creo en simetrías de la vida.
Su muerte, ocurrida el 6 de mayo de 2026, a los 88 años, cierra una existencia fecunda.
La Iglesia dominicana ha despedido a un sacerdote ejemplar.
La Compañía de Jesús pierde a uno de sus intelectuales más disciplinados.
Los investigadores dominicanos pierden una referencia seria.
Pero algunos perdemos también algo más íntimo:
un maestro.
En las exequias celebradas en Santo Domingo, con la presencia del arzobispo metropolitano monseñor Francisco Ozoria, varios obispos, sacerdotes jesuitas y amigos, se habló mucho de su amor a la verdad.
Y esa palabra lo define bien.
Verdad.
No como consigna.
Como trabajo.
Como búsqueda.
Como honestidad intelectual.
Quienes conocimos el mundo diplomático sabemos cuánto daño hace la manipulación de la memoria.
Quienes escribimos sabemos cuánto cuesta la fidelidad a los hechos.
Quienes creemos sabemos que la verdad no siempre es cómoda.
José Luis Sáez entendió eso.
Y vivió en consecuencia.
Ahora descansa en tierra dominicana, ese país que no lo vio nacer pero que terminó siendo su patria espiritual, intelectual y pastoral.
No todos pueden decir eso.
Algunos hombres nacen en un sitio y pertenecen finalmente a otro más profundo.
Hoy, mientras pienso en él, vuelvo mentalmente a aquella aula de 1968.
Y comprendo algo que entonces no podía saber:
los verdaderos maestros nunca desaparecen del todo.
Siguen hablando desde lo que sembraron en nosotros.
Descansa en paz, padre José Luis.
Gracias, maestro.
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