Imagina una mesa larga, llena de personas que deciden. Se habla de educación, de empleo, de seguridad, de todo lo que va a definir cómo vamos a vivir en los próximos diez años. Ahora busca, entre esas personas, a alguien que tenga menos de veinticinco años. ¿La encontraste?

Esa es la pregunta que debería incomodarnos como país: ¿quién decide sobre las juventudes sin las juventudes?  ¿Por qué se nos permite ser el tema de la conversación, pero casi nunca parte de ella? ¿Y por qué, cuando por fin conseguimos un lugar en esa mesa, se espera que agradezcamos la oportunidad en lugar de exigir el derecho que siempre debió ser nuestro?

Esa pregunta me ha perseguido muchas veces, y encontré parte de la respuesta en Altavoz, el Consejo Consultivo Adolescente y Juvenil de UNICEF: un espacio que reúne a adolescentes y jóvenes de distintas provincias del país para dialogar, construir propuestas e incidir en las decisiones que nos afectan. Allí confirmé algo que antes solo intuía: cuando nuestras voces encuentran espacios reales para ser escuchadas, también pueden transformar decisiones.

Durante mucho tiempo nos han repetido que la juventud debe esperar: esperar a tener más edad, más experiencia, más preparación, como si nuestras ideas fueran opiniones provisionales hasta que alguien mayor decidiera tomarlas en serio. Pero las decisiones que se toman hoy afectan nuestro presente y nuestro futuro. Entonces, ¿por qué tantas veces las juventudes seguimos quedando fuera de las conversaciones donde esas decisiones nacen?

Estar presente no es lo mismo que participar. Participar significa tener la posibilidad real de influir en aquello que afecta nuestra vida y nuestro futuro. Significa entender que la democracia no comienza cuando cumplimos la mayoría de edad, sino desde el momento en que nuestra voz es escuchada, valorada y tomada en cuenta.

La contradicción es evidente: se espera que transformemos el país, pero muchas veces no se nos abren las puertas para hacerlo. Según la encuesta de la Fundación Friedrich Ebert Stiftung (FES), el 41.3 % de las personas jóvenes en República Dominicana no participó en ninguna organización durante el último año, mientras que un 24.7 % considera que la juventud está poco o nada representada en los espacios políticos (FES, 2024). Más que hablar de falta de interés, estas cifras muestran una deuda pendiente: crear oportunidades para que involucrarse en la vida pública sea un derecho accesible y no un privilegio.

No hablo solo desde los datos. Hablo desde mi propia experiencia.

Desde muy joven encontré en el voluntariado, el trabajo comunitario y los espacios de incidencia una forma de entender que la ciudadanía se construye mucho antes de ejercer el voto. Para mí, no basta con que me pregunten “¿qué opinas?” para luego decidir exactamente lo mismo sin tomarme en cuenta. Lo verdaderamente importante es que mi voz tenga peso y que mis ideas puedan cambiar el rumbo de una decisión.

Hace unos meses participé en un encuentro que reunía a más de treinta jóvenes mujeres de distintos territorios y experiencias. Cuando recibí la invitación me emocioné: pensé que, por fin, íbamos a estar en un espacio donde quienes toman decisiones todos los días sobre nuestras vidas querían escucharnos. Creí que sería la oportunidad para hablar de lo que realmente nos preocupa, de los desafíos que enfrentamos y de cómo podrían construirse mejores políticas para las juventudes desde nuestras propias voces. Pero no fue así.

Entramos al salón, ocupamos nuestros asientos y, poco a poco, entendí que nuestro papel era escuchar. Hubo discursos, presentaciones y muchas palabras sobre la importancia de las juventudes. Sin embargo, nunca llegó ese momento en el que alguien dijera: “Ahora queremos saber qué piensan ustedes”. El micrófono nunca estuvo de nuestro lado. Nadie preguntó qué nos afecta, qué soñamos o qué necesitamos para vivir con más oportunidades. Estábamos presentes, pero en las fotos, no en las voces.

Salí de ese encuentro con una sensación difícil de explicar. Me pregunté cuántas veces confundimos presencia con participación. No basta con llenar un salón de jóvenes para decir que nuestras voces fueron tomadas en cuenta, ni con cumplir una cuota de juventud si seguimos siendo espectadores de conversaciones que también nos pertenecen. La participación no consiste en invitarnos a una mesa; consiste en permitirnos ocupar un lugar en ella, hablar, cuestionar e incidir en las decisiones.

Ese día entendí que la participación simbólica también excluye: nos hace sentir escuchados cuando, en realidad, nunca hubo intención de escucharnos de verdad. Si las propias autoridades, que tienen la responsabilidad de garantizar nuestros derechos, no crean espacios donde podamos ejercer realmente nuestro derecho a participar, entonces la democracia sigue estando incompleta.

Pero también he aprendido que involucrarse requiere oportunidades, y que esas oportunidades no están distribuidas de la misma manera para todas las personas jóvenes. Hay adolescentes y jóvenes que deben recorrer largas distancias para asistir a un encuentro, que no cuentan con recursos para trasladarse o que nunca reciben una invitación para formar parte de estos espacios. Por eso los puentes que necesitamos no son solo más puertas abiertas: son puentes accesibles para todas las personas jóvenes, sin distinción de género, origen, discapacidad, orientación o condición económica.

La misma encuesta de FES lo confirma: apenas un 8.2 % de las personas jóvenes participó en alguna organización de voluntariado durante el último año, y solo un 3.5 % lo hizo en un movimiento social o de defensa de derechos (FES, 2024). No es que falten ganas de aportar: lo que todavía falta son más caminos para que ese compromiso pueda hacerse realidad.

Pero no todas las historias hablan de una participación que se limita a escuchar. Hace un tiempo conocí, a través de redes sociales, la experiencia de Unión de Jóvenes, una iniciativa impulsada por jóvenes de Santo Domingo Este que demuestra lo que sucede cuando las oportunidades para participar no llegan desde las instituciones y la comunidad: las juventudes las crean.

Este proyecto nació del compromiso de jóvenes que decidieron organizarse para fortalecer el voluntariado, el liderazgo y el trabajo comunitario en sus propios sectores. Lo que comenzó como una iniciativa local fue creciendo hasta convertirse en una propuesta que busca que cada comunidad cuente con un espacio donde las y los jóvenes puedan reunirse, organizarse, identificar las necesidades de su territorio y aportar soluciones desde su propia realidad.

Más allá de su estructura o de su alcance, esta experiencia deja un mensaje poderoso: cuando el Estado no garantiza plenamente el derecho a la participación, las juventudes no dejamos de participar. Nos organizamos, construimos redes y creamos los espacios que muchas veces las instituciones aún nos deben. Porque participar no es un privilegio ni una invitación ocasional; es un derecho que también ejercemos cuando decidimos transformar nuestras comunidades desde la acción colectiva.

Y, aun así, seguimos creyendo en el cambio. Aunque el 56.0 % de las personas jóvenes manifiesta baja satisfacción con la situación del país y un 62.0 % expresa su deseo de emigrar, el 90.3 % mantiene una visión positiva sobre su futuro personal (FES, 2024). Esa esperanza demuestra que no somos una generación indiferente. Somos una generación que quiere construir un país donde valga la pena quedarse, aportar y transformar.

Muchas veces se nos llama “generación de cristal” porque cuestionamos aquello que durante años la sociedad normalizó: las desigualdades, el adultocentrismo, el machismo, el racismo, la discriminación y los patrones heteronormativos que históricamente se presentaron como la única forma válida de vivir.

No quiero que esta parte suene defensiva. Quiero resignificar ese concepto y mostrar que, en realidad, no somos una generación frágil. Somos una generación que ya no está dispuesta a aceptar el silencio como una forma de participación ni la exclusión como algo normal. Cuestionar las injusticias no nos hace débiles; nos hace ciudadanos comprometidos con una democracia más justa. ¿Cómo construiremos ese país si muchas de las decisiones que definirán nuestro futuro todavía las toman personas que no estarán en él?

Además, la falta de representación no afecta a todos por igual. Dentro de la propia juventud también existen desigualdades: solo un 21.7 % de las mujeres jóvenes siente que sus intereses están “bastante o totalmente” representados en política, frente a un 30.2 % de los hombres jóvenes (FES, 2024). Por eso no basta con abrir espacios: también debemos preguntarnos quiénes siguen quedando fuera y qué barreras impiden que algunas voces sean escuchadas. Una participación genuina implica mirar quién falta en la mesa, no solamente reconocer a quienes ya lograron llegar.

Esa es precisamente la razón de ser de Altavoz. Aquí no solo aprendemos a hablar; también aprendemos a escuchar, dialogar y convertir nuestras ideas en propuestas. He compartido este espacio con adolescentes y jóvenes de distintas provincias, con historias y realidades muy distintas a la mía, y he aprendido que incidir no es tener un micrófono prestado por unos minutos: es lograr que nuestras propuestas lleguen a las agendas, a las políticas públicas y a las decisiones que después tendremos que vivir.

Altavoz nos recuerda algo fundamental: no somos el futuro que debe esperar su turno. Somos el presente, y tenemos mucho que aportar a la construcción de políticas públicas, comunidades más justas y una democracia más participativa para todas, todos y todes.

Hace un tiempo escribí algo que decía ser rebelde, no por desobedecer, sino por negarme a quedarme callada frente a lo que duele. Hoy sigo creyendo lo mismo: ser rebelde también es negarse a aceptar que los derechos sean privilegios, que la desigualdad sea normal o que la edad determine quién merece ser escuchado.

Alzar la voz también es una forma de rebeldía, porque desafía la idea de que otras personas siempre deben decidir por nosotros. Por eso me niego a que todo quede reducido a una foto, a una invitación simbólica o a un “consultamos a los jóvenes” antes de tomar una decisión que ya estaba definida. La participación es un derecho, y como todo derecho, no se agradece: se ejerce, se exige y se defiende.

Necesitamos hablar en Altavoz porque todavía hay demasiadas decisiones que se toman sobre adolescentes y jóvenes sin contar con ellos, porque una democracia solo puede fortalecerse cuando todas las voces tienen un lugar en la conversación y en la acción. Escuchar a adolescentes y jóvenes no es un gesto simbólico ni un favor: es reconocer que sus voces tienen valor.

No lo digamos bajito. Digamos en Altavoz que las personas jóvenes dominicanas no queremos que decidan por nosotros: queremos decidir con ustedes.

Por eso este no es solo un llamado para las juventudes: es una invitación a las organizaciones, a las instituciones y a la sociedad en general a crear, fortalecer y sostener espacios reales de participación, y no solo espacios simbólicos que se abren y se cierran según convenga.

Créanme que cuando una persona joven descubre que su voz importa, no solo cambia su propia historia; también puede cambiar la historia de su comunidad y de su país. Y ese cambio, para ser real y sostenible, necesita que cada persona —adulta o joven, dentro o fuera de una institución— se pregunte cuál es su papel para que esa voz no se quede sola.

Samary Santana

Consejo Consultivo Adolescente y Juvenil de UNICEF

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